La creatividad espera por ti

Tengo ganas de escribir un artículo hoy. No tengo ideas, pero me paro de la cama, me aproximo al computador con entusiasmo y pongo la música que me gusta para trabajar. Entonces las ideas surgen.

Esa es una actitud muy diferente a pensar simplemente que quiero escribirlo y quedarme acostado o haciendo otra cosa mientras la inspiración llega.

Neale Donald Walsh dice que la creatividad no es algo por lo que esperamos, es algo que espera por nosotros. En mi experiencia, tiene razón.

Así que, si quieres crear, no te quedes esperando a que las ideas vengan a tocar a tu puerta. Sal a buscarlas, invítalas, alístate para su llegada. Afila los lápices, prepara los intrumentos, dispón tu mente, limpia tu espacio interno y externo.

Cuando tu frecuencia esté en sintonía con lo que quieres crear, las ideas llegarán… o, más bien, las podrás ver, pues ya están esperando por ti; esperan a que estés listo para percibirlas y abrazarlas.

©Leonid – stock.adobe.com

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El hábito de la excelencia

Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito.

Aristóteles

La excelencia no se refiere al resultado final, sino al proceso. No se trata de trasnochar para compensar el tiempo que hemos perdido procrastrinando y poder entregar así un producto bien hecho; se trata de dar lo mejor de nosotros en cada momento.

Y esto puede aplicarse a cualquier aspecto de nuestras vidas. De hecho, puede aplicarse a nuestra vida como tal.

Cuando se trata de un camino espiritual, al menos como yo lo concibo, no hay partes de la vida que sean más importantes que otras. Por tanto, adoptar una actitud de excelencia con respecto a nuestra vida espiritual implica ser excelentes en todo.

Ser excelentes en nuestro trabajo interior, en el cultivo de la presencia y de la conexión con nuestro corazón, implica ser excelentes en cada instante.

Podemos adoptar una actitud de excelencia, por ejemplo, mientras desayunamos, mientras masticamos y saboreamos la comida. Al bañarnos, al bajar las escaleras. Al manejar un vehículo. Al esperar a que cambie el semáforo o a que el atasco en el tráfico termine o a que llegue el bus o el tren que estamos esperando. ¿Cómo nos relacionamos con el momento presente en esas situaciones? ¿Cómo asumimos nuestras emociones?

¿Cómo afrontamos las emociones que surgen cuando alguien nos rechaza o cuando tenemos un altercado con nuestro jefe o con un empleado? ¿Cómo nos vamos a dormir, cómo son nuestros hábitos de sueño?

Cada pequeño instante, cada pequeño gesto es una oportunidad para practicar la excelencia. Podemos dar lo mejor de nosotros ahora, en el paso que tenemos justo en frente. Y el hábito de la excelencia, al igual que todos los hábitos, se cimenta en la repetición, en la constancia, en volver a decidir una y otra vez, hasta que empezamos a decidir de forma automática hacer las cosas lo mejor posible. Entonces toda nuestra vida será una obra de arte. Cada momento, cada conversación, cada interacción, cada acto de consumo, cada paso, cada pequeño gesto.

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Obstáculos y ayudas

Hace poco estuve meditando cerca de una carretera. Cada rato pasaban automóviles y con su ruido interrumpían mi silencio.

Al principio, me sentí frustrado y molesto con la situación. Luego caí en cuenta de que podía usarla a mi favor. Decidí, pues, que cada vez que pasara un auto, tomaría su sonido como una invitación para anclarme más profundo en el silencio interno y la presencia. La calidad de la meditación cambió radicalmente. Al final, el sonido de los autos producía en mí una sensación de bienestar.

Recordé una enseñanza de Eckhart Tolle: cada vez que sufrimos, podemos tomar el sufrimiento como un recordatorio de que nos hemos perdido en nuestras mentes, como un recordatorio para volver a anclarnos en el momento presente.

Tenemos el poder de elegir el significado de lo que sucede. Podemos elegir verlo como un obstáculo o como una ayuda, como una motivación o como una razón para desanimarnos. Entrenar nuestra percepción y habituarnos a interpretar las cosas de otra manera es una práctica espiritual muy poderosa.

Así pues, lo que pasa es en realidad neutro. Tú decides, con la manera como lo interpretas, si es una ayuda o un obstáculo en tu camino de crecimiento personal. Y la verdad es que no puede suceder nada que no puedas usar para crecer.

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Tiempo para demoler y tiempo para edificar

Hace un par de meses dejé de escribir todos los días en este blog. Creo que fue una buena decisión. Es lo que mi corazón pedía en ese momento.

Sin embargo, últimamente me he dado cuenta de que muchos días dejo de escribir, no porque mi corazón así lo pida, sino porque me da pereza. Y dejar de escribir por pereza no me deja pleno. Cuando eso sucede, mi vibración baja. No es una elección elevada.

Creo que está bien parar. Está bien renunciar. Está bien mandar todo al carajo de vez en cuando. Pero esas deciciones sólo nos traerán plenitud si vienen del corazón. Si vienen del miedo, de la pereza o del simple rechazo ante la incomodidad, lo más probable es que esas decisiones nos lleven a dejar de crecer.

Así pues, seguir el corazón es una práctica de todos los días. El hecho de que tu corazón te invite a hacer algo un día no significa que eso es lo que quiere que hagas todos los días de ahí en adelante. Por eso hay que seguir escuchando.

Como dice un hermoso pasaje de la Biblia en el libro de Eclesiastés (1-7):
“Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa: Tiempo para nacer, y tiempo para morir; tiempo para plantar, y tiempo para arrancar lo plantado; tiempo para demoler y tiempo para edificar; tiempo para llorar y tiempo para reír; tiempo para gemir y tiempo para bailar; tiempo para lanzar piedras y tiempo para recogerlas; tiempo para los abrazos y tiempo para abstenerse de ellos; tiempo para buscar y tiempo para perder; tiempo para conservar y tiempo para tirar fuera; tiempo para rasgar y tiempo para coser; tiempo para callarse y tiempo para hablar”.

Así pues, no escribiré todos los días. Pero trataré de asegurarme de que cuando no escriba sea porque eso es lo que realmente quiero, lo que quiero desde mi ser más profundo.

Es difícil a veces distinguir cuándo realmente no queremos hacer algo y cuándo estamos evadiendo lo que queremos mediante racionalizaciones.

Es por eso que escuchar el corazón es un arte y requiere práctica y silencio interior.

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Imagen tomada de la cuenta de Instagram deFélix Alfaro.

Da lo que tienes

Me ha pasado que me encuentro con amigos o alumnos que no veo hace mucho tiempo y me dicen que me recuerdan por algo que dije o hice que para mí no tuvo ninguna importancia. A veces, el regalo o la enseñanza más grande que les di fue algo que ni siquiera registré en mi memoria. En cambio, aquello que creo que fue mi contribución más grande con frecuencia pasa desapercibido ante sus ojos.

A veces, lo más valioso fue una sonrisa, un momento de silencio, escuchar al alguien sin juzgar, contar una historia o un chiste en el que otra persona encontró consuelo o la respuesta que estaba buscando.

Realmente no sabemos qué tan valioso o importante es lo que hacemos. El ego tiene unos criterios estrictos para valorar las acciones. Usualmente considera lo grande y notorio como una muestra de valor. Por tanto, con frecuencia es incapaz de ver aquello que realmente toca las vidas de los demás.

A veces dejamos de dar porque creemos que lo que tenemos para dar no es valioso. Es más, a veces creemos que no tenemos nada para dar. Pero la verdad es que no sabemos la cantidad de regalos que repartimos ni la forma en que lo hacemos.

Puede que sin darnos cuenta sembremos semillas que darán sus frutos mucho después. Como en el presente no se ve nada, creemos que no hemos compartido algo valioso.

No dejes decompartir lo que sale de tu corazón sólo porque a los ojos de tu ego no es lo suficientemente valioso. No te corresponde a ti juzgar el valor de lo que das. No te refrenes cuando tu corazón tenga ganas de hacer algo por pensar que tal ves no eres lo suficientemente bueno en ello. Tal vez no tienes ni idea de qué es lo valioso o cómo algo que haces puede impactar a alguien más.

[Aprovecho para invitarte a ver mi último video de Youtube, en el que hablo de los retos que he tenido últimamente, uno de los cuales es, precisamente, creer que no tengo algo valioso para dar].

wallup.net

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El momento más importante

Nada que haya sucedido en el pasado puede impedirte estar presente en este momento.

Eckhart Tolle

En un partido de fútbol, si quedan 2 minutos para el final y un equipo va ganando 6-0, el tiempo restante es sólo un trámite. Los equipos siguen jugando por respeto, pero en realidad el partido ya acabó. Por eso es común que los hinchas abandonen el estadio antes del pitazo final.

En un partido de tenis, en cambio, no importa qué tantos puntos un jugador haya perdido hasta el momento, mientras el partido no haya acabado, aún tiene posibilidades de ganar.

En el tenis, cada pelota que se juega tiene valor por sí misma, sin importar qué haya pasado antes. En cada punto del juego, los jugadores tienen la posibilidad de reinventarse y comenzar de nuevo. Es por esto que en el tenis la fortaleza mental es tan importante. No importa qué tan bien o mal hayas jugado hasta el momento. La pelota que está en juego será siempre la más importante. Si te descuidas y te desconcentras, todos los puntos pasados pueden quedar en el olvido. Si te concentras y comienzas a jugar mejor ahora, puedes ganar sin importar qué tantos puntos hayas perdido.

Por supuesto, el pasado afecta a los jugadores de un partido de tenis, pero sólo en la medida en que ellos lo permiten. Un jugador que tenga la capacidad de olvidarse de sus triunfos y sus errores y concentrarse sólo en el punto actual tendrá una gran ventaja.

Cuando le preguntaron a Rafael Nadal, el jugador que más trofeos ha ganado en el Abierto de Francia, cuál era su principal fortaleza, respondió sin vacilar: “Mi mente”. No importa qué tan bien o mal esté jugando su oponente, o qué tan bien o mal él mismo haya estado jugando, Nadal juega cada punto como si fuera el más importante.

Hay algo que podemos aprender de la actitud de Nadal. Para él, todos los puntos son el punto más importante. Hay una gran humildad y un gran respeto por sus rivales. Siempre juega cada punto como si tuviera en frente al mejor del mundo y, por tanto, no pudiera ceder la más mínima ventaja.

Así mismo, en nuestra práctica espiritual, avanzamos muy rápido cuando reconocemos que todos los momentos son el más importante. No importa qué tanta paz o qué tanto sufrimiento hayas tenido durante la última hora. En cada momento, en este momento, eliges cómo será tu estado interno al momento siguiente. El pasado sólo tendrá poder sobre este momento si se lo permites, si así lo decides.

Una historia para terminar:

Un monje zen pasaba por un mercado cuando oyó que un comprador le preguntaba a un carnicero: “¿Cuál es el mejor pedazo de carne?”. El carnicero respondió: “Todos los pedazos son el mejor pedazo”. Al oír esto, el monje se iluminó.

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¿Necesito eso para ser feliz?

Esta es una pregunta muy poderosa. Al comenzar a hacérmela con frecuencia, me he vuelto mucho más feliz.

¡Hay tantas cosas que creemos que necesitamos para ser felices! Pero en la gran mayoría de los casos son solo ilusiones.

Podemos desear cosas o situaciones o experiencias bellas que nos pueden proporcionar placer o experiencias gratificantes, pero eso no implica que las necesitemos para ser felices.

Pongo algunos ejemplos de lo que he aprendido últimamente sobre mí al plantearme esta pregunta:

No necesito que los demás valoren lo que hago para ser feliz.

No necesito que los demás se sientan por mí de una manera específica para ser feliz. Puedo ser feliz aun si esa persona que me gusta no me corresponde o si aquella otra persona piensa que soy un tarado.

No necesito que mi cuerpo esté sano para ser feliz.

No necesito que mi cuerpo luzca de una manera determinada para ser feliz.

No necesito que mis seres queridos permanezcan a mi lado para ser feliz. Puedo permitirles abandonarme en paz o incluso morir en paz.

No necesito saber lo que pasará en el futuro para ser feliz. Puedo estar perfectamente en paz en medio de la incertidumbre.

No necesito ser capaz de lograr lo que me propongo para ser feliz. Puedo fallar y ser feliz, fracasar y ser feliz. Puedo ser feliz aun sabiendo que hay muchas cosas que no soy capaz de hacer.

No necesito saber cómo resolver mis problemas para ser feliz. No necesito conocer las respuestas. No necesito saber qué palabras debo proferir ni qué acciones debo emprender. Puedo estar en paz sin saber.

No necesito distraerme para ser feliz. Puedo ser feliz en medio de la rutina, en medio de los paisajes conocidos. No necesito emociones fuertes ni sorpresas para ser feliz.

No necesito que mis emociones desaparezcan para ser feliz (o al menos para estar en profunda paz). Puedo estar en paz en medio de la tristeza y la angustia.

No necesito tener la razón para ser feliz.

No necesito ser mejor que los demás para ser feliz. No necesito ser más inteligente, ni más exitoso, ni más espiritual para ser feliz.

No necesito que mis posesiones materiales permanezcan para ser feliz. Puedo ser feliz si las pierdo o si se dañan o si me las roban.

No necesito que los demás actúem como creo que deberían hacerlo. Puedo ser feliz incluso si no siguen mis consejos. Puedo ser feliz si toman decisiones o caminos que no entiendo o con los que no estoy de acuerdo.

No necesito contarme una historia sobre mí mismo y sobre mi vida para ser feliz. En otras palabra, no necesito pensar en mi pasado o mi futuro para ser feliz.

No necesito estar en control de la situación para ser feliz.

Te invito a que comiences a hacerte esa pregunta y te vayas abriendo a nuevas posibilidades. Quién sabe, tal vez no necesitas eso que crees que te falta para ser feliz. Tal vez puedes ser feliz ya, exactamente como eres en este momento.

Ante cualquier pensamiento de angustia que surja en tu mente, pregúntate: ¿realmente necesito que las cosas sean diferentes para ser feliz? Solo pregunta. Con honestidad. A veces la respuesta será “sí” y a veces será “no”, pero verás que muchas ideas viejas empiezan a caerse cuando cuestionas aquello que hasta ahora simplemente has estado dando por hecho.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @k3lvinch

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Autosabotaje

Llevas cinco años preparándote para ese gran trabajo. El día se acerca. Has pasado por muchos retos, has crecido, te has superado. Estás listo. Te da un poco de miedo, pero estás listo.

Como estás un poco ansioso, el día anterior a la entrevista te vas a tomar unas copas. De repente no quieres parar y te embriagas hasta el fondo. Al otro día no te levantas. Pierdes la oportunidad. Tienes ahora algo más para añadir a la lista de cosas odias y resientes de ti.

De alguna u otra forma, creo que todos hemos tenido momentos de autosabotaje. ¿De dónde viene esta tendencia a hacernos zancadilla pocos metros antes de la meta?

Merecer

Una parte tiene que ver con la creencia de que no merecemos. En el fondo, muchos de nosotros creemos que no merecemos el amor, la abundancia, la felicidad y la plenitud que la vida puede darnos. Esta creencia, a su vez, se fundamenta en la idea de que hay algo malo con nosotros, una mancha oculta y profunda que nos hace indignos de todas las cosas buenas.

En consecuencia, una de las claves para dejar de sabotearnos es reconocer que no hay nada malo con nosotros y que por tanto merecemos ser felices.

La comodidad de estar en ruinas

Otro elemento que influye al momento de sabotearnos, al menos en mi experiencia, es la tendencia a mantenernos a toda costa en la zona de confort.

En la novela Héroes, el escritor Ray Lóriga describe de manera hermosa ese estado:

“Estar bien es una especie de carga, estar bien significa estar dispuesto y ese estado te lleva inevitablemente a algún tipo de enfrentamiento. Es como extender dos brazos fuertes y sanos cuando a tu alrededor se están construyendo pirámides; es raro que no te caiga alguna piedra. Estar mal, en cambio, es estar tranquilo, tan tranquilo como una fortaleza quemada en la mitad de una guerra. Alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

Leí esa novela cuando era un postadolescente y me cautivó porque me sentí plenamente identificado con el protagonista: un joven que no se atreve a salir de su habitación porque está muerto de miedo y porque allí está muy cómodo, “alejado de todos los retos, de todas las obligaciones”.

En ese entonces mi mayor miedo eran las mujeres. Y la forma como evadía ese reto era estando mal continuamente, pues el malestar me mantenía alejado de cualquier “tipo de enfrentamiento”. Cuando comenzaba a tener demasiados días buenos seguidos y empezaba a brillar con demasiada fuerza, rápidamente recurría a algún hábito autodestructivo para hundirme de nuevo en la oscuridad, no fuera a ser que alguna mujer se acercara a mí a causa de mi luz y me obligara a atravezar mis miedos; no fuera a ser que me cayera alguna piedra encima.

Ahora mis miedos han cambiado, pero cada tanto me veo recurriendo de nuevo al autosabotaje para evitar los retos que inevitablemente llegarán si crezco, maduro y le permito a la vida traerme aquello que se encuentra en el siguiente nivel de mi viaje.

La ilusión del descanso en la muerte

A veces la vida misma se ve como el reto, como la carga pesada, como un camino lleno de espinas. Entonces pareciera que la manera más cómoda de proceder es dejando a un lado la vida. Y eso es lo que hace el jóven de la novela: se aisla por completo, cierra las puertas y las ventanas. Se deja llevar por la ilusión de que la muerte es sinónimo de paz.

Al respecto, me parece muy iluminador este pasaje de Un Curso de Milagros, uno de mis favoritos:

“Existe el riesgo de pensar que la muerte te puede brindar paz […]. Sin embargo, una cosa nunca puede ser igual a su opuesto. Y la muerte es lo opuesto de la paz, pues es lo opuesto de la vida. Y la vida es paz.” (Cap. 27, VII, 10).

Es hermoso. La verdadera paz es plenitud, la plenitud vibrante de la vida. Y esa plenitud se encuentra saliendo del cuarto, mirando a los miedos de frente, siendo honestos con nosotros mismos, abriendo los brazos y recibiendo con amor las piedras que puedan caer. La plenitud es crecer, evolucionar. Y por supuesto que a los ojos del ego esto es incómodo. Implica correr riesgos, asumir responsabilidades, abrirnos a la posibilidad de ser rechazados, de quedar mal frente a los demás, de cometer grandes errores.

Cuando te des cuenta de que te estás saboteando para mantenerte en la comodidad de una fortaleza quemada en la mitad de una guerra, sé consciente de que allí realmente no mora la paz que buscas. Esa paz se encuentra al otro lado de las puertas y los muros con los que has decidido protegerte de la vida. Si quieres paz, no te protejas de los riesgos de la vida. Abre los brazos y permite que venga completa, con sus desafíos y transformaciones. Allí encontrarás la verdadera paz, la paz viva, la paz que es tu verdadera naturaleza.

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El poder de hacer lo que amas

El único modo de hacer un gran trabajo es amar lo que haces.

Steve Jobs

Hace poco comencé a estudiar piano de nuevo. La verdad, no se me facilita, pues de pequeño no tomé clases. Sin embargo, hay una razón por la que sigo y sigo practicando hasta que lo que toco comienza a sonar bien: amo la música de Johann Sebastian Bach (1685-1750).

El consejo de Steve Jobs es muy sabio por una razón simple pero poderosa: cuando hacemos lo que amamos tenemos energía y ganas de seguir mejorando y de seguir intentando así no se vean resultados a corto plazo.

El placer y la felicidad que me proporciona tocar piezas de Bach es tan grande que, incluso si avanzo a paso de tortuga, cada pequeño logro, cada acorde, cada nuevos diez segundos que añado a una pieza que estoy tocando me proporcionan tal bienestar que sigo practicando asiduamente. No me propongo tocar el piano: me hace falta. Cada vez que paso cerca del piano tengo el impulso natural de sentarme y practicar un poco más.

Puede que la calidad mi interpretación sea muy baja si se la compara con la de músicos profesionales. Pero eso no me importa en lo más mínimo. Saber que hay gente que toca el piano mucho mejor que yo no me desanima, por el contrario, al oírlos tocar aumentan mis ganas de seguir practicando.

Y la razón por la que tengo esta actitud hacia el piano es muy simple: no me interesa lograr nada más allá del momento mismo. Toco porque cada segundo mientras lo hago es un gran placer para mí. En otras palabras: toco porque amo hacerlo y, por tanto, el acto se convierte en un fin en sí mismo, en su propia recompensa; no necesito una fantasía en el futuro para que tocar piano me proporcione satisfacción. No necesito una motivación para tocar música de Bach; es tocar lo que me motiva.

Puede que mi calidad como pianista sea comparativamente muy baja, pero es muchísimo más alta de lo que sería si no amara la música de Bach.

Además, el regalo que le doy al mundo cuando toco Bach es mi propia paz. Incluso si nadie me oye, tocar piano hace que mi vibración se eleve, mi ánimo por la vida se incremente y tenga más paz y alegría para compartir con quienes me rodean. Por tanto, hacer lo que amo es un regalo para el mundo aun si nadie ve lo que hago. Por ejemplo, fue por tocar que me dieron ganas de compartir estas palabras.

En la medida en la que puedas, dedícale tiempo a eso que amas profundamente. Nunca será una pérdida de tiempo y, gracias al efecto que tiene en ti, será un gran bendición para quienes te rodean.

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¿Quieres estar sano?

Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo.

Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?

Juan 5: 5-6.

Hace un tiempo vi un documental sobre un hombre que salió de la drogadicción. Fue grabado durante más de catorce años. Al comienzo, el hombre vivía en la calle en condiciones infrahumanas. Su vida era un infierno. Sin embargo, estaba cómodo. Cuando empezó a sanar, tuvo que enfrentarse al reto de reincorporarse a la sociedad: el siguiente nivel en su proceso evolutivo. Comenzó una familia y empezó a trabajar. Relacionarse con los demás y asumir responsabilidades fue un desafío inmenso. A pesar de todos los beneficios de estar sano, por momentos quería devolverse a su estado anterior.

A primera vista, podría parecer que la pregunta de Jesús es retórica y su respuesta es obvia. Es más, si se la toma literalmente, podría pensarse que es ridícula y superfua, pues ¿quién no querría estar sano? Sin embargo, es una pregunta muy poderosa.

Muchas veces nos apegamos a nuestras enfermedades y a nuestros problemas, pues nos permiten atraer la simpatía y la lástima de los demás y evitar responsabilidades.

Cuando estamos enfermos o somos incapaces y limitados, tenemos una excusa para no pasar al siguiente nivel. La atención gira entonces en torno a la dificultad inmediata y evidente, y queda oculto aquello que tememos en el fondo, aquellas situaciones y aspectos de nosotros que se harían evidentes si sanamos.

El hombre del documental me pareció muy valiente. Su familia no funcionó muy bien. Tampoco tuvo éxito en su trabajo. Pero pasó al siguiente nivel. Se atrevió a experimentar aquello de lo que huía mediante su adicción. Se atrevió a sanar.

Vale la pena preguntarte con respecto a esa limitación o esa enfermedad que quizás tienes: ¿en realidad quieres sanar? Si te ofendes con la pregunta, es posible que estés identificado con tu enfermedad y sientas que la pregunta “la ataca”, es decir, “ataca” la historia que tienes de ti mismo.

Sólo mira más profundo; examina si en algún nivel hay un lecho de comodidad que tu enfermedad te proporciona. ¿Qué retos te esperan cuando estés sano? Puede que ni siquiera seas consciente de lo que huyes, por lo que la pregunta puede llevarte a ver cosas de ti que no imaginabas tener adentro.

No es esto, por supuesto, una invitación a juzgarte por estar enfermo o tener problemas. Todos nos refugiamos en nuestras enfermedades y nuestros problemas. Es parte de nuestra inconsciencia. No sirve de nada flagelarnos por ello. Se trata simplemente de ser cada vez más conscientes de nosotros y de las estrategias que empleamos para evitar crecer y mantenernos cómodos.

Sólo pregúntate, con toda honestidad, si quieres sanar. Tal vez descubras cosas de ti que no imaginabas. Tal vez tu voluntad es más poderosa de lo que crees.

Tal vez la pregunta de Jesús era genuina. Tal vez la salud del hombre dependía de su respuesta. Tal vez Jesús sólo le estaba mostrando el poder que él ya tenía adentro suyo.

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