No tenemos que ser perfectos para dar

forest-3398992_1920

Muchas veces he dudado si soy lo suficientemente bueno como para tener algo que compartir, algo que dar. Entonces aparece un lista de cosas que, según mi ego, debo mejorar para ser digno de dar algo al mundo.
Pero el mundo necesita gente auténtica, y mis imperfecciones y mis heridas son precisamente las que me han enseñado y me siguen enseñando aquello que puedo compartir con los demás.

No tenemos que ser perfectos para iluminar el camino de los demás. Basta con ser nosotros mismos.

600470bc-8f45-403c-86b0-e84c14edb9b4

Regreso al mar

sea-79950_1920

Fui a ver el mar de nuevo
Me recibió con un murmullo suave
Una llamada ancestral
Una canción olvidada
Cuyo idioma no logro comprender
Aunque sé que fue una vez mi lengua materna
En mi corazón, ahora templo luminoso, resuena el deseo de volver a casa

El agua acaricia mis pies
Como una madre examina el rostro de su hijo
Cuando este regresa después de un largo viaje
Abraza con delicadeza mis talones
Envuelve con un leve susurro mis pantorrillas
Sube hasta mis corvas, salpica mis muslos
Y me invita a entrar

El viento de sal, cálido y denso, celebra con un estruendo tenue mi llegada
Estoy desnudo a la orilla
Presto a dejarme caer
Cual viajero que llega arrastrándose
Sin fuerzas para desempacar
Y tan solo alcanza a apagar la luz
Antes de entregarse vencido a su lecho

La brisa, muy fina, casi se confunde al llegar a mi frente
Con el descanso profundo de un viejo pensamiento que se pierde
Con un estremecimiento de amor, un destello, una chispa que recorre el entrecejo
Y llega al firmamento
Delicadamente engastado en las alturas
Tan vacío como lleno de diamantes
Silencioso reflejo de la inmensidad que me espera en lo profundo

Me dejo caer
Me rindo
Suelto mis brazos y me entrego a la marea
Y ella, semejante a una esposa que guía a su amado en la penumbra, comienza a alejarme de la orilla
Venda mis ojos y me invita a confiar
A seguir sus pasos de plata en medio de la noche
A dejarme arrastrar quedamente hasta el fondo

El agua circunda mis labios en un beso permanente
Rodea mis dientes, reposa en mis encías
Se mezcla con mi saliva y abrasa mi garganta
Desciende como un fuego lento que regresa a su origen
Y se desliza al tiempo en mis oídos
Y susurra al tiempo en mis oídos estrofas sueltas
De la canción olvidada que me invita a despertar

Siento sus labios posarse
Como palomas dormidas sobre mis párpados
Como un lastre sagrado al que me aferro en posición fetal
Para hacer más expedito mi descenso
Hace no mucho me deleitaba
Al ver los ángeles danzando en la eternidad
Y aquí estoy de nuevo, en las entrañas de mi Padre

600470bc-8f45-403c-86b0-e84c14edb9b4

La crisis: una invitación a evolucionar

Todos hemos pasado por una crisis alguna vez. Seguramente más de una vez. Y lo más probable es que nos esperen varias crisis en el futuro. Este panorama parece un poco oscuro y negativo, pero en realidad es todo lo contrario. Las crisis son señal de crecimiento, son necesarias para que podamos avanzar en la vida.

La definición que da la Real Academia de la Lengua Española es esclarecedora:

Crisis: Cambio profundo y de consecuencias importantes en un proceso o situación.

La crisis, además, suele caracterizarse por que el cambio es abrupto o repentino. Un día todo está en orden, las finanzas están al día, los planes de la familia marchan sobre ruedas, estamos saludables, sabemos para dónde vamos. Pero algo ocurre, un accidente, una muerte, un viaje, una separación, una idea arraigada se desmorona, dejamos de creer en algo. O simplemente tenemos una experiencia que destruye o modifica radicalmente nuestro punto de vista anterior, que transforma la manera como entendemos el mundo. El suelo sobre el que caminábamos, que parecía tan sólido y seguro, comienza a resquebrajarse. En esos momentos es posible que no sepamos qué hacer ni a dónde ir. Puede que aquello a lo que nos aferrábamos haya desaparecido, y la claridad y la confianza que nos acompañaban sean remplazadas por dudas y cavilaciones.

Y es entonces cuando puede producirse el mayor crecimiento, cuando podemos dar los saltos más grandes en nuestra evolución, y no solo a nivel individual, sino también como especie. Hace poco leí una idea que me pareció iluminadora en un libro sobre la historia del planeta Tierra. El autor decía que cuando hay un gran cambio, y este es tan profundo que hace imposible para una especie continuar la misma forma de vida que hasta ahora tenía, hay dos resultados posibles: que la especie evolucione o que se extinga. Y hay algunos cambios en el entorno que les exigen a las especies pequeñas modificaciones: mayor o menor tamaño, un poco más de rapidez o de fuerza. Sin embargo, otras veces los cambios son tan profundos que requieren algo completamente nuevo. Por ejemplo: que de seres que viven en el agua surjan otros capaces de sobrevivir en tierra firme, o que seres que corren sobre dos patas den lugar a una nueva especie que puede volar.

Así, pues, podemos interpretar cada crisis como una invitación a evolucionar. Desde esta perspectiva, las crisis son las chispas que encienden los motores del cambio. Hace poco compartí un mi página de Facebook un meme que me parece muy adecuado ahora:

44893972_2401546043220789_709806846755471360_n

Este mensaje tiene una clara connotación religiosa. Pero creo que es aplicable para cualquier persona, independientemente de sus creencias. Qué buena la crisis que me hizo dar cuenta de que podía hacer aquello que parecía imposible. Gracias por la crisis que me empujó a encontrar soluciones en las que de otra forma no habría pensado.

Si miramos la historia de la humanidad, veremos que muchos de los grandes inventos nacieron en tiempos de crisis. Conozco una anécdota al respecto que me gusta mucho. La biblioteca más importante de la antigüedad fue, sin duda, la biblioteca de Alejandría, fundada por Ptolomeo I, gobernante de Egipto, en el siglo III antes de Cristo. Para Ptolomeo y los gobernantes que lo siguieron, la biblioteca se convirtió en un símbolo de poder y orgullo, por lo que hicieron todo lo posible por que fuera la más grande biblioteca de su tiempo.

Lo que no muchos saben es que por esa misma época se fundó otra gran biblioteca, ya no en Egipto, sino en lo que hoy es Turquía: la biblioteca de Pérgamo. Y esta llegó a crecer tanto y a albergar tantos volúmenes, que los dirigentes de Egipto se sintieron amenazados y prohibieron la exportación de papiro a Pérgamo. En esa época, el papiro era el mejor medio conocido para grabar palabras escritas, era la tecnología de punta. Por eso el papiro era considerado un bien muy preciado, tanto así que la palabra usada en la lengua egipcia para referirse al papiro significaba también «flor del rey». Al no tener acceso al papiro, quienes trabajaban en la biblioteca de Pérgamo tuvieron una gran crisis: ya no tenían manera de grabar nuevos textos. Se podría pensar que esto significaría el fin para la biblioteca de Pérgamo, pero, en cambio, dicha situación forzó a quienes allí trabajan a evolucionar. Fue así como inventaron el pergamino (ya te puedes imaginar de dónde viene el nombre), una nueva tecnología para grabar palabras sobre el cuero de los animales. Y este nuevo invento fue tan útil que poco a poco se impuso y fue el medio predilecto en los siglos que vinieron. Solo fue superado con la llegada del papel mucho tiempo después. Así, lo que parecía un gran problema fue la puerta a una gran innovación, a un salto tecnológico.

Ejemplos como este hay muchos. Cuento este porque me apasiona la historia de la escritura, pero basta investigar un poco para ver cómo los cambios bruscos, drásticos e incómodos han llevado a que los humanos vayamos más allá de lo conocido y nos transformemos.

Y lo mismo sucede en el camino espiritual. Muchas veces las transformaciones más profundas surgen gracias a una crisis. Según la leyenda, fue una gran crisis interior la que llevó a Sidarta Gautama a alcanzar la iluminación y convertirse en Buda. Se dice que a los cinco días de nacido, el padre de Sidarta, llamado Sudodana, convocó a ocho erudiros para que predijeran el futuro de su hijo. Estos le dijeron a Sudodana que su hijo podría llegar a ser un gran rey, pero que, si en algún momento tenía contacto con el sufrimiento y la muerte, se volvería un hombre santo. Por esto, el rey hizo todos los esfuerzos que pudo para evitar que su hijo Sidarta tuviera contacto con los enfermos y los moribundos. Pero no pudo evitarlo. Un día Sidarta abandonó su palacio para dar un paseo y se encontró con un hombre viejo; luego, con un hombre enfermo; después, con un cadáver en descomposición, y, finalmente, con un asceta. Esos cuatro encuentros, según la leyenda, sumieron a Sidarta a una gran depresión que lo llevó a renunciar a su vida como príncipe y a convertirse en un asceta mendicante. Se dice que esto lo motivó a buscar la solución al sufrimiento y a la muerte. Y fue así que se embarcó en el profundo viaje interior que lo llevaría a iluminarse y a encontrar el Nirvana, ese estado de profunda paz y liberación que trasciende al sufrimiento y a la muerte.

Así, si ahora estás perdido, o alguna vez te pierdes, no te desanimes. Cuando nos sentimos perdidos no podemos ver con claridad, eso hace parte de estar perdidos; sin embargo, muchas veces perdernos es señal de que nos acercamos a un nuevo camino más elevado. Seguir avanzando hasta encontrar ese camino y luego seguirlo requiere de gran valentía y confianza. Si estás en crisis, la vida te está invitando a evolucionar, a ir más allá de lo conocido, a encontrar nuevas maneras. No es cómodo. Puede ser muy doloroso, como suelen serlo los nacimientos, pero es necesario para crecer y avanzar.

Las crisis y el florecimiento de la humanidad

Al comienzo de su libro Una nueva tierra, el maestro espiritual Eckhart Tolle dice que hace aproximadamente 100 millones de años comenzó a existir la primera flor sobre el planeta Tierra. Afirma que es probable que esa primera flor no haya vivido por mucho tiempo, y que seguramente las flores fueron fenómenos aislados durante miles de años. Sin embargo, después de un umbral crítico «se produjo una explosión de colores y aromas por todo el planeta». Entonces las plantas dieron un paso en su evolución.

Según Eckhart Tolle, la iluminación de los seres humanos es el análoga a la florescencia en las plantas, y es el siguiente paso en la evolución de la humanidad. Es decir, ese estado de consciencia, de profunda presencia y unidad, el mismo que alcanzó Buda, es nuestro siguiente paso como especie. Al comienzo, habrá seres iluminados aislados, aquí y allá; de hecho, eso es lo que está sucediendo ahora. Pero cada vez los seres altamente conscientes serán más comunes y llegará un momento en el que la iluminación será el estado natural de los seres humanos. Entonces habremos despertado como especie, habremos florecido.

Y este es un paso evolutivo que debemos dar imperiosamente si queremos sobrevivir como especie, pues estamos en crisis. Dada nuestra gran capacidad tecnológica, nuestra inconsciencia puede tener efectos nefastos sobre nuestro planeta y sobre nuestros semejantes, efectos que tal vez no podamos reparar. Estamos en un punto de quiebre. La vida nos está invitando a evolucionar.

Y este nuevo paso en nuestra evolución no se trata de crear computadores más rápidos o carros que funcionen con agua, aunque eso puede ayudar. Es una transformación interna. Se trata de despertar de nuestro sueño de que estamos separados; de darnos cuenta de que no podemos ganar si otros pierden; de saber que estamos en el mismo barco y, si este se hunde, nos ahogamos todos. Se trata de abrir nuestros corazones, vernos reflejados en todos nuestros hermanos y saber que, en el fondo, somos uno solo.

Pero la conciencia de una especie es la conciencia de sus individuos. Por eso esta invitación es para ti y para mí. Y cada pequeño paso en tu evolución y en la mía es una contribución a nuestro florecimiento como especie. Te invito a que esta crisis y las crisis que vendrán te permitan ser el cambio que quieres ver en el mundo. Te invito a que aprovechemos esta crisis y las crisis que vendrán como oportunidades para florecer juntos.

Meme especial

600470bc-8f45-403c-86b0-e84c14edb9b4

La paz profunda de vivir sin juicios

Si observamos con cuidado nuestra mente, nos daremos cuenta de que todo el tiempo estamos juzgando. “Eso es bueno”. “Eso es malo”. “Eso debería ser de otra forma”. Tenemos una idea de cómo debería ser el mundo. Tenemos una lista de cosas que las personas deberían empezar a hacer y dejar de hacer para que el mundo fuera perfecto. Y nosotros estamos en esa lista, por lo que creemos que debemos hacer y dejar de hacer muchas cosas para ser como se supone que debemos ser. Cuando juzgamos a los demás, inevitablemente nos juzgamos también a nosotros. Pues los juicios hacen parte del marco mental con el que vemos el mundo, y es con ese mismo marco con el que nos vemos a nosotros.

Los juicios, cuando se intensifican, cuando los creemos ciegamente, nos llevan no solo a querer que los demás cambien, sino a tratar de cambiarlos a la fuerza. Entonces tratamos de imponerles nuestras ideas y comportamientos, pues estamos convencidos de que sus ideas y su forma de ser son incorrectas. Y si la intensidad y la fuerza de los juicios se incrementan en extremo, nos vamos a la guerra. Nuestro convencimiento de que los demás están equivocados se convierte entonces en nuestra justificación para aniquilarlos. En la raíz de toda guerra, sin importar la aparente razonabilidad de sus justificaciones, se encuentran los juicios.

Los juicios nos separan, pues, a medida que etiquetamos todo a nuestro alrededor, lo consideramos como algo separado de nosotros. Mediante los juicios decidimos lo que las personas y las cosas son y lo que valen. Nos convertimos en los jueces de la realidad: quienes deciden cuál es el lugar y el valor de cada cosa. Y eso lo hacemos todo el tiempo en nuestra mente, sin parar. Los juicios, en últimas, nos impiden ver la realidad tal como es, pues cuando juzgamos decidimos de antemano el significado de lo que estamos viendo.

Cuando juzgamos, nunca vemos a las personas tal como son ahora, tal como son en verdad: proyectamos sobre ellas nuestras ideas y decidimos lo que son de acuerdo con esto, de modo que su verdadera identidad queda velada para nosotros. Perdemos contacto con la realidad y nos quedamos viviendo en el mundo que ha fabricado nuestra mente. Así, al ver al alguien, en realidad estamos viendo todas nuestras ideas, que traemos del pasado, proyectadas afuera de nosotros, y creemos que esa es la realidad. No dudamos. Creemos que sabemos. Estamos seguros de que “él es bueno” pero “ese otro es malo”, y “ese está en lo cierto”, pero “ese otro debería empezar a ver las cosas de otra manera”.

Así, uno de los mejores regalos que le podemos dar al mundo es dejar a un lado nuestros juicios. Vivir sin juicios nos llevará a un estado de profunda paz y de profunda unión con los demás. Entonces empezamos a ver a los demás tal como son ahora, frescos, siempre nuevos, y dejamos de proyectar en ellos todo nuestro pasado. Al verlos de esta forma, comenzamos a conectarnos con la verdadera identidad de los otros, la cual, en última instancia, es nuestra misma identidad: la divinidad, el amor. Así, comenzamos a unirnos con ellos, pues reconocemos en ellos la misma energía divina que reconocemos en nosotros, energía que, al final, es lo único que existe. Entonces tal vez lleguemos a ese punto que en algunas tradiciones se conoce como iluminación, ese estado en el que nos reconocemos uno con todo, pues vemos que lo único real en nosotros, en los demás y en todo lo que existe es lo mismo.

Dejar los juicios, entonces, implica un cambio en la forma como percibimos. Dejamos de ver las aparentes e infinitas diferencias que surgen cuando nuestra mente clasifica y ordena la realidad, y comenzamos a ver el amor en todo. Cuando se van los juicios, vemos amor incluso en el asesino, en el dictador, en aquel que quiere destruirnos, en aquel que nos quita lo que creemos que necesitamos, en los corruptos, en los inconscientes, en los ambiciosos, en los que maltratan a los animales, en los que torturan, en los que se complacen con el sufrimiento ajeno, en los que destruyen el planeta.

Eso no quiere decir que consideramos que esos comportamientos son deseables y que les damos la bienvenida. Significa, solamente, que dejamos de sentirnos separados de quienes actúan de esa manera. Dejamos de creernos mejores, pues sabemos que, en el fondo, esas personas son parte de nosotros mismos. Es simplemente inconsciencia. Es como si vemos un león furioso: seguramente trataremos de alejarnos o de protegernos de su furia, pero no lo condenamos en nuestra mente, no decimos “ese león es malo, debería ser de otra manera”. Tomamos medidas prácticas para evitar que el león cause daño, pero eso no nos impide verlo como una expresión del amor universal del que todos estamos hechos, no nos impide verlo como igual a nosotros.

Al dejar los juicios, dejamos atrás la condena, y eso inevitablemente se comienza a ver reflejado en nuestras relaciones, pues los demás poco a poco empiezan a sentirse libres de los yugos que les habíamos puesto, dejan de sentirse condenados, dejan de sentir las exigencias que les imponen nuestras ideas. Pueden ser como son. Tal vez nos alejemos, tal vez no, pero sea lo que sea que hagamos, lo haremos llenos de amor, sin condenación alguna.

Sin embargo, la más grande libertad que llega cuando soltamos los juicios es la que ocurre en nuestro interior. Pues cuando dejamos de juzgar a los demás también dejamos de juzgarnos a nosotros, y la presión insoportable y la culpa y el autocastigo desaparecen, y dejan espacio para un amor propio inmenso que permea nuestra experiencia presente. Lo que queda es un contacto íntimo con nosotros, un silencio que está hecho de amor.

Todo esto, por supuesto, implica que empezamos quedarnos en el momento presente, donde podemos ver las cosas siempre nuevas, tal como son, sin el filtro de nuestras ideas preconcebidas. Todo, desde el desayuno hasta la voz en el radio hasta los actos de las personas con las que nos vamos encontrando en el camino. Ahora, podemos empezar por observar en presencia y sin juicios la pantalla de este computador o de este teléfono móvil. Por escuchar totalmente abiertos los sonidos que hay en este momento. Por sentir nuestro cuerpo y dejarlo ser exactamente como es, sin decidir mentalmente qué significa ni qué valor tiene. Podemos empezar en cualquier momento, con cualquier cosa. Es decir, podemos comenzar ahora. Y esa será una semilla que luego brotará en forma de paz y silencio en el mundo. Una semilla que brotará en nosotros y a través de nosotros.

La invitación, entonces, es a que no decidas qué significa esto, sino que simplemente le permitas ser y te permitas ser ahora, libre, nuevo. La invitación es a que sueltes todo lo que crees justo ahora y mires qué queda. Se trata de una exploración, de un juego, de entrar en este momento sin prevenciones, como si fuera la primera vez. Y es que, en efecto, esta es la primera vez que estás en este momento, y la única. Y no necesitas nada del pasado, nada de lo que crees, para poder estar aquí. Puedes estar aquí simplemente como eres ahora.

Poco a poco irás entrando en contacto con la realidad que subyace a este momento. A medida que comencemos a ver todo fresco y nuevo, como es ahora, cada encuentro será un encuentro sagrado, cada encuentro será un encuentro con el amor mismo que se expresa en infinitas formas. Entonces todo se vuelve sagrado en la luz de la presencia, esa luz que surge cuando observamos la realidad sin imponerle nada, sin presuponer nada, sin exigir nada: la luz del amor mismo.

Por: David González, creador de Caminos de Conciencia

 

Cree en tu bondad

Robert Jonhson, el notable analista junguiano, reconoce lo difícil que es para muchos de nosotros creer en nuestra bondad. Es más fácil para nosotros creer que nuestros peores miedos y pensamientos son lo que somos, aquellos rasgos que no reconocemos y que Jung llamó “la sombra”. “Curiosamente”, dice Jonhson, “la gente se resiste a los aspectos nobles de su sombra con más fuerza de la que gasta en tratar de esconder los rasgos oscuros […]. Es más desestabilizador descubrir que tienes un carácter profundamente noble que descubrir que eres una mala persona”.

Nuestra creencia en una identidad limitada y empobrecida es un hábito tan fuerte que sin esta no sabríamos cómo ser. Si reconocemos por completo nuestra dignidad, esta podría llevar a cambios radicales en nuestra vida. Podría pedirnos algo grande. Y, sin embargo, una parte de nosotros sabe que el ser asustadizo y vulnerable no es quienes somos. Cada uno de nosotros necesita encontrar el camino hacia la completud y la libertad.

En estos días, en los que a veces hay cinismo, podríamos pensar que esta bondad original es solo una frase para hacernos sentir mejor, pero a través de sus lentes descubrimos una manera radicalmente diferente de ver y de ser: una manera cuyo objetivo es transformar al mundo. Esto no significa que vamos a ignorar la magnitud del sufrimiento de las personas ni que nos expondremos de manera vulnerable y necia a individuos inestables y quizás violentos. De hecho, para encontrar la dignidad en los demás, es necesario reconocer su sufrimiento. Dentro de los principios psicológicos budistas más importantes estás las Cuatro Nobles Verdades, que comienzan por reconocer el sufrimiento inevitable en la vida humana. También es difícil hablar de esta verdad en nuestra cultura moderna, en la que a la gente se le enseña a evitar la incomodidad a toda costa, y en la que “la búsqueda de la felicidad” se ha convertido en “el derecho a la felicidad”. Y, aun así, cuando estamos sufriendo es muy refrescante saber que la verdad de nuestro sufrimiento es reconocida.

Las enseñanzas budistas nos ayudan a lidiar con nuestro sufrimiento individual, desde la vergüenza y la depresión hasta la ansiedad y la tristeza. Estas abordan el sufrimiento colectivo del mundo y nos ayudan a trabajar con la fuente de este dolor: las fuerzas de la avaricia, el odio y el engaño en la mente humana. Pero, si bien reconocer nuestro sufrimiento es muy importante, esto no eclipsa nuestra nobleza fundamental.

La palabra nobleza no se refiere a caballeros y cortes medievales. Se deriva del vocablo griego gno (como en gnosis), que significa “sabiduría” o “iluminación interior”. En español, la nobleza se define como excelencia humana, como aquello que es ilustre, admirable, elevado y distinguido en valores, conducta y comportamiento. ¿Cómo podemos conectarnos intuitivamente con esta cualidad en aquellos que nos rodean? Así como nadie puede decirnos cómo sentir amor, cada uno de nosotros debemos encontrar nuestra propia forma de sentir la bondad en los demás. Una manera es alterar el marco temporal e imaginar la persona en frente de nosotros como un niño pequeño, todavía joven e inocente.

O, en vez de ir atrás en el tiempo, podemos movernos hacia adelante. Podemos visualizar a la persona al final de su vida, en su lecho de muerte, vulnerable, abierta, sin nada que esconder. O simplemente podemos verla como un compañero caminante que lucha con sus propias cargas, y que quiere la dignidad y la felicidad. Debajo de los miedos y las necesidades, de la agresión y el dolor, quienquiera que nos encontremos es un ser que, como nosotros, tiene el tremendo potencial de ser comprensivo y compasivo, y cuya bondad está ahí para ser tocada por nosotros.

Por: Jack Kornifield

Tomado de https://jackkornfield.com/see-the-inner-nobility-in-all-beings/

Jack-Kornfield_201blkwht_DeborahJaffe

Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

Puedes conocer más sobre él en su página web.

Una invitación a que te ames

Mírate a ti mismo. Puedes verte exactamente como eres, sin juicio, sin crítica, sin culpa. Mírate al espejo y esta vez no te critiques, no resaltes tus aparentes imperfecciones, y son aparentes, porque exactamente como eres, eres perfecto. Nada te sobra, nada te falta. Estás completo.

Amate, apréciate, agradécete y bendícete por el ser radiante, luminoso y brillante que eres. Si tu mente, mente pequeña o ego, te está diciendo que no eres nada de eso, no la escuches; es como una grabación que continuamente te está diciendo que no eres suficiente, que te falta, que aún no estás completo. Cuando estás conectado con tu Ser verdadero (cuando estás en tu mente recta, según la terminología de Un Curso de Milagros), verás que eres todas esas cosas maravillosas y mucho más.

Puedes ver y sentir lo que no has visto ni sentido antes acerca de ti. Sí, mira ahora la bondad de tu corazón, bondad que desbordas en servir a los demás, a la naturaleza, a los animales. Aprecia la belleza de tu alma, la belleza que no necesita ser retocada para ser vista, sí, esa belleza que se enciende ante tu mirada y que los demás ven y sienten con el corazón. No es preciso tener la estatura promedio, las medidas perfectas, la tonicidad, lozanía y la elasticidad ideal en la piel para ser bellos. En la aparente imperfección que tu mente alberga, se deslumbra la belleza del ser.

Mírate con dulzura, sé dulce muy dulce contigo, siente la dulzura que desborda tu corazón cuando decides amarte. Es una dulzura que escapa a las palabras y que sólo puedes experimentar cuando te abres a hacerlo.  Siente amor, infinito amor por ti, sí, por el ser de amor que eres.

Eres más que el cuerpo que habitas, eres un ser espiritual. Tu cuerpo es como un guante que te has puesto para tener una experiencia humana. De tu conciencia despierta depende que esta experiencia sea dichosa y abundante en el paso por este mundo.

Despierta la confianza en ti, la confianza de ser tú mismo, momento a momento. Despierta a aceptarte exactamente como eres, no como crees que deberías ser, no como tu mente te ha dicho que debe ser, sino como realmente eres: libre, auténtico, vulnerable, único y, sobre todo, un ser de infinito amor.

Enciende la luz que eres, ilumina tu parte, sé presencia, pon luz en la oscuridad, hazlo desde la bondad que te lleva a servirte a ti mismo en todos.

En un tiempo de mi vida me pregunté qué era sentir amor. No sabía cómo amarme, y tampoco me sentía amada. Hoy por hoy, no creo tener la fórmula mágica para decirte cómo se hace para sentir el amor en la vida. Puedo decir que sólo cuando decidí aceptar lo inaceptable, perdoné lo imperdonable (según mi mente) y me hice responsable de mí, empecé a sentir una energía que me sostiene y me da la gracia para avanzar en la vida, para avanzar con confianza en lo que no se ve, para avanzar con fe.

Amarme a mí misma me ha hecho más humana, más sensible, más compasiva, más amorosa. Me ha llevado a conectarme con mi misión de vida; a no querer nada para mí que no quiera ver manifestado en la vida de los demás, incluso en la vida a quienes no amo y debería amar más; a respetar y contemplar la vida en todas sus manifestaciones, y, sobre todo, me ha llevado a despertar mi conciencia. Entonces comprendí que amarnos a nosotros mismos es el mejor regalo que podemos ofrecerle al mundo. Quien reciba tu amor, nutre su amor propio, y así, el espiral de amor se va haciendo cada vez más grande y sostiene a todos.

Amarse a uno mismo no hace que desaparezcan las dificultades y que todo sea siempre agradable, amoroso y libre de dolor, pero sí ayuda a no magnificar las cosas y a darle el sentido real a lo que sucede. Cuando nos amamos podemos enfrentar las dificultades aceptando que lo que aparece es como es y no pudo ser de otra manera. Entonces comprendemos que el mayor grado de sufrimiento lo experimentamos cuando queremos que la vida sea de manera distinta a como está siendo.

Amarte a ti misma te ayuda a soltar, fluir y confiar en que todo opera para tu bien, ya sea que lo comprendas o no. Te ayuda a mantenerte firme en tu misión, en tu propósito de vida, pues, cuando te amas, los miedos que aparecen en tu camino son menos atemorizadores; cuando te amas, te sientes valiente y avanzas firme. Amarte te da la fuerza, el impulso para avanzar, y, si no avanzas, al menos no caes en la tentación de juzgarte y culparte por lo que no logras.

Tu amor propio te sostiene en tu grandeza momento a momento, sin importar lo que pase afuera, porque tienes presente que eres valiosa siempre. Te lleva a rodearte de personas que también se aman a sí mismas, se respetan y se valoran, y el amor de los otros te sostiene en tu amor propio. Te da la claridad y el discernimiento para abandonar lo que no te hace bien (una relación, un puesto de trabajo, un lugar); te ayuda a poner punto final sin tanto drama a lo que ya no debe estar en tu vida, en el momento en que es preciso hacerlo.

Amarte a ti misma te da alas para volar, volar muy alto, surcar los cielos y contemplar la grandeza ilimitada de la que eres parte. Te da sencillez y la humildad para celebrar los logros de los demás. Te alegras con los otros, porque has comprendido que no hay competencia, que, cuando alguien logra algo, sólo te está recordando que tú también puedes hacerlo.

Cuando te amas, te vuelves agradecida y comienzas a disfrutar de lo simple y sencillo. Dejas de lado la necesidad de calificar todo lo que sucede como bueno o malo; comprendes que lo que sucede simplemente es, y fluyes grácilmente momento a momento.

Cuando te amas realmente, te vuelves presente en todo. En cada acto, en cada palabra estás en comunión con tu interior. De ahí nace la capacidad de contemplar, y la presencia lo impregna todo. Además, amarte te lleva a crear tiempo para ti, tiempo para estar contigo, para escucharte, para conectar con tu voz interior de la manera que es correcta para ti.

Amarte incondicionalmente te da la fuerza para sentirte real, vulnerable, auténtico, libre; para sentir las emociones, sensaciones y percepciones cuando aparecen sin nombrarlas y simplemente dejarte ser momento a momento. Entonces no buscas sentirte de una determinada manera: te sientes como eres y descubres que justo ahí está la mayor fuente de inspiración, y que después llega una oleada de amor infinita.

Cuando te amas de verdad, cesa la autocrítica y emerge la autoestima. Ya no te comparas con nadie, todo lo que quieres ser, es ser tú misma, porque tú misma eres única y no existe nadie como tú. Decides por ti y para ti, asumes la responsabilidad de lo que decides. Dejas de culpar a los demás por lo que sucede en tu vida. Te haces responsable de ti misma. Entiendes que tu valor en el mundo no lo define lo que tienes, lo que haces, lo que logras o no logras, pues tu valor está determinado por el amor que eres. Amarte a ti misma te lleva a amar tu sombra, a amar esa parte tuya que no te permite verte como eres, tal como Dios te creó.

El amor nos devuelve la energía vital, el equilibrio y la vida misma. Nos pone en contacto con todos los seres vivos. Cuando estamos conectados con el amor, reconocemos que el aire que respiramos es el mismo, que nada nos separa, que somos uno.

Tu experiencia del amor puede ser totalmente distinta a la mía. Lo que nos hace iguales es que vibramos en la energía del amor infinito e, independiente de cuál creamos que sea la fuente, ese amor nos une siempre.

Me amo y te amo en el amor que somos, somos uno.

Por: Aura Reuto

a97133aa-fd6d-429f-a9c2-99849eca9d5b

Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com

Eres lo que comes: la importancia de comer con consciencia plena

Cuando empiezas a desarrollar la capacidad de ser consciente, de tener sensación de calma y claridad en relación con la comida y con tus hábitos alimentarios, desarrollas al mismo tiempo la capacidad de aplicar esas habilidades a cualquier aspecto de tu vida

Andy Puddicombe

La alimentación, al igual que la respiración, es un proceso automático. Respiramos y no somos conscientes de que lo estamos haciendo. Sucede lo mismo con la alimentación: nos alimentamos y la gran mayoría de veces no nos damos cuenta qué estamos comiendo, cómo lo estamos comiendo y por qué lo estamos comiendo. Deberíamos tener cierto grado de consideración respecto al proceso alimenticio, pues determina nuestra salud, bienestar y armonía interior.

La comida es un mundo de posibilidades por su variedad en color, tamaños y sabores. La cultura define de qué manera nos alimentamos diariamente. La manera como comíamos en nuestra infancia determina la relación que en la vida adulta tendremos con la comida y, por lo tanto, nuestra salud en todas las etapas de la vida.

Hoy por hoy, la manera como nos alimentamos está cobrando relevancia, los índices de obesidad en la población infantil y en la población en general a nivel mundial están en aumento, lo que quiere decir que la salud está en constante riesgo. Los diagnósticos de salud de enfermedades cardiovasculares, diabetes, cáncer, artrosis, etc., crecen sin medida en la población en general. No en vano, en una consulta médica nunca falta la recomendación de mejorar los hábitos alimenticios, aumentar el consumo de verduras, frutas, cereales y legumbres, disminuir el de carnes rojas, tomar más agua, practicar ejercicio físico. Desde tiempos antiguos, Hipócrates, el padre de la medicina, lo resumió así: “Que tu alimento sea tu medicina, y la medicina, tu alimento”.

La comida no sólo tiene relación directa con nuestro estado de salud: también con nuestro ser interno. Si nos alimentamos bien, así mismo nos sentiremos: más livianos y relajados, en sintonía con el flujo de energía del Universo. Además, una alimentación sana es un reflejo del despertar de nuestra conciencia. En efecto, cuando despiertas a tu conciencia, te haces consciente de ti mismo, y esto lleva a que tus elecciones cotidianas estén encaminadas a cuidarte, a protegerte, a buscar lo mejor para ti.

Es importante aclarar, para empezar, que la alimentación consciente no es una dieta más. Alimentarse conscientemente es un acto de amor, bondad y compasión contigo mismo, con tu salud; es considerar los alimentos que vas a consumir. Alimentarse conscientemente conlleva una actitud de agradecimiento constante con la vida en general, con la naturaleza. El acto de comer se convierte en un momento placentero, de gratitud, de disfrute, agradeces a todos los que han intervenido para que tus sentidos se sientan regocijados por lo que han puesto en tu plato. En tu próxima comida, tómate un instante para respirar y apreciar lo que hay en tu mesa, aprecia y disfruta el colorido, las texturas y los distintos sabores. Bien puedes observar cómo está siendo tu proceso de masticación, ¿estás masticando lo suficiente, o demasiado rápido o lento? El proceso digestivo inicia en la masticación. Por lo tanto, para tener una alimentación consciente se sugiere masticar mínimo 40 veces cada bocado, a tal punto que el alimento quede líquido y facilite así el proceso digestivo en su totalidad.

Alimentarte conscientemente implica tomar consciencia de todo tu ser. De esta manera, tu actitud en el momento de alimentarte es determinante: ¿Te estás alimentando porque es lo que estás acostumbrado a hacer o estás escuchando tu cuerpo y lo estás nutriendo con alimentos verdaderos? ¿Estás en sintonía con tu cuerpo y consumes los alimentos que el mismo te está pidiendo? Las células nos envían continuamente información sobre cómo quieren ser alimentadas, qué alimentos están necesitando.

Es importante que revises, entonces, si estás comiendo de manera automática, sin control, dejándote llevar por emociones que te impulsa a comer lo que esté disponible. Detente y revisa tu relación con la comida, ese es el primer paso para ver si te estás alimentando o simplemente estás comiendo.

Por otra parte, sería ideal alimentarnos con alimentos libres de sustancias tóxicas. Una manera simple es elegir siempre alimentos en su presentación natural, lo que implica evitar el consumo de alimentos en paquetes, envasados, embotellados, etc. Los alimentos procesados contienen altas cantidades de azúcares, grasas, sodio, colorantes y sustancias químicas. A simple vista, sacian el hambre, nos llenan, nos satisfacen de momento, mas no nos están nutriendo en su totalidad, que es el fin último de alimentarnos: nutrir las células.

Entre más elaboración y procesamiento lleve un alimento, menos natural y saludable es; por eso, inclínate por alimentos lo más naturales posible. Vuelve a las plazas de mercados, al mercado campesino. Compra productos locales; los productos importados, si bien son deliciosos y nos llevan a experimentar nuevos sabores, se demoran en llegar hasta el supermercado, lo que se traduce en químicos y preservativos para que puedan ser consumidos.

Puedes modificar tus hábitos alimenticios. Si estás en tu edad adulta y piensas que no es posible, ve haciéndolo de a poco; si te lo propones, lo lograrás. Si eres padre o madre de familia, tienes una gran responsabilidad en la alimentación de tus hijos, ya que de cómo alimentes a tus niños hoy dependerá el bienestar en general en su vida adulta. Si eres educador, tu responsabilidad también suma; cuéntale a tus alumnos cómo alimentarse mejor, muéstrales que comer sano y saludable es divertido y delicioso.

Cuando decides alimentarte conscientemente profundos cambios suceden en tu vida. Anímate a elegir momento a momento conscientemente cómo te vas a alimentar. Así no sólo nutrirás tu cuerpo, sino que mejorarás toda tu vida.

Por: Aura Reuto

a97133aa-fd6d-429f-a9c2-99849eca9d5b

Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com

Consejos para atravesar abismos

Se dice que Siddartha abandonó su palacio la noche en que nació su único hijo y pasó seis años buscando la verdad, la iluminación, el nirvana. En ese lapso se entregó por completo a su búsqueda. Ayunó, meditó, forzó su cuerpo al extremo de la resistencia. Llegó un punto en el que estaba exhausto. Lo había dado todo, pero nada pasaba aún, no lograba encontrar aquello que con tan intenso deseo buscaba. Fue entonces cuando se sentó bajo el árbol Bodhi, sin saber ya qué más hacer. Cuenta una hermosa versión de la leyenda que cerca al árbol pasaron un día un músico y un niño. El músico llevaba un instrumento de cuerdas, y mientras caminaban le explicaba al pequeño cómo afinarlo: “Si las cuerdas están muy flojas, no van a sonar cuando las toques, y si están demasiado tensas, se romperán; por eso debes encontrar el punto medio”. Tras oír esto, Siddartha se iluminó, se convirtió en el Buda. Lo único que lo separaba de su objetivo era que se había ido al extremo en el afán de su búsqueda, y cuando tomó conciencia de ello volvió al centro, lo que le permitió despertar.

Esta hermosa historia habla sobre la importancia del equilibrio, de volver constantemente al centro, de no dejarnos llevar por los extremos. A veces pasa que perseguimos la perfección, y es como si cargáramos piedras. Luego se nos caen y ruedan en todas direcciones, destruyendo aquello que tratábamos de construir. Tensamos las cuerdas hasta que se rompen. Entonces mandamos todo al diablo y dejamos de lado la disciplina, decepcionados por nuestro fracaso. Pasamos así a un periodo de relajación que acaba en la modorra, en la pasividad, en el estancamiento. Dejamos las cuerdas tan flojas que ya no es posible hacer música con ellas.

Esto nos puede pasar en cualquier aspecto de la vida. Por ejemplo, con una dieta. Decidimos de repente que queremos comer mejor, de manera más saludable. Dejamos a un lado las grasas, los dulces, el alcohol. No levantamos a trotar todos los días a las cuatro de la mañana. Dejamos de ir a fiestas. Nos volvemos obsesivos. Ni siquiera un pequeño dulce de vez en cuando. Somos rígidos. Entonces se genera la tensión, se hace necesario un esfuerzo constante que poco a poco agota a cualquiera. Nos volvemos víctimas de nuestro invento. Una mañana descubrimos que ya no hay brillo en nuestros ojos y decidimos que ese estricto régimen ya no nos hace felices, por lo que lo abandonamos y nos entregamos por completo a los placeres de la comida y la bebida. Hasta que enfermamos o el doctor nos advierte que corremos grave riesgo, y entonces volvemos a la fase rígida del ciclo.

En ese sentido son esclarecedoras las palabras de Aristóteles, quien en su Ética a Nicómaco argumentó que la virtud es “la medianía de dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto”. Así, por ejemplo, el valor sería el punto medio entre la cobardía y la osadía irreflexiva. Ahora bien, si se acepta lo anterior, surge la pregunta: ¿cómo estar en el punto medio? Para responderla vale la pena contar un cuento.

Hace mucho tiempo, dos ladrones fueron condenados a muerte por un rey. Tras escuchar la sentencia, uno de ellos se arrodilló ante el soberano y clamó por su vida. El rey, conmovido, decidió darles una oportunidad: ordenó que se pusiera una cuerda entre los dos bordes de un precipicio y les dijo a los ladrones que les perdonaría la vida si lograban cruzar. Ante esta oferta, y sabiendo que no tenía nada que perder, uno de los ladrones se aventuró sobre el abismo. Para sorpresa de todos los que estaban mirando, el hombre pasó de un lado a otro sin la menor dificultad. Cuando llegó al otro lado, el ladrón que se había quedado le gritó desesperado: “¿Cómo lo conseguiste, cómo pudiste pasar por esa cuerda tan delgada sin caerte?”. Su compañero de condena le respondió alegre, también a gritos: “Fue muy sencillo, cada vez que sentía que me estaba cayendo hacia un lado, suavemente inclinaba mi cuerpo hacia el otro”.

El truco con el que los ladrones salvaron sus vidas ahora puede ayudarnos a mejorar las nuestras. Se trata de aprender a observarnos, y darnos cuenta de cuándo nos estamos yendo a un extremo. Justo en ese momento, cuando tomamos conciencia, con delicadeza elegimos impulsarnos en la dirección contraria. Si tienes ganas de dejarlo todo, espera, guarda un poco, y si tienes ganas de atraparlo todo con tus manos, también detente, deja escapar algunas cosas. Se trata de un arte constante, de un estado que se logra una y otra vez. Y quizás un día, cuando menos lo pienses, estarás al otro lado del abismo.

Por: David González

Publicado primero en: http://elmuro.net.co/abismos/

 

 

La terapia sin terapeuta

Médico, cúrate a ti mismo

Lucas: 4:23

Si tal y como las enseñanzas no dualistas tradicionales y modernas sugieren, el yo dividido es simplemente una “ilusión” del pensamiento y la percepción, y que somos, en esencia, el amplio espacio abierto en el que se desarrolla la vida, un espacio que es inseparable de ese mismo desarrollo, entonces, ¿qué lugar ocupa la “terapia” en nuestras vidas? ¿Puede realmente un ser ilusorio curar a otro ser ilusorio? ¿Puede un espacio abierto ser curado por “otro” espacio abierto? ¿Quién, exactamente, va a hacer esa curación? Y, ¿quién va a ser sanado exactamente?

Mientras me estaba formando como terapeuta, aprendí todo tipo de teorías y técnicas —asimilé tantos “cómos”: cómo escuchar, cómo ser congruente, cómo interpretar las palabras del cliente y su lenguaje corporal, cómo irse mostrando apropiadamente—. Hay tantas investigaciones por ahí, tantas maneras de definir la terapia, tanta gente con tantas ideas sobre cómo ayudar a los demás, y todo esto es maravilloso —la vida parece deleitarse en esta variedad de perspectivas—. Pero me sorprendió que a pesar de toda esta formación que había recibido, a pesar de todo el conocimiento y habilidades que estuve obligado a asumir, la pregunta: “¿Cuál es la verdadera curación?” no se estudió nunca en profundidad. Como terapeutas en prácticas, estábamos aprendiendo a curar, a interactuar con los clientes, pero nunca nos detuvimos a contemplar el verdadero significado de la curación. Estábamos aprendiendo a ser terapeutas, a vivir en nuestros roles, a “hacer” terapia, pero nunca nos paramos a hacernos la pregunta más fundamental: ¿es la curación siquiera posible? Una vez, en clase, levanté la mano y pregunté: “¿No hay una especie de arrogancia en asumir que sabemos cómo ayudar a otro ser humano? ¿No significa eso asumir un tipo de separación?”. Y me dijeron: “Eso es una pregunta filosófica, y este es un programa de terapia”. Conoce tu lugar, terapeuta en prácticas.

Como terapeutas, como sanadores, somos los que se supone que saben cómo ayudar a la gente, cómo mejorar su salud mental, su bienestar, su calidad de vida. Pero, ¿qué significa realmente ayudar a alguien? ¿Estamos tratando de ayudar a los clientes a tener una mejor experiencia? ¿Queremos que sean más felices? ¿Para ser más como “nosotros”? ¿Estamos tratando de quitarles su dolor? ¿O estamos simplemente tratando de quitarnos nuestro propio dolor? Quizá al intentar curar a otros, ¿estamos tratando de curarnos a nosotros mismos? O más importante aún, ¿es la terapia, en el verdadero sentido de la palabra, posible? Me imagino que estas son las preguntas con las que todo terapeuta honesto se tropieza al final. Y no hay respuestas fáciles.

La palabra terapia tiene sus raíces en la palabra therapeia, palabra griega que significa curación, y curación simplemente significa hacer todo. Terapia = curación = desplegarse hacia el todo. Pero ¿qué es este “todo” al que la terapia dice poder llevarnos? ¿Dónde está? ¿Es algo que se encuentra en el futuro? ¿Puede una persona realmente llevar a otra persona hacia el todo? ¿O, en realidad, la totalidad ya se encuentra presente, aquí y ahora, en medio de cada experiencia del momento presente, como las enseñanzas no dualistas sugieren? Una vez más, yo diría que todos los terapeutas honestos al final debemos enfrentarnos a estas preguntas —preguntas que en realidad amenazan con socavar nuestra propia identidad como terapeutas—.

Me gustaría proponer que la verdadera terapia, terapia en el verdadero sentido de la palabra, no tiene nada que ver con arreglar un yo escindido. Cualquier terapia que trate de arreglar un yo dividido simplemente perpetuará la ilusión en el origen de todo nuestro sufrimiento. La verdadera terapia no tiene nada que ver con ayudar a una persona del modo en el que solemos usar esta palabra. No tiene nada ver con arreglar un “yo” roto y convertirlo en uno más feliz, productivo, “normal” o mejor adaptado. No tiene nada que ver con alcanzar la totalidad en el futuro, con convertir la totalidad en un objetivo futuro.

La verdadera terapia es más bien un redescubrimiento: que este “yo” roto, incompleto y dividido no es quien realmente eres, y que en realidad, no eres un “yo” en absoluto, sino un amplio espacio abierto de conciencia en el que todos los pensamientos, sensaciones, sentimientos, sonidos, olores, surgen y pasan. No eres una persona separada contemplando el mundo, sino el amplio espacio abierto en el que el mundo aparece y desaparece, un espacio abierto que es, en última instancia, inseparable de ese mundo. En la verdadera terapia, por tanto, no se trata de trabajar hacia un todo futuro, sino de redescubrir ese todo en medio de cada experiencia presente. Trata sobre el lugar donde nos encontramos realmente —aquí y ahora—, un lugar donde el terapeuta y el cliente son radicalmente iguales, un lugar que podríamos llamar amor.

La metáfora de la ola y el océano es muy útil aquí. La experiencia de ser un individuo separado, una persona en el mundo, es la experiencia de ser un buscador —una ola separada en el océano—. Cada individuo es una persona que busca —tanto el terapeuta como el cliente por igual—. Y esta ola, experimentándose a sí misma como algo separado del océano, busca el océano. La experiencia fundamental de ser un buscador es la experiencia de la carencia, de lo incompleto, de la nostalgia, de sentirte siempre en busca de algo que no consigues encontrar, algo que no puedes nombrar. La ola se pasa la vida, en un millón de maneras diferentes, en busca de esa totalidad innombrable. “Estoy incompleta, pero algún día estaré completa”, se dice a sí misma. “Un día voy a encontrar lo que estoy buscando —el amor, el éxito, la grandeza, la iluminación, la curación— y entonces estaré completa”.

Por supuesto, en la realidad no hay separación del océano. La ola ya es el océano, el océano aparece como una ola, por lo que la totalidad ya está presente. La plenitud que buscamos en realidad ya está aquí, en la experiencia de este momento actual, y como no vemos esta plenitud la buscamos en el futuro. Todo el sufrimiento comienza aquí, en el rechazo, en algún nivel, de este momento presente. Toda la búsqueda se basa en una pasmosa ilusión de tiempo.

Darse cuenta de esto transforma nuestra relación con aquel que llamamos “cliente”. Visto desde esta perspectiva, ningún cliente está realmente roto, dañado o perdido —son siempre ya todo, incluso en su experiencia de estar rotos, incompletos, escindidos, incluso en su dolor, su miedo, su angustia, su devastación—. El objetivo de la verdadera terapia, entonces, no es arreglar al cliente, no es desplazarlo de sus experiencias “negativas” a “positivas”, no es convertir su dolor en placer, su depresión en alegría, no es guiarles a lo que creen que buscan, no es “hacer terapia” con ellos, sino exponerles, sin compromiso, los supuestos fundamentales que subyacen a su experiencia de separación, su experiencia de ruptura, su carácter incompleto, su búsqueda. La verdadera terapia no se suma a la ilusión de la separación —la rompe, te despierta—. No elimina el dolor, señala la totalidad en el dolor. No se deshace del miedo, ilumina el todo en el miedo. De este modo, el sentido de la terapia es el sentido de toda auténtica espiritualidad: despertarte del sueño de la separación, el sueño de que eres una persona escindida en un viaje hacia una plenitud futura. La verdadera terapia despierta al cliente de su sueño de ser un “cliente”, y despierta al terapeuta del sueño de ser un “terapeuta”. Y que quede claro, el terapeuta necesita despertar tanto como el cliente. Cuando se trata de despertar, ninguna cualificación, certificado, licenciatura, o cualquier número de letras después de tu nombre, te puede ayudar.

La totalidad, vista de este modo, no es algo que “sucede” un día, no es algo hacia lo que “trabajar”, solos o en conjunto; no es una meta lejana, es algo que ya está presente. La vida misma —lo que realmente eres, más allá de tu imagen de ti mismo— ya está completa, ya está sanada en el verdadero sentido de la palabra. Por ello en la verdadera terapia, no pretendemos curar a una persona escindida —porque no hay tal cosa—, simplemente volvemos a contactar con lo que ya está curado. La terapia es una paradoja hermosa cuando se ve desde esta perspectiva.

Entonces, ¿qué significa esto en la práctica? Esto significa que la posición del cliente de “Estoy roto, por favor arreglarme”, se convierte en “Estoy abierto al descubrimiento de la totalidad dentro de mi experiencia actual de fractura”. Y la posición del terapeuta de “Estás roto, voy a arreglarte” se convierte en “Veo que no hay nadie que esté fundamentalmente roto, pero me doy cuenta de tu experiencia presente de fractura. Me doy cuenta de tu dolor, tu miedo, tu tristeza, tu lucha, tu sufrimiento, pero no asumo ni por un momento que hay alguien ahí separado de mí que necesita ser arreglado de ninguna manera. Honro tu sueño, y lo veo como un sueño. Por supuesto, estoy abierto a explorar tu experiencia contigo, y estoy abierto a redescubrir eso que ya está completo, dentro de esa experiencia. Veo claramente que el todo ya está allí, en todos los aspectos de tu experiencia con los que te encuentras en guerra ahora, y todo de lo que huyes, en cada pensamiento, sensación o sentimiento que te parecen inaceptables ahora. Así que arrojemos luz sobre las varias formas de búsqueda en tu experiencia, expongámonos a los aspectos sutiles y no tan sutiles con los que te encuentras en guerra en este momento, y en esa luz, en esa exposición, descubramos juntos la curación eterna que tú eres, que yo soy”.

“Yo no estoy aquí para curarte. En ese sentido, no soy un ‘terapeuta’ en absoluto, eso es sólo un papel que estoy jugando en este momento. Mantengo ese rol muy, muy ligeramente. La verdad es que estoy aquí para ir a la aventura contigo. Una aventura conmigo mismo, porque todo es la misma mente, todo es el mismo buscador, al final. Somos exploradores de la experiencia, ya curados, una luz que brilla buscando curación, dándose cuenta de que esta búsqueda no es necesaria. No la negamos, pero tampoco la alimentamos. No negamos el sueño, pero tampoco estamos aquí para satisfacerlo. Simplemente nos juntamos para ver a través de la ‘ilusión’”.

El terapeuta reconoce que, en última instancia, él o ella no es un “terapeuta” en absoluto. Como el espacio abierto, la amplitud en la que todos los pensamientos, sensaciones, sentimientos y sonidos vienen y van, no hay una identidad fija, y ningún rol te puede definir. Un “terapeuta” no puede curar a un “cliente”, ya que ambos, “terapeuta” y “cliente” son simplemente roles temporales que se interpretan en esta conciencia abierta —y estos roles no son lo que realmente somos—. Por eso mantenemos estos roles muy, muy ligeramente.

“Yo” no “te” puedo curar, porque la curación es el espacio en el que la división dualista del “yo” y el “tú” surge en primer lugar. Y así, ya no hay ninguna presión sobre el terapeuta para “curar al cliente”. Recuerdo que durante mi formación en terapia, mis compañeros se agotaban con la creencia de que eran personalmente responsables de la curación de sus clientes. Y, ¡oh!, ¡el pánico que se producía cuando los clientes no aparecían! Cuando se te identifica como “terapeuta”, que tu cliente no aparezca pone en peligro tu identidad. Pero visto desde esta nueva perspectiva, la carga de la curación ya no descansa sobre los hombros de nadie, y el cliente ya no representa una amenaza para la identidad del terapeuta. En otras palabras, el terapeuta sabe que la curación ya está presente, incluso antes de que el cliente comience a hablar. La sesión de terapia se convierte simplemente en una danza dentro de la totalidad. No se trata de arreglar al cliente, ni de demostrar tu valía como terapeuta, sino que se trata de bailar con el otro mientras el eterno momento de la curación brilla. Bailamos, juntos, en la totalidad.

El cliente puede ir a terapia a sanarse y en la terapia, él o ella pueden llegar a darse cuenta de que la curación no es necesaria —porque lo que realmente son ya está curado (totalmente), y siempre lo ha estado—. Incluso a través de todas las experiencias traumáticas de la vida, ya había algo que era todo, y que nunca fue dañado o traumatizado por esas experiencias. Las experiencias pueden ser traumáticas, pero nadie, en última instancia, se traumatiza. Lo que eres no puede ser dañado, no puede ser roto, no puede ser destruido, no puede morir. La vida ya está curada, y en algún nivel, incluso los clientes más “heridos” lo saben. Y así, en terapia, no se habla al “yo herido” —hablamos a eso que ya sabe que no está herido. Hablamos con la que ya está curado—.

Cualquier terapia que no reconoce la naturaleza ya sanada de la vida simplemente alimentará la búsqueda, mantendrá al cliente dependiente del terapeuta —y viceversa—, mantendrá tanto al cliente como al terapeuta atrapado en el sueño de la separación, y hará de la verdadera curación una meta lejana. Cualquier terapeuta que no reconoce que un “terapeuta” —en el sentido de “uno que puede curar a otro”— no es lo que él o ella realmente es, simplemente mantendrá al cliente atrapado en su sueño de “cliente” —como en el de, “uno que está a la espera de curarse, que está roto”—.

Pero el terapeuta que reconoce que no es realmente un “terapeuta” en absoluto, que no es más que el espacio abierto en el que “terapeuta” surge, que los terapeutas, como espacio abierto, son iguales al espacio abierto en el que el “cliente” surge, que ellos, como espacio abierto, ya están curados, al igual que su “cliente” ya está curado: este terapeuta ya no se esconde detrás de su papel como terapeuta. Ya no están usando su identidad profesional para defenderse de una relación verdadera, auténtica e íntima. Ellos ya no tienen miedo a enfrentarse incluso al “yo” más “dañado”, porque ya no lo ven como “otro”. Y por tanto son libres de zambullirse, de cabeza, sin miedo, en el dolor del paciente, que es su propio dolor. Nos encontramos en nuestra rotura mutua, y a eso lo llamamos amor.

“Terapeuta” y “cliente” se desprenden, para revelar una intimidad total. Esto, diría yo, es de lo que trata realmente la terapia —ir más allá de los roles, los juegos, las creencias y las ideologías que aparentemente nos separan, y encontrarse, encontrarse verdaderamente, en la intimidad, en la desnudez—. El terapeuta se despoja de sus ropas de “terapeuta», metafóricamente hablando, y se desnuda frente a su cliente. No fingen “saber” cómo ayudar al cliente, ya que en esta desnudez, son tan vulnerables, tan indefensos, tan abiertos a la vida como su cliente. Se reúnen con el cliente en este no-saber. Bajo todos los roles, los juegos, las normas sociales, el juego imaginario de “terapeuta” y “cliente”, este no-saber brilla, siempre. Es donde todo empieza y donde todo termina.

Un terapeuta verdadero admite que no sabe, y se encuentra ahí con su cliente. No saben, y su cliente no sabe, y ahí, justo ahí, está la intimidad. Y desde ese lugar de intimidad, empiezan a explorar. La exploración es entonces una danza en la intimidad. No es el intento de llegar a la intimidad, en el tiempo, a través de la exploración —pues la verdadera exploración sucede en la intimidad—. Así no es una exploración que viene de la búsqueda. Viene de la fascinación. En la fascinación, exploramos la naturaleza de buscar juntos. En la fascinación, arrojamos luz sobre el trabajo de la mente (pensamiento). Nos fijamos en las formas en que tú (yo) nos escapamos de ciertas experiencias. Cómo nos escapamos de sentir ciertos sentimientos. Cómo nos hemos terminado perdiendo en los deberías y no deberías. Cómo hemos estado buscando el amor cuando el amor ya estaba aquí. Cómo hemos estado buscando la intimidad cuando la intimidad ya está aquí. Cómo nos hemos aferrado a una imagen falsa de nosotros mismos, cuando en realidad somos simplemente el espacio en el que todas esas imágenes aparecen. Todo, literalmente todo —el mundo en su totalidad— puede aparecer en esta intimidad, y la terapia es el espacio en el que podemos arrojar luz sobre todo ello. Literalmente todo ello. El mundo sale a recibirnos en la terapia, y nada se oculta. Todo está permitido en este espacio. Todo tiene luz aquí. Todo está iluminado.

El espacio de la terapia es el espacio en el que estamos. Así que, al final, la terapia no es algo que sucede en una habitación, a veces, entre dos o más personas. No es algo que sucede cuando un terapeuta y un cliente se juntan y empiezan a hablar sobre los problemas de la vida. La terapia no es algo que hacemos —es lo que ya somos—. Y esto está siempre disponible para ser descubierto. Aparentemente dos personas están haciendo este descubrimiento juntos, cuando al final, es la misma idea de “dos personas” que se derrumba en este descubrimiento. En esta intimidad, ¿quién cura a quién? ¿El terapeuta sana al cliente? Bueno, podría ser igual de cierto que decir que el cliente sana el terapeuta. El cliente destruye al terapeuta, con fascinación, en el amor. Es la humildad total en presencia de otro ser humano. Es ver —ver realmente quién y qué está enfrente de ti—. Y ser visto como consecuencia. Estar expuesto. Ser, al descubierto.

Una vez estaba hablando con una mujer que estaba a punto de dejar a su marido y mudarse a un apartamento por su cuenta. Nunca antes había vivido sola y estaba aterrada. Había ido a terapeuta tras terapeuta, todos los cuales habían intentado, de una forma u otra, para ayudarla, para sanarla, hacerle las cosas más fáciles, cambiarla de alguna manera. Nada había funcionado, y sus temores habían crecido hasta el punto que su vida se había convirtiendo en imposible de vivir. Me contaba una historia tras otra sobre sus miedos, sus preocupaciones, sus ansiedades sobre el futuro. No había dormido en tres meses, dijo. No comía. Se estaba volviendo dependiente a las pastillas. Repetía una y otra vez “No sé qué va a ser de mí. No sé ”, mientras se balanceaba hacia atrás y hacia adelante en su silla. Me senté allí, escuchándola, interesado. No tenía respuestas. Yo tampoco sabía lo que le iba a pasar. Estoy tan desamparado como ella frente a la vida. No podía prometerle que todo iba a ir bien. No podía prometerle nada de hecho. Toda mi formación como terapeuta no significaba nada enfrente de este no-saber. Ninguna técnica, ninguna teoría, ningún conjunto de directrices puede durar en el fuego de esta ignorancia. Como espacio abierto, vivo en el no-saber, al igual que ella. No sé qué va a pasar. Ser un “terapeuta” no me da ninguna visión especial sobre los misterios del tiempo.

La miré a los ojos y me limité a decir, con toda honestidad: “Yo tampoco lo sé. Realmente no lo sé”. Ella se quedó en silencio, se dejó caer en su silla, y nos sentamos en silencio durante el resto de la sesión. No se presentó la semana siguiente a su sesión ni a las tres siguientes. Mi supervisor estaba preocupado, y trató de analizarlo todo, pero yo simplemente confié en la experiencia. Un mes más tarde, mi cliente volvió. Ella parecía diferente. De algún modo más viva, más en su cuerpo, más en la tierra, más descansada. Ella me dijo lo útil que nuestra sesión anterior había sido, cómo algo en ella se había relajado profundamente desde entonces, cómo se había dado cuenta de que no saber estaba bien, y que no necesitaba ninguna respuesta, ningún apoyo, ningún terapeuta. Simplemente tenía que zambullirse de cabeza en la vida, sin muletas, y experimentarlo todo. Era algo que nunca había considerado antes —que todo estaba bien como estaba—. Por una vez en su vida había experimentado estar en presencia de alguien que no había intentado arreglarla. Le pareció ser suficiente —por el momento—.

Yo sabía que no había hecho nada. Simplemente la había encontrado en la verdad. Yo no sabía. Ella no sabía. No había fingido saber. ¡Ni siquiera había fingido ser un terapeuta! Y sin embargo, allí nos encontramos, desnudos, más allá de nuestros roles, a pesar de nuestros roles. Desnudos, enfrente de la vida. Allí, en el no-saber. Solos, juntos. Todo. Sanados.

En la terapia de verdad, el terapeuta no cura el cliente. Eso no es posible. Tal vez sería más exacto decir que, en una verdadera terapia, el cliente sana al terapeuta. El terapeuta se despoja de sus roles falsos, sus juegos, sus defensas, su actitud de “yo sé”, y aprende a permanecer desnudo frente a otro ser humano. El terapeuta muere, y allí, la verdadera terapia puede comenzar.

Deje que tu cliente te sane. No te van a enseñar esto en tu programa de psicoterapia. Algunos dirán que estás loco. Algunos pueden decir que eres irremediablemente ingenuo. Algunos pueden simplemente decir que eres un mal terapeuta. Pero cuando descubres quién eres en realidad, todo tiene un sentido perfecto.

~ Jeff Foster

Gracias a la traducción de Teresa Candal Devesa

Tomado de la página de Facebook de Jeff Foster en español.

jeff-Foster

Jeff Foster estudió astrofísica en la Universidad de Cambridge. Cuanto tenía veintitantos años, luego de un largo periodo de depresión y enfermedad, se volvió adicto a la idea de “iluminación espiritual” y se embarcó en una travesía espiritual intensa en busca de la verdad última de la existencia.

Su búsqueda espiritual se derrumbó con el claro reconocimiento de la naturaleza no dual de todo, y con el descubrimiento de lo extraordinario en lo ordinario. En la claridad de esta visión, la vida se volvió lo que siempre fue: íntima, abierta, amorosa y espontánea, y Jeff quedó con un entendimiento profundo de la ilusión que subyace al todo el sufrimiento humano, y con un amor por el momento presente.

Actualmente Jeff realiza reuniones, retiros y sesiones privadas uno a uno alrededor del mundo, en las que, de manera gentil guía a la gente de vuelta a la aceptación profunda inherente al momento presente.

Para más información, puedes consultar su página web.

Cultivando nuestro jardín interior

Todos estamos unidos, no estamos solos: estamos interconectados con todo lo que habita el planeta, con todos los reinos de la naturaleza. No hay separación, Somos Uno. De ahí mi responsabilidad y mi contribución en la sanación del sufrimiento del mundo.

Tus pensamientos generan sensaciones y emociones. Cada pensamiento tiene un efecto en todo tu ser y en el planeta entero. No estoy hablando de pensamientos positivos o pensamientos negativos, simplemente de los más de setenta mil pensamientos que a diario pasan por nuestra mente. ¿De cuántos de tus pensamientos eres consciente en el día? Quizás de veinte, treinta… cien, o muchísimos menos.

La buena noticia es que solo con tener la intención de observar tus pensamientos y hacerlo estás dando un paso hacia tu ser consciente. Cuando te haces consciente de ti mismo, de lo que ocurre en ti, del momento presente, del aquí y el ahora, la vida empieza a desplegarse de manera maravillosa. Entonces comienzas a experimentar un nuevo modo de vivir que te paseará por sendas de paz, armonía y tranquilidad que estaban esperando a ser despertadas para acompañarte en tu día a día.

Experimentar paz, armonía y felicidad no es un asunto exclusivo de monjes, meditadores, sacerdotes y gurús, es un derecho divino que pertenece a todos los seres humanos por naturaleza.

Mereces ser feliz, mereces todo lo bueno, hermoso y santo de la vida. Lo creas o no, así es; empieza por creerlo, créelo. Tenemos condiciones suficientes para ser felices; tu presencia es felicidad para el mundo. No necesitas hacer grandes esfuerzos para lograrlo, solo precisas de tu intención, voluntad y coraje para experimentarlo. Empieza ahora mismo, no cuando hayas terminado de leer esta publicación, no cuando te vayas a la cama o mañana al despertarte, no en el mínimo espacio que te deja tu trabajo y múltiples responsabilidades diarias, no cuando estés en silencio; no te postergues más. Todo momento es propicio para empezar a experimentar tu ser interno, tu ser de paz, amor y bendición constante. En cualquier instante puedes entrar en comunión contigo, tu maestro interno está esperando siempre por ti.

Empieza ahora, inhala, exhala, observa como el aire entra en tu cuerpo y lo ensancha, observa como sale y te vacía. Haz una serie de cinco repeticiones para empezar y día tras día ve aumentado el tiempo, hasta convertirlo en un hábito, un nuevo hábito que te reportará grandes y maravillosos beneficios.

Cuando la presión del día a día te agobie, es ideal detenerte y respirar conscientemente: esto te ayuda a liberar la tensión acumulada, te aporta calma y claridad mental. Cuando respiramos conscientemente, no podemos pensar a la vez, lo que significa que al respirar el flujo de pensamientos se detiene y nuestra mente se oxigena. ¿Acaso no es esto sencillo? Y lo mejor: es beneficioso.

Tu jardín interior no puede florecer si está lleno de pensamientos negativos, tóxicos. Así como un jardín luce descuidado cuando no le prestamos atención, cuando nos olvidamos de entresacar la maleza, podar y regar las plantas, igual ocurre con nuestra vida: si no dedicamos tiempo a cultivar nuestro ser interior, este se va llenado de basura emocional, de odio, rabia, miedo y resentimiento, basura que se refleja en relaciones personales y laborales tóxicas que en nada contribuyen a la brillantez de nuestro ser.

Tenemos el poder de transformar nuestro jardín interior, abonándolo con amor, compasión y bondad. Cultiva pensamientos y sentimientos amorosos contigo mismo y con todo el mundo. Cuando piensas bonito y sientes bonito, impregnas tu vida de belleza y riegas semillas de paz, felicidad y gozo, lo cual lleva a que en tu conciencia florezcan hermosas flores.

La naturaleza nos ofrece múltiples posibilidades de encuentro con nosotros mismos; por ejemplo: mediante la observación consciente de una planta, de una flor, de un bosque. Al caminar conscientemente por la naturaleza recordamos que la paz está disponible siempre, que la vida se sostiene a sí misma, momento a momento. Plantéate la posibilidad de salir a caminar conscientemente, haz el propósito de entrar en comunión con los árboles, con el ruido que generan los animales y pájaros que allí habitan; escucha atentamente el sonido del agua, siente la temperatura del ambiente, hazte uno con la madre naturaleza, observa el movimiento de tus pies, de tus brazos, de todas las partes de tu cuerpo que intervienen al dar un paso, y, al mismo tiempo, observa tu respiración. Parece difícil integrar tantos elementos a la vez, sin embargo, es mucho más sencillo de lo que parece; inténtalo, seguro, querrás hacerlo una y otra vez. Te sugiero olvidarte del celular, de la música, de tomarte una selfie, de fotografiar el paisaje. Regálate un tiempo contigo, entra en comunión con tu ser interior, escucha la voz de tu alma. Caminar conscientemente puede serte útil para empezar a cultivar tu ser interior, inténtalo.

Si deseas ver paz, felicidad y armonía en el mundo, el camino más fácil para lograrlo es experimentarlas en ti mismo. Ofrécete el regalo de descubrir y cultivar tu jardín interior mediante la observación de tus pensamientos, siendo consciente del momento presente, del aquí y el ahora. Medita, entra en acción, toma el control de tu vida y llénate de amor, compasión y gratitud por tu vida. No estás solo, somos Uno. Vamos Juntos.

Por: Aura Reuto

a97133aa-fd6d-429f-a9c2-99849eca9d5b

Me llamo Aura Reuto. Nací en Casanare en 1977, actualmente vivo en Villavicencio (Meta, Colombia). Llevo más de una década  explorando en mi ser interior, con el firme propósito de amarme, aceptarme y disfrutar la vida exactamente como es. Amarme significa aceptar mi historia personal, superar el sufrimiento a la luz del amor y del perdón y comprender que todo ha obrado para bien.

Trabajé en el sector privado por más de 10 años. Hoy estoy  al servicio de la vida en sus múltiples manifestaciones. Me siento en capacidad de acompañarte en procesos de sanación y liberación interior, mediante la escucha atenta y profunda.

Soy Experta en Mindfulness, Desarrollo Personal y Educación Consciente. Alimentación Consciente.  Facilitadora de Círculos de Mujeres y Espacios Sagrados. Moon Mother. Facilitadora de Terapia del Perdón.

Contacto: aurareuters@hotmail.com