Mientras comes, puedes elegir estar presente y saborear cada bocado o puedes dejar que tu mente vague por tus sueños y preocupaciones o esté pendiente de las notificaciones de tu celular mientras masticas automáticamente la comida.
Cuando una emoción fuerte surge en ti, puedes elegir sentirla, entrar en ella y dejar que te muestre lo que hay en ti o puedes buscar algo para ditraerte: un chocolate, una película, un cigarrillo, leer las noticias.
Cuando tu mente se forma películas sobre el futuro, puedes elegir engancharte en la trama y olvidarte de dónde estás o puedes observarlas desde un lugar de consciencia y dejarlas pasar como nubes en el cielo.
En este momento puedes elegir sentir tu corazón latir en tu pecho o puedes no hacerlo. Tienes el poder.
Tú eliges desde qué lugar experimentas tu realidad y con qué grado de consciencia.
Sí, hay una inercia, una forma en la que estamos acostumbrados a elegir. Hay decisiones que tomamos de forma automática, por costumbre. Pero ahora podemos elegir observar esos patrones y podemos elegir de nuevo.
La magia es que entre más elegimos algo más fácil se vuelve elegirlo. A medida que tomamos elecciones diferentes vamos reprogramando los hábitos de nuestra conciencia.
Hacer esto de manera consistente puede parecer algo difícil. Pero esa idea es un truco del ego. Al ego le encanta mirar al futuro y al pasado y ver la dificultad proyectada en el tiempo. No obstante, en este momento, que es el único momento en en realidad puedes elegir, es fácil hacerlo. Prueba y verás. Y lo único que tienes que hacer y que puedes hacer es elegir ahora. En serio: prueba y verás.
Pedir da miedo a veces. Sobre todo cuando creemos que no merecemos. Pues entonces nos exponemos a que nuestra petición sea rechazada, y eso duele. Se siente más seguro no pedir nada.
Por miedo a que nos digan que no, nos decimos que no nosotros mismos de antemano. ¿Invitar a salir a esa persona? Podría decirme que no. Y eso duele. Así que mejor me adelanto y me niego la oportunidad yo mismo.
Saber pedir es esencial. Sin pena. Sin miedo. Pero claro, para aprender a pedir sin pena y sin miedo, hay que empezar por tener la valentía de pedir con pena y con miedo. Y si te dicen que no, perfecto. Será una oportunidad para crecer y sentir.
Y también da miedo pedirle al universo. Pedir de verdad. No solo con palabras vacías.
¿Cómo es pedir de verdad? Es tomar las acciones de quien realmente desea algo y siente que lo merece. Es sentir la vibración en todo el cuerpo. Hacer lo necesario para obtener lo que se desea.
(Importante: antes de hacer lo necesario para obtener lo que deseas, asegúrate de que tu deseo viene del corazón. Si pides desde el ego, buscarás el cielo, pero puedes terminar creando el infierno para ti y para los demás sin darte cuenta. Pista: si lo que deseas implica quitarle algo a alguien, hacerle daño o pasar por encima de su voluntad, puedes tener la certeza de que tu deseo viene del ego, no del corazón.)
Un ejemplo de petición clara y certera: Cuando una madre pierde a su hijo y necesita ayuda, la pide con todo su ser. Con cada célula de su cuerpo. No espera su turno para hablar. No le importa interrumpirte. No le importa pasar vergüenzas. No le importa que vean su dolor. No tiene necesidad de proteger su imagen. No le importa en lo más mínimo que la despidan de su trabajo. Todo eso se vuele secundario, nimio, casi insignificante. Solo ve su deseo de encontrar a su pequeño. Y pide lo que necesita con la intensidad que se requiera para recibir la ayuda que quiere. Es una energía que abre todo a su paso. Determinada. Sin dudas. No se le pasa por la cabeza, ni remotamente, que no merece la ayuda que está pidiendo.
Llegar a ese estado de determinación requiere de la energía del amor incondicional que mueve a la madre. Por eso es que la pasión y el amor genuino por algo son el punto de partida para crear. Pues, desde esa energía, pedimos con total determinación, y el universo responde a eso.
¿Qué es aquello que realmente deseas? Si de verdad es así, ¿qué estás esperando?
Hace poco un amigo compartió un artículo en el que se critica a la Ley de la Atracción. Hay allí varias críticas que me parecen genuinas y que vale la pena considerar. Pero, por ahora, me ocuparé solo de un par.
La ley de la atracción establece que creamos nuestra realidad. Que somos maestros creadores. Que nuestra realidad es un reflejo de nuestro ser. A veces se critica a la Ley de la Atracción por decir que solo con pensar algo, eso va a suceder, lo cual obviamente no sucede. Es importante aclarar que el pensamiento es, en realidad, secundario. El universo responde a lo que estamos siendo. A nuestro estado interior. Los libros que promueven la Ley de la Atracción se enfocan en los pensamientos solo en la medida en que estos tienen la capacidad de influenciar nuestro estado interno. Si repito que soy exitoso frente al espejo todas las mañana, pero no me siento así en lo profundo de mis células, esas palabras no tendrán ninguna consecuencia. Se trata más de elevar la vibración de la experiencia interna que de repetir pensamientos. Y hay muchas maneras de transformar ese estado interior. Hacia allá apuntan muchas prácticas espirituales. Repetir pensamientos puede ser un muy pequeño componente de esa transformación, pero no es suficiente ni necesario.
Otra crítica que se le hace a la Ley de la Atracción es que culpa a las personas por las cosas malas que les suceden. “Si no tienes para comer, es porque no piensas en suficiente comida”. O “Si te robaron es porque estabas teniendo pensamientos negativos”. Aquí debo aclarar algo. La Ley de la Atracción sí establece que todos, absolutamente todos, creamos nuestra realidad. Desde el venado que es atacado por un tigre hasta mi abuela que acaba de morir en inmensos dolores hasta los niños que nacen en condiciones de extrema pobreza y son abusados por sus padres. Pero eso no quiere decir que mi abuela sea culpable o que el venado sea culpable o que el niño sea culpable de lo que le sucede.
En nuestro proceso evolutivo, la gran mayoría de nuestras creaciones son inconscientes. Solo en los últimos niveles de evolución se adquiere el grado de maestría necesario para crear conscientemente. Hacia allá apunta la Ley de la Atracción, pero no culpabiliza a quienes vamos apenas empezando el proceso de aprendizaje. Así como uno no culpa a un niño de dos años porque se quema al tocar el fuego o cuando se cae mientras aprende a caminar. Sí, fueron sus acciones las que le causaron dolor. Pero en su nivel de consciencia actual nadie lo tildaría de malo por caerse o quemarse. Simplemente lo ayudaría a curarse las heridas, enjuagaría sus lágrimas y, en la medida en que él sea capaz de entenderlo, le explicaría amorosamente que debe mantenerse alejado del fuego.
Otro ejemplo. Si me enfermo de algo grave, es posible que en mi estado actual de consciencia no pueda curar mi propio cuerpo con solo desearlo. Si estuviera en el estado de consciencia de Jesús, podría. Pero no por eso me voy a latigar o a culpar cuando mi cuerpo se enferme. Sé que el estado de consciencia de Jesús es posible para mí y para todos. Eso fue parte de lo que él vino a mostrarnos: el estado de consciencia que es posible para nosotros. Pero no por eso me voy a juzgar y a autolatigar. Voy en mi proceso y no tengo por qué juzgarme por no ir más adelante.
Así, la Ley de la Atracción nos invita a que nos demos cuenta de nuestro poder creador y lo despertemos en la medida en que podamos. Y eso implica, claro, asumir responsabilidad. Una vez veo de qué manera creo lo que me ocurre, en ese momento me vuelvo responsable. Pero nunca culpa a nadie o lo juzga por sus creaciones. Quienes juzgamos somos los humanos. Y no es necesario que lo hagamos.
De hecho, parte de las enseñanzas de la Ley de la Atracción tienen que ver, precisamente, con dejar de juzgar y con dejar de culparnos. Pues los juicios nos mantienen separados de los demás y la culpa nos mantiene separados de nosotros mismos. Y entre más cerca estemos de la unidad (y por, tanto, entre menos culpa y juicios tengamos) más podremos acercarnos a nuestro poder creador. Ya que solo en unidad entramos en contacto con la Fuente, de donde viene todo poder creador.
Me encontré con esta lista muy graciosa sobre algunas de las palabras más difíciles de pronunciar:
5. Otorrinolaringólogo
4. Desoxirribonucleico
3. Paralelepípedo
2. Ovovivíparo
1. Perdóname…
Especialmente si esta última es pronunciada de manera sincera y acompañada por «me equivoqué», «tienes razón».
Y hay otras frases que compiten en dificultad, como «te tengo envidia». «Eso que me digiste me hizo sentir inseguro».
Factor común: la autoimagen que nuestro ego necesita mantener de sí mismo, incompatible con la vulnerabilidad.
La vulnerabilidad es la verdadera fortaleza. Pues cuando podemos ser vulnerables es porque nos permitimos abandonar nuestra fortaleza ficticia, artificial. Y solo así podremos contactarnos con nuestra verdadera fuerza, nuestro verdadero poder, que no necesita proteger una imagen de sí mismo, pues sabe quién es en verdad, y ese conocimiento es suficiente para su plenitud.
Si alguien no comprende cómo funciona un automóvil, puede pensar que una buena estrategia para ahorrar tiempo es no parar a echarle gasolina.
Ese un ejemplo trivial. Nadie aplica esa estrategia. Sin embargo, muchos dejan de llevar su carro al taller periódicamente, con la excusa de que es muy costoso o de que no hay tiempo. No se ve como una prioridad. No parece urgente.
¿Qué hay de tu cuerpo y tu mente? ¿Te parece que parar con frecuencia durante el día a descansar, a refrescar tu mente en tu silencio interior es muy costoso? ¿En serio no hay tiempo para ir al gimnasio o al médico? ¿No hay recursos para comer sano y despacio? ¿Crees que si duermes ocho horas y descansas varios días a la semana estarás desperdiciando el tiempo?
Lo que no se ve como urgente pareciera más costoso de lo que en realidad es. Pareciera que vamos a ser más productivos y a aprovechar mejor nuestros recursos si dejamos de lado aquellos cuidados y hábitos que no tienen un fuerte impacto en el corto plazo.
Por eso vale la pena recordar el refrán popular: lo barato sale caro. Ahorra tiempo y dinero en lo importante para darle prioridad a lo urgente y te saldrá caro a mediano y largo plazo… y probablemente no solo perderás tiempo y dinero, sino también tu salud y tu paz.
No pospongas invertir en ti. No te aplaces. Si te dejas llevar por la mentalidad de lo urgente, tu vida pasará de emergencia y emergencia… hasta que tu carro se quede sin gasolina o se vare en la mitad de una autopista por falta de mantenimiento. No obligues a la vida a obligarte a parar. No es necesaria una crisis para que te des cuenta de lo importante que es cuidarte todo el tiempo. Eso quiere decir: ahora.
Todos tenemos nuestra propia energía vital a disposición. Esa energía es poder bruto. Podemos canalizarla en las creaciones más sublimes o podemos destruir al mundo con ella. Podemos expresarla de forma inconsciente o podemos iluminarnos a nosotros y a nuestros hermanos con ella.
Cuando nuestra energía vital y nuestra energía sexual se mezclan con el amor y se transmutan, nos conectamos con la Fuente. La Fuente de lo que somos y también la fuente de todas las respuestas sabias.
Es esa energía la que se deborda cuando alguien despierta o se realiza y toma consciencia de su ser verdadero. Es esa energía la que corre ahora por todo tu cuerpo y te empuja a perseguir tus pasiones. Es esa energía la que crea nuevos seres humanos.
Comienza por sentirla en tu cuerpo. En el silencio. Elevándose desde la base de tu columna hasta el tope de tu cabeza. Luego puedes canalizarla en tus propósitos más elevados. Es el amor mismo transformándose en ti.
Esa energía se puede convertir en sexo, en edificios, en poemas, en las palabras de este blog, en compasión, y, si se eleva lo suficiente, en el silencio vibrante de la consciencia pura.
Cultívala. Cuídala. Siéntela. Transmútala. Elévala. Deja que tus deseos más elevados se impregnen de ella. Deja que tus creaciones vengan con el sello de la Fuente. Es esa la energía con la que vamos a despertarnos y a cambiar al mundo.
Hace ya cinco años que, navegando por Twitter, me encontré con un libro que me cautivó: The Way of the Heart. Al sumar mi gusto por el libro con mi pasión por los libros en general, decidí contactar a la autora y traducirlo. Eso dio lugar a El Camino del Corazón, el primer libro que edité y traduje con Caminos de Conciencia.
Es un libro canalizado de las almas de Jesús (Yeshúa) y María Magdalena, maestros ascendidos. Un poco en la tradición de Un Curso de Milagros (cuyo autor es Jesús), mi principal práctica espiritual, pero en un lenguaje mucho más sencillo y accesible. Te quiero compartir ahora un pasaje que resuena mucho conmigo y con la forma como entiendo la espiritualidad. Se trata del prólogo del libro, en el que se señalan los requisitos para leerlo y se te invita a mirar si tu corazón desea leerlo.
María Magdalena: El camino del corazón es una práctica antigua que fue enseñada en escuelas de misterios. Se trata de reconectarte con la raíz de nuestro ser, la Fuente. Durante los primeros años de tu vida, olvidas la conexión con la Fuente: el ego toma el control y construye un mundo de separación. El camino del corazón te enseña cómo deshacer ese proceso.
Yeshúa: Empecemos entonces con los conceptos básicos.
Para aprender el camino del corazón es necesario primero que aceptes la Unidad como la base del mundo. La Unidad es Dios. Dios es Unidad. La Unidad es el vínculo entre todas las personas. Es la verdad última. El resto son detalles; desde tu perspectiva, puede parecer que se trata de muchos detalles. Desde nuestra perspectiva, esos detalles son ilusión.
El segundo requisito es que debes estar dispuesto a intentar. Esto no quiere decir que le des una oportunidad como lo harías con cualquier otro curso; quiere decir que necesitas entregar tu voluntad a la enseñanza y aceptar el poder de la enseñanza sobre tu vida. Este es un requisito es muy importante: si no lo haces, tu mente, o tu ego, siempre encontrará la manera de pelear contra la enseñanza. El trabajo que terminarás haciendo será mental; no tendrá ningún impacto en tu vida.
El tercer requisito no es menos importante: confía en ti. Confía en que estás leyendo estas palabras por una razón y elige estar aquí con nosotros. La duda es cosa del ego. La confianza es cosa del alma.
María Magdalena: Confiar en el alma significa abrirte a la posibilidad de que un poder más elevado gobierne tu vida. Eso no significa que estás «renunciando a tu vida y entregándosela a Dios». Significa que aceptas ser un verdadero cocreador.
Yeshúa: La verdadera cocreación solo sucede cuando tu alma está involucrada; es tu recompensa por conectarte con Dios.
Ahora que conoces los requisitos, debes tomar distancia y decidir si esta es la acción correcta para ti en este momento.
Es uno de los deseos más comunes. Sobresalir. Destacarse. Ganar la carrera. Derrotar a los oponentes.
Cientos de miles de años atrás, ese deseo tenía sentido. Si no vencías a tus oponentes, si no ganabas la carrera, lo más seguro es que murieras o que no pudieras reproducirte.
Hoy en día ese deseo es solo un reflejo del pasado. Vende entradas a eventos deportivos, nos hace luchar. Nos hace compararnos constantemente, para ver qué debemos hacer para superar a la persona sentada al lado.
Pero, al menos como yo lo veo, es un deseo desconectado del corazón.
Si amas la música y el sonido del piano, no importa qué tan buen pianista seas, saber que hay un pianista mejor que tú te llenará de alegría, pues significa que el mundo se seguirá llenando de aquello que amas. Si amas los edificios bellos, te encantará saber que hay mejores arquitectos que tú. Si realmente deseas el despertar de la humanidad, ¿no sería maravilloso que todos fueran más espirituales que tú?, ¿no sería ese un mundo maravilloso en el que vivir?
Es lo más normal desear ser el mejor. Es uno de los deseos más comunes del ego. Pues, al ignorar por completo su verdadera identidad, que es tu esencia divina, el ego necesita sentirse especial para reforzar y proteger su falso sentido de identidad. Y ser el mejor es una forma típica de ser especial.
Todos tenemos a veces ese deseo de sobresalir. Y tal vez esté cargado de viejas memorias de supervivencia. «Si no sobresalgo, no obtendré lo que quiero, no conseguiré pareja, no conseguiré trabajo». Qué forma de ver el mundo tan ardua, tan áspera y hostil.
Al corazón, en cambio, le tiene sin cuidado ser mejor. No le interesa en lo más mínimo compararse. Solo quiere dar lo mejor de sí, no para ganarle a los demás, sino por el puro placer de dar. Sabe que siempre tendrá lo que necesita, por lo que no teme ser superado por los demás. La lógica de la competencia no tiene sentido para él.
El ego o el corazón. Esa es una elección que hacemos a cada momento. Una te lleva a luchar para protegerte. A un camino poblado por enemigos a los que debes derrotar. El otro te lleva a un camino en el que compartes todo con todos porque sabes que eres uno con todos, y que el triunfo de uno es el triunfo de todos y la derrota de uno es la derrota de todos. Es un camino de paz y unidad.
Ordenar mi cuarto me motiva a trabajar. Me lleva a tomar decisiones amorosas. Por ejemplo, me ayuda a que sea más ameno escribir este blog, y luego de escribirlo me siento pleno.
Beber alcohol o café, en cambio, me lleva a tomar decisiones cuyas consecuencias usualmente me hacen sufrir. Por ejemplo, me llevan a no dormir, y la falta de sueño me suele poner ansioso, depresivo o paranoico.
Esas acciones son como pequeñas bolas de nieve. Se ven muy pequeñas al comienzo, casi insignificantes, pero, si las dejo seguir, pueden convertise en avalanchas. Y pueden ser avalanchas que me impulsan en mi vuelo o me invitan a esconderme y encerrarme en una coraza.
No es esto, por supuesto, una crítica al café o al alcohol. Esa es solo mi experiencia personal. Las bolas de nieve de cada persona se ponen en marcha de manera diferente.
¿Cuáles son esas pequeñas acciones que ponen en marcha círculos virtuosos y se convierten en tus avalanchas de amor? ¿Cuáles son esos sencillos hábitos que ponen en márcha círculos viciosos que te hacen sufrir?
Tú te conoces. Sabes de lo que estoy hablando.
Elige hacer rodar las bolas de nieve en la dirección en la que deseas que luego te empuje la avalancha. Elige la dirección del amor.
El otro día estaba esperando a que cambiara el semáforo para cruzar la calle. Pero vi que alcanzaba a cruzar si caminaba rápido, a pesar de que la luz no había cambiado. Decidí arriesgarme y crucé la calle mientras la luz seguía en rojo para mí y en verde para los automóviles. Al fin y al cabo, tenía la seguridad de que alcanzaría a cruzar. Entonces, ¿por qué esperar?
De lo que no caí en cuenta fue de que a mi lado había varias personas esperando y, al yo comenzar a caminar, algunas de ellas me imitaron, pensando que la luz había cambiado. Esas personas inconscientemente confiaron en mí y asumieron que yo respetaba las señales de tránsito. Y pusieron su vida en riesgo por eso. Un par de personas se asustaron al ver que los carros no paraban y se devolvieron corriendo a la acera.
Lo que hacemos tiene un impacto en quienes nos rodean. Estamos rodeados por personas que confían en nosotros.
No quiero con esto quitarles responsabilidad ni verlas como víctimas. Seguramente, si hubieran estado más atentas, se habrían dado cuenta de que la luz seguía en rojo. Y, si hubiera sucedido un accidente, seguramente no me podrían haber responsabilizado legalmente por ello. No empujé a nadie ni lo obligué a caminar. Sin embargo, contribuí a ese comportamiento al no ser consciente del poder que tiene mi ejemplo.
Cada cosa que hacemos y cada elección que tomamos tienen un impacto en nuestra cultura y en la forma de pensar y de actuar de quienes nos rodean. Cada acto de amor es una invitación a imitarlo, al igual que cada acto inconsciente.
No es a ti solo a quien cuidas cuando te cuidas. Nos cuidas a todos al invitarnos con tu ejemplo. Y no es solo a ti a quien pones en riesgo cuando asumes comportamientos inconscientes.
Te siguen más personas de las que crees. Todo el tiempo estamos enseñando. Elijamos enseñar con amor.