Ansiedad y autoagresión

Hace poco me di cuenta de que estaba mordiéndome los labios porque estaba ansioso. Y, cuando no estoy consciente, se genera un círculo vicioso: entre más me duelen los labios, más ansioso me siento, y entre más ansioso me siento, más me los muerdo. Llega el punto en el que tengo una herida evidente, lo que me causa aún más ansiedad.

Caer en cuenta de esta conducta demente ha sido muy iluminador.

La energía que subyace a este comportamiento se puede manifestar de muchas maneras diferentes: comernos las uñas, arrancarnos el pelo, comer hasta enfermar, entre otros. En casos extremos, algunas personas pueden llegar a dañar severamente su cuerpo. Y a veces no dañamos nuestro cuerpo, pero generamos una situación intensa y desagradable para herirnos de otra forma. Peleamos con alguien cercano sin razón, arruinamos algo en nuestro trabajo.

Una forma de evitar lo más profundo

Este comportamiento se explica de muchas maneras desde la psicología y la psiquiatría. La explicación con la que más me sentí identificado es que las autolesiones nos ayudan a evitar el dolor emocional y psicológico en el corto plazo.

Cuando tenemos emociones y pensamientos incómodos, es normal que deseemos escapar de ellos. De eso se trata la ansiedad: es la necesidad de escapar de nosotros mismos. Y la autoagresión es una estrategia de escape.

El dolor físico se impone sobre el dolor emocional y, cuando es muy intenso, nos impide pensar. El dolor físico reclama la atención y, de esa manera, nos permite evadir temporalmente las emociones y los pensamientos que nos incomodan.

Crear un problema intenso tiene el mismo efecto. Después de que chocas el automóvil, tu atención se enfocará en la emergencia por un tiempo y así evitarás el malestar emocional más profundo.

Una forma enfermiza de liberar la energía

Por otra parte, cuando tenemos mucha energía estancada, que se manifiesta en emociones y pensamientos densos, buscamos maneras de liberarla. Y una forma de liberar esa energía es destruyendo algo. En este caso, la liberamos dañando nuestro propio cuerpo.

Esa es, pues, otra de las funciones dementes de la autoagresión: nos permite liberar la energía represada.

Mejores formas de lidiar con la ansiedad

La forma más sana de lidiar con la ansiedad es quedarnos con nuestras emociones y pensamientos y tomar plena consciencia de ellos. Es decir: sentir profundamente. Aguantarnos las ganas de escapar y entregarnos por completo a nuestra experiencia interna.

Cuando podemos hacer esto, nuestra consciencia plena transforma la vibración de los pensamientos y las emociones y puede llegar a disolverlos. Pero, aun si no los disuelve, les quita poder y nos permite observarlos sin rechazo y sin la compulsión de escapar. Y, sobre todo, nos permite encontrar el amor, la paz y la plenitud que yacen ocultos tras esas emociones y esos pensamientos.

Sin embargo, si las emociones y los pensamientos nos sobrepasan y nuestra capacidad de autoobservación aún es muy débil, puede que no seamos capaces de sentir las emociones de manera plena. En este caso, lo mejor es canalizar la energía de una manera sana. A mí me ayuda escribir y hacer ejercicio. Pero puede ser cualquier actividad. Idealmente una que requiera de bastante energía y que sepas que después no te generará culpa ni alimentará tu ansiedad. Pintar, cocinar, bailar, cantar… tu sabrás lo que funciona para ti.

La invitación oculta

La tendencia a autoagredirnos puede ser una herramienta en nuestro viaje de crecimiento personal si decidimos asumirla de una manera sana.

Cada vez que surja la compulsión de agredirte, ya sea en forma leve o extrema, tómala como una invitación a volver a casa. Es como si fuéramos manejando en la dirección contraria y carro activara una señal para indicarnos que nos desviamos de nuestro camino.

Si captamos las señales más sutiles, podremos dar vuelta de manera fácil. Si ignoramos esa señal, se hará cada vez más intensa.

Ahora sé que no tengo que esperar a que mis labios estén sangrando para darme cuenta de que estoy evadiendo algo dentro de mí. Apenas aparece el deseo de morderme, acepto la invitación a mirar mis emociones y me permito sentirlas plenamente. Así, el hábito de autoagredirme se ha convertido en una luz más que amorosamente contribuye a mi viaje de regreso a casa.

landscape-1802337_1920

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

Una propuesta interesante

Si el problema que te preocupa no se está manifestando en este mismo momento, sino que sólo está en tu cabeza, puedes elegir estar presente y no dejarte llevar por la película que tu mente creará al rededor de ese problema.

Ante la perspectiva de que elijas estar presente, puede que tu ego te diga: «Hagamos un trato. Déjame resolver el problema en la cabeza, déjame imaginar los futuros posibles para asegurarme de que tendré cómo defenderme en caso de que mis miedos se vuelvan reales, déjame ganar esa posible discusión en mi imaginación, déjame repasar las razones por las que estoy en lo cierto y los demás están equivocados. Déjame hacer eso sólo esta vez. La próxima te prometo que nos quedaremos en el momento presente en vez de dejarnos llevar por mis películas».

Podría llegar a ser un buen trato si no fuera porque una vez que lo aceptes, el ego te lo volverá a proponer una y otra vez, aplazando la presencia a un futuro que nunca llega.

Es el mismo trato que propone la mente cuando quiere satisfacer la urgencia de caer en una adicción. Sólo este cigarrillo y paro. Sólo este bocado más. Sólo un capítulo más. El problema es que apenas cedes la historia se repite: «Ahora sí el último».

Hazle mejor la siguiente propuesta a tu mente: «Estemos presentes sólo por hoy. Sólo por este momento. Sólo por estos segundos, luego ya habrá tiempo para fantasear». Y cada vez que te acuerdes, le vuelves a proponer el mismo trato. «Es sólo por este minuto», dile, «No hay nada qué temer, sólo estemos presentes por este momento, sólo este, no pido nada más».

fox-3518807_1920

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

Fútbol y agujas

Ayer fui a que me sacaran sangre. Como siempre, sentí miedo mientras esperaba a que llegara mi turno en la fila. Pero, ¿por qué?

Me gusta jugar fútbol. Y te puedo asegurar que siempre que juego recibo golpes. Y esos golpes duelen mucho más que la chuzada de una aguja. Sin embargo, no siento miedo antes de jugar fútbol. ¿Por qué?

Muchas veces los miedos no tienen que ver con la realidad. Están programados desde nuestra infancia. Aprendemos que ciertas cosas son dolorosas y terribles aunque no lo sean. Y a prendemos que otras son agradables aunque duelan.

Tal vez eso que te da miedo hacer hoy realmente no duele. Tal vez es solo una idea arraigada. Y se puede cambiar. En efecto, cada vez que voy a que me saquen sangre me da menos miedo. Pues cada vez me muestra nueva evidencia de que en realidad no hay nada qué temer.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

¿Cómo no odiar a Maduro?

Hace poco alguien me hizo esa pregunta en Twitter. Dado que el país en el que más personas siguen mis redes es Venezuela, me pareció bueno dar una respuesta larga. Producto de esto es este video.

Sin embargo, una persona me contactó y me dijo que en Venezuela su conexión a internet no era lo suficientemente buena como para ver el video y me pidió el favor de que lo pusiera por escrito. Aquí expongo lo que dije en el video, y profundizo en algunos puntos que allí solo toqué por encima:

I. Nada es malo. Maduro no es malo. Odiar a maduro tampoco es malo.

Nada es malo en sentido absoluto. Ni siquiera las peores cosas que podamos imaginar. Eso quiere decir que nada es malo a los ojos de Dios o a los ojos de la consciencia universal. Dios no juzga nunca ni nunca condena nada. No juzga a los asesinos, ni a los torturadores, ni a los dictadores. No juzga a Maduro. Y tampoco juzga a aquellos que odian a maduro.

Esto es así porque nada puede afectar ni ofender a Dios. Nada puede afectar la realidad. Un Curso de Milagros resume esto de manera preciosa al decir:

Nada irreal existe. Nada real puede ser amenazado. En eso reside la paz de Dios.

Solo en ilusiones podemos hacer daño. Podemos soñar que nos matamos. Podemos soñar que destruimos el mundo. Pero son solo sueños. Este mundo es una ilusión. Los cuerpos y la idea de que estamos separados es una ilusión. Y solo lo que es ilusorio puede ser dañado. Lo que es real, lo que somos en realidad, no puede ser amenazado. Por eso, nadie nunca puede hacer en realidad algo malo. Sólo puede hacer cosas malas en ilusiones.

II. Lo bueno y lo malo en sentido relativo

Sin embargo, es claro que, desde nuestro punto de vista, y de acuerdo con nuestros objetivos, sí hay cosas buenas y malas. Si deseas ir al norte y comienzas a caminar hacia el sur, podemos decir que estás caminando mal y que vas en la dirección equivocada. Pero quien camina sólo está haciendo algo malo en sentido relativo: en relación con su objetivo.

Así mismo, si quieres tener un cuerpo sano, pero comes todos los días cinco hamburguesas de MacDonald’s y te tomas dos litros de Coca-Cola, podemos decir que estás comiendo mal, muy mal. Fumar también es malo, suponiendo que deseas estar sano.

Así mismo, odiar es malo en sentido relativo. Es malo para nuestra salud. Es malo para nuestras relaciones. Es malo si deseamos vivir en armonía. Es un sentimiento intenso que se produce cuando nos sentimos amenazados por algo. Odiamos algo cuando lo consideramos como la causa de nuestro malestar. Nos sentimos atacados por eso y, en consecuencia, surge en nosotros un deseo de destruirlo.

Si deseas estar en paz y experimentar dicha, el odio es malo. Al igual que tomar veneno es malo. Pero en sentido absoluto no es malo. Dios no te juzga por eso ni juzga a nadie. Y, por tanto, tampoco tienes por qué juzgarte por eso. A veces, en el intento de ser espirituales, nos juzgamos por experimentar emociones como el odio.

Es bueno que desees estar sano, pero para sanar no es necesario juzgarte por estar enfermo; por el contrario, juzgarte hará más lento el proceso de sanación. Cuando odiamos, en efecto, estamos enfermos. Y es una enfermedad compartida por casi todos los seres humanos. Estamos sanando de a poco. Y merecemos amor en nuestro proceso de sanación, no ser juzgados.

Así que eso sería lo primero: no te juzgues por odiar. Eso no te hace malo a los ojos del Universo.

III. Abraza tus emociones

Una vez dejes de juzgar tus emociones, permítete sentirlas plenamente. Ve hasta lo profundo del odio. Puede que encuentres allí debajo otras emociones: tristeza, miedo. Siéntelas. Reconócelas. Quédate con ellas. Son tus maestras. Te muestran lo que debes sanar.

Permite también que las emociones se muevan. Si estás triste, permítete llorar. Si sólo tienes deseos de destruir, si la ira es muy fuerte, es bueno sacar la emoción a través del trabajo del cuerpo. Haz ejercicio fuerte, golpea una bolsa de boxeo, grita en una almohada o golpéala. Hazlo con la intensión de soltar la carga.

Después de mover las emociones, quedará en ti un espacio vacío, el espacio que antes ocupaba la emoción. Llena ese espacio de amor. Reclámalo. Habita en él. Reconoce que ese espacio es el amor mismo que espera a que lo reconozcas.

IV. Asume responsabilidad por lo que sientes

Cuando algo externo te hace sentir odio, simplemente está detonando una herida que ya está en ti. Te está mostrando un aspecto en el que puedes sanar. Es una oportunidad. Creer que la causa de tu malestar está fuera de ti es no asumir responsabilidad. La herida está adentro tuyo, y mientras no asumas responsabilidad por ella, no podrás sanarla.

Esto implica que la solución no es eliminar a la causa externa del odio. Eso puede arreglar las cosas afuera por un momento. Pero mientras tu herida siga adentro, no pasará mucho tiempo antes de que encuentres otra situación que detone ese odio.

Entonces mira lo que pasa como una oportunidad para sacar a la luz aquellas partes en las que aún no has sanado y abrázalas como oportunidades sagradas. Es como dice el Dalai Lama: En la práctica de la paciencia y el perdón, tu mayor enemigo es tu mejor maestro.

V. Toma acción consciente

Lo anterior no implica que no hagas nada para cambiar la situación externa. Claro que puedes tomar acción. Pero asegúrate de que sea una acción consciente. Responsabilízate primero por lo que sientes. Después actúa.

Para cambiar una realidad no tienes que odiarla. Si vas caminando por un bosque y te encuentras con un perro enloquecido, debes tomar acción para evitar ser herido por el perro. En un caso extremo, incluso puede que tengas que pelear con el perro. Pero eso no implica que tengas que odiarlo. No hay nada que odiar. Simplemente está loco. Igual que cualquier ser humano que comente actos inconscientes. Está enfermo. Puede que debamos tomar acciones para protegernos de él. Puede que en casos extremos tengamos que encerrarlo para evitar que dañe a quienes están a su alrededor. Pero podemos hacer eso desde un lugar de amor y de conpasión. No es necesario odiar para cambiar la realidad.

No emprendas acciones cargado de ira, y menos si tras la ira hay un odio profundo. Las acciones que emprendas desde ese estado, perpetuarán en el mundo aquello que percibes como la causa de tu odio. Es decir: crearás más de aquello que odias. Y puede que te conviertas en aquello que odias.

Toma acción después de mover tus emociones, como se indicó en el punto III o, al menos, sé muy consciente de esas emociones, de manera que no te lleven a cometer actos inconscientes. Si ves que el odio persiste en ti, ve con mucho cuidado. Actuar así es tan peligroso como manejar borracho. Lo mejor es parar y esperar. Pero, si tienes que actuar así, trata de estar lo más consciente posible. No te dejes llevar en pilóto automático. Puede que cuando recobres la consciencia veas que hiciste algo de lo que te arrepientes. O puede que hayas creado un infierno a tu alrededor.

VI. Somos responsables de todo

Finalmente, date cuenta de que aquello que percibes afuera de ti realmente no se encuentra separado de ti. La separación es una ilusión. Y es una ilusión que usamos justamente para no hacernos responsables. Es fácil apuntar el dedo y decir: eso está mal. No es tan fácil decir: eso que veo afuera es una parte mía y, por tanto, también es mi responsabilidad.

La maestra espiritual Isha Judd resume esta idea con un mantra muy poderoso que hace parte de una de sus meditaciones: Om responsabilidad, yo soy eso.

Maduro, o cualquier ser que percibas afuera de ti como un ser peligroso, malvado e inconsciente, es parte de ti. En el fondo, no estás separado de él. Simplemente lo estás viendo afuera. Pero ese ser es un reflejo de tu estado de consciencia, de nuestro estado de consciencia colectivo. Y nosotros somos parte de eso.

Así pues, pregúntate: ¿qué veo afuera que aún no haya sanado en mí? ¿Percibes violencia? Toma consciencia de la violencia en ti y asume responsabilidad, sánala. ¿Ves corrupción, mentira, avaricia? Mira en qué partes de ti están esas características también. Si miramos bien, todos las veremos dentro de nosotros.

No creas que el mundo sanaría si alguien eliminara a «los malos», como en las películas de superhéroes. Pues los malos son un reflejo de lo que todos llevamos dentro. Así que, para sanar al mundo, debes sanar tú. Debo sanar yo. Hazte responsable por aquello que no te gusta fuera de ti y sánalo en ti. Conviértete en un ejemplo prístino de aquello que deseas ver afuera de ti.

VII. Ama a Maduro

La persona que me preguntó cómo no odiar a Maduro lo hizo como respuesta a esta frase del Dalai Lama que publiqué en Twitter: «El odio no disminuye con el odio. El odio disminuye con el amor». Y creo que esa frase contiene la clave para salir de la locura en la que nos encontramos.

Maduro no necesita que lo odien. Necesita que lo amen. Amor no significa condonar ni permitir que siga haciendo lo que está haciendo. Amar significa llevar luz a la oscuridad. Amar significa ver que, en realidad, cuando alguien está actuando de manera demente requiere de nuestra compasión.

Un Curso de Milagros expresa esto de manera maravillosa:

Todo lo que percibes como un ataque es en realidad una petición de amor.

Todo aquel que actúa de forma inconsciente lo hace porque cree que así conseguirá lo que desea. En lo más profundo, todos deseamos amor. Quien actúa de forma demente y daña a los demás simplemente se ha desconectado tanto de la fuente del amor que yace dentro de sí que cree que encontrará solaz y regocijo en las acciones más dementes que se pueda imaginar. Pero, en el fondo, todo lo que necesita es amor, y eso es por lo que clama de manera inconciente.

VIII. Sanemos nuestra percepción

Imagina que uno de tus seres queridos más cercanos enloquece y comienza a golpear a todos a tu alrededor. ¿Dejarías de amarlo? ¿Lo aniquilarías? Puede que haya que inmovilizarlo para evitar que te haga daño, pero puedes hacerlo con profundo amor, haciendo lo que sea mejor para él y para ti.

Maduro necesita que sanes tu percepción y aprendas a verlo como un hermano digno de amor. El mundo necesita que sanemos nuestra percepción y sanemos el odio. Yo necesito sanar mi percepción y mi odio. Quiero sanar para dejar de ver enemigos que merecen ser castigados y destruidos y empezar a ver hermanos que nececitan con urgencia de mi amor, de tu amor.

Y te invito a que sanemos juntos. Pues sé que yo también incontables veces me siento atacado por mis hermanos y creo que ellos deben ser castigados por eso que percibo. Pero sé que realmente lo que necesitan es amor. Pues eso es lo que necesito yo.

earth-3289810_1280

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

El taladro y el agujero

Cuando la cadena de alquiler de videos Blockbuster estaba en su apogeo en los años noventa, podría haber comenzado a migrar al negocio de los videos en internet. Tenía los recursos necesarios y un gran conocimiento del público interesado en ver películas. Si hubiera tomado ese camino, tal vez hoy no veríamos tanto Netflix y YouTube, sino más bien la plataforma de videos en línea de Blockbuster.

¿Por qué perdió Blockbuster esa oportunidad? Porque la compañía estaba apegada a su forma de hacer las cosas y se olvidó de cuál era la necesidad final que estaba solucionando para sus clientes. Ellos no estaban interesados en ir a una tienda a alquilar películas, estaban interesados en ver películas.

Este es un principio básico del marketing: una persona que compra un taladro realmente no quiere un taladro, lo que quiere es un agujero. Ofrécele una forma más sencilla de obtener agujeros y dejará de comprar taladros… al menos si es consciente de lo que realmente quiere y no se le ha olvidado a ella también…

Al igual que Blockbuster, perdemos oportunidades cuando nos apegamos a formas específicas de hacer las cosas y nos olvidamos de lo que realmente queremos.

Si lo que realmente quieres es aprender, no te apegues a la idea de ir a una universidad. Puede que haya otras maneras que se ajusten más a ti. Si lo que quieres es tener mejor salud, no te apegues a una dieta o a un gimnasio. Si lo que quieres es crecer espiritualmente, no te apegues a leer un libro o a ir a un templo o a un grupo o a una práctica específica. Todo eso es maravilloso y puede que te haya servido hasta ahora. Y puede que te siga sirviendo en el futuro. Pero es posible que lleguen nuevas y mejores maneras de avanzar hacia donde quieres. Y, si te aferras a tu camino actual, cuando la vida te invite a evolucionar no serás capaz de aceptar la invitación (y, si estás demasiado apegado, ni siquiera serás consciente de la invitación).

Aclaración: no se trata de no ser disciplinados y de no seguir a fondo aquello que estamos haciendo ahora. Se trata simplemente de no apegarnos a nuestro camino. Se trata de estar abiertos a nuevas cosas.

Recuerda: lo que quieres en realidad no es el taladro, sino el agujero.

boy-1209131_1920


Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

Tigres y fantasmas

Imagina un grupo de nómadas miles de años atrás al caer la noche. Mientras preparan en sitio en el que dormirán, alcanzan a ver a un enorme tigre merodeando en la lejanía. Es claro que hay un peligro del cual deben protegerse. La vigilancia constante es indispensable para evitar que alguno de los miembros del grupo sea devorado. Esto significa que, entre más pendientes y enfocados estén en el peligro, más seguros estarán; si se relajan, tendrán menos oportunidades de sobrevivir.

Así vivieron nuestros antepasados durante decenas (o tal vez cientos) de miles de años: con la necesidad de estar constantemente enfocados en los peligros. No es extraño, entonces, que cuando percibimos un peligro hoy en día nuestra reacción instintiva sea enfocarnos en él, pensar en él obsesivamente.

Enfocarnos en los peligros y no perderlos de vista fue la estrategia que nos permitió sobrevivir como especie, por eso lo seguimos haciendo. Pero esta estrategia se ha vuelto obsoleta, pues ya no estamos rodeados de tigres. En consecuencia, ese viejo reflejo de nuestros antepasados nos lleva ahora a enfocamos en peligros imaginarios, en fantasmas creados por nuestra mente.

¿Qué pasará si hablo con esa persona? ¿Qué pensarán de mí por lo que publiqué en redes sociales? ¿Y si esta decisión que estoy tomando es un error? ¿Seré lo suficientemente atractivo? ¿Se habrá enfadado? ¿Y si no le gusta mi trabajo y no me vuelve a contratar? Lo que tienen en común esas preguntas es que nuestra supervivencia no depende de responder ninguna de ellas. No hay un tigre que venga a comernos. Son solo fantasmas.

Además, nuestra salud se ve deteriorada por el estrés que se produce cuando pensamos obsesivamente en nuestros problemas. Por tanto, la verdad se ha invertido con respecto a nuestros antepasados. Hoy en día, si nos relajamos, tendremos más oportunidades de sobrevivir.

¿Qué hacer?

A diferencia de lo que sucede con los tigres, la mejor manera de lidiar con los fantasmas es no ponerles cuidado. Entre más nos enfoquemos en esas preocupaciones imaginarias, más grandes y poderosas se volverán. Tratar de resolver un problema imaginario dándole nuestra atención es como tratar de apagar fuego echándole gasolina.

Cuando se trata de fantasmas mentales, lo mejor que podemos hacer es relajarnos y enfocarnos en el momento presente o dirigir nuestra atención hacia algo que queramos y nos haga sentir bien. Pero esto es difícil. Son miles de años de condicionamiento. Por eso, para poder relajarnos ante la apariencia del peligro debemos reprogramar nuestros reflejos.

Es importante, sin embargo, aclarar que esto no significa huir de los problemas. No se trata de no mirarlos. Se trata de mirarlos de frente y darnos cuenta de que no son reales. Luego, a partir de ese reconocimiento, dejamos de prestarles atención. De ahí viene la verdadera relajación. Si simplemente huimos de nuestros fantasmas, les seguimos dando poder, pues al huir nuestra mente entiende que hay un enemigo real del que debemos escondernos.

Así pues, el primer paso es darnos cuenta de que en realidad no estamos rodeados de tigres. Estamos a salvo. Al menos aquí, ahora, mientras lees esto, te aseguro que no hay un tigre detrás tuyo. Tu supervivencia no está en juego. Puedes relajarte. Son solo fantasmas.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

¿Qué tan buen amigo eres de ti mismo?

Piensa en esas veces en las que te ves con un amiga y no hay nada de qué hablar. Si hay una relación profunda o si hay gran afinidad, ese silencio compartido será una experiencia agradable.

Sé que una amistad es profunda cuando podemos compartir y disfrutar el silencio. Eso significa que a cada uno nos gusta la presencia del otro. Entonces no es necesario llenar ese silencio con ruido para sentirnos cómodos. No es necesario hablar de cualquier cosa sólo para pasar el rato. Basta con estar juntos. Nuestra presencia es ya un regalo suficiente.

Creo que lo mismo aplica para la relación que tenemos con nosotros mismos. La calidad de esa relación se ve reflejada en qué tan cómodos nos sentimos cuando estamos solos y en silencio. Entre más rica y profunda sea esa relación, menos tendremos necesidad de llenar nuestra soledad con distracciones o con la charla de nuestra mente. Entonces simplente podemos estar ahí, con nosotros. Nuestra presencia es ya un regalo suficiente.

insects-4489864_1920

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

La importancia de ser ignorante

Si nunca has cocinado y alguien se ofrece a enseñarte a cocinar, no te sentirás ofendido. Pero si llevas toda la vida cocinando y crees que eres un gran chef, puede que el ofrecimiento te parezca un insulto. Y puede que, debido a eso, te pierdas la oportunidad de aprender una nueva receta, tal vez mejor que muchas de las que conoces.

Para ser capaces de aprender debemos reconocer primero que somos ignorantes, y al ego le duele reconocer su ignorancia o su insuficiencia en aquellos temas con respecto a los cuales define su identidad.

Así pues, mira aquellos lugares en los que no te permites aprender de otros. De pronto es tu ego que tiene miedo a sentirse pequeño. Permitirnos reconocer nuestra ignoracia es la clave para seguir creciendo. Es incómodo, pero nos permite evolucionar.

Tal vez es tu jefe, tu subalterno o tu colega que tratan de mostrarte una mejor manera de hacer las cosas, pero los rechazas porque te sientes atacado y ofendido. Tal vez es tu hermano menor que te señala un aspecto en el que eres más inmaduro que él y te cuesta reconocerlo. Tal vez es tu amigo que no tiene tus mismas creencias religiosas pero se ofrece a enseñarte algo sobre la espiritualidad, y rechazas sus enseñanzas, porque atentan contra la idea que tu ego espiritual ha forjado de ti, una idea en la que eres «mejor» que tu amigo y según la cual no tienes nada que aprender de él ni de nadie que no sean los maestros que has venido leyendo por años. Tal vez sea el vendedor de frutas que te dice «¿Quiere que le dé un consejo?» y lo ignoras porque consideras que, si está vendiendo frutas, es porque no tiene nada valioso que enseñarte.

Piénsalo: ¿Cuántos maestros hemos dejado pasar debido a nuestro orgullo?, ¿cuántas oportunidades de aprender hemos perdido? Por eso, si quieres crecer más rápido, aguza tus oídos. Permítete sentirte ignorante. Con verdadera humildad y sin fingirlo permítete ser alumno de aquellos que crees que deberían ser tus alumnos.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

Dos formas de calmar la ansiedad

Hay dos maneras de calmar la ansiedad: huyendo de ella o adentrándonos en ella.

El primer camino es fácil a corto plazo. Un ejemplo típico es cuando recurrimos a una adicción para escapar de la ansiedad. En el momento la calmamos, pero vernos atrapados en la adicción nos produce más ansiedad una vez el efecto calmante ha pasado (o incluso a veces antes de que pase).

El segundo camino es incómodo ahora. Implica sentir. Implica llevar la luz de nuestra consciencia y posarla con intensidad sobre aquellas emociones que nos duelen. Implica tomar consciencia de nuestro miedo y nuestro dolor y verlos de frente, sin tratar de arrancarlos o aniquilarlos, simplemente quedándonos allí con ellos.

Cuando tenemos la valentía de tomar el segundo camino, podemos acceder al poder de la alquimia de nuestra consciencia, que convierte en luz aquello sobre lo que se posa. Cuando la consciencia pura entra en contacto con nuestro dolor, lo usa como combustible y lo convierte en parte de ella. Lo transforma en más consciencia, en plenitud.

Y esta consciencia, al igual que cualquier músculo del cuerpo o cualquier capacidad intelectual, se fortalece a medida que la ejercitas. Y puedes ejercitarla en cada momento. Ahora, si quieres, puedes tomar consciencia de lo que está pasando en ti y mirarlo amorosamente, regalándole tu atención plena.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

El cuerpo interior

Uno de los bellos conceptos que el maestro Eckhart Tolle utiliza para guiarnos hacia el momento presente es el cuerpo interior. En su libro En Unidad con la Vida, nos propone el siguiente ejercicio para que tomemos consciencia del cuerpo interior:

«Si usted no está familiarizado con la consciencia del ‘cuerpo interior’, cierre los ojos por un momento y descubra si hay vida en sus manos. No le pregunte a su mente. Dirá: ‘No puedo sentir nada’. Probablemente dirá también: ‘Dame algo más interesante en lo que pensar’. Así que en vez de preguntarle a su mente, vaya directamente a sus manos. Con esto quiero decir que se haga consciente de la sensación sutil de vitalidad que hay dentro de ellas. Está ahí. Sólo tiene que llevar su atención allá para percibirla. Puede sentir una ligera sensación de cosquilleo al principio, después una sensación de energía o vitalidad. Si concentra su atención en sus manos durante un rato, el sentido de vitalidad se intensificará. Algunas personas ni siquiera tendrán que cerrar los ojos. Podrán sentir sus ‘manos internas’ al mismo tiempo que leen esto. Después vaya a sus pies, detenga su atención allí durante un minuto más o menos y empiece a sentir sus manos y sus pies al mismo tiempo. Después, incorpore otras partes del cuerpo (piernas, abdomen, pecho, etcétera) a esa sensación, hasta que sea consciente del cuerpo interior como una sensación general de vitalidad, extendida por todo el cuerpo.»

butterfly-1391809_1920

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.