Las enseñanzas de nuestro cavernícola interior

Hoy vine manejando hasta la finca de unos tíos para pasar aquí mi última semana de vacaciones. No tenía ningún afán. No me había comprometido a llegar a una hora específica. Sin embargo, cuando me di cuenta, estaba compitiendo con otros carros por unos pocos metros de espacio en un atasco en el tráfico. Cuando alguno quería adelantarme o quitarme mi lugar en la fila, me sentía atacado. Sentía que tenía que proteger mi espacio. Sentía que perdía algo valioso si cedía unos segundos ante ellos.

Es un reflejo instintivo. El reflejo de proterme del ataque. El reflejo de actuar como si pudiera perder un bien escaso. El reflejo de creer que un enemigo quiere perjudicarme y que, por tanto, debo defenderme y atacar de vuelta.

Esos reflejos tal vez nos sirvieron como especie para sobrevivir en la época de las cavernas. En ese entonces, frente a elementos inclementes y alimentos y cobijo escasos, y rodeados de animales salvajes y de tribus de congéneres hostiles, reaccionar de esa manera era una estrategia exitosa. Quienes no lo hicieran así, probablemente tendrían menos probabilidades de sobrevivir.

Hoy en día, no obstante, esos instintos no tienen mucha utilidad. Son un lastre viejo. Es más, son un riesgo: competir con otros automóviles y actuar como si me estuvieran atacando me lleva manejar de forma imprudente y a exponer mi vida.

Y esos instintos no solo están presentes al momento de conducir, sino en casi todas las áreas de la vida. Por eso, vale la pena observarlos y darnos cuenta de que podemos elegir no seguirlos, pues se basan en una historia que ya no es cierta.

Pero es difícil observar esos instintos. Están enraizados en lo profundo de nuestro ser. Como todos los instintos, entran en acción de forma automática e inconsciente.

La buena noticia es que, justamente por esas características, esos instintos son una gran oportunidad para nuestro desarrollo espiritual, pues para trascenderlos debemos estar muy alertas, muy conscientes de nosotros.

Vale la pena asumir nuestros instintos como una invitación a estar completamente anclados en el momento presente. Así pues, observa con atención y amor a tu cavernícola interior; puede ser tu gran maestro espiritual.

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Desacelera, detente, comienza a moverte, acelera

La ley de la inercia establece que todo cuerpo permanecerá en estado de reposo o de movimiente rectilíneo (es decir, en la misma dirección) a menos que una fuerza externa actúe sobre él.

Esa ley, creo, también se aplica a nosotros, a nuestros procesos, a nuestras vidas.

Muchas veces, lo más difícil es comenzar algo. Comenzar a hacer ejercicio. Comenzar a escribir. Comenzar a estudiar. Comenzar a meditar. Es difícil porque hay inercia en nuestro reposo y, por tanto, se requiere de esfuerzo para cambiar ese estado por uno dinámico.

Otras veces lo difícil es parar. Parar de pensar. Parar de jugar. Parar de manipular. Parar de fantasear. Parar de consumir. Parar de trabajar. Parar de mirar cuántos likes tengo en mis redes sociales. Hay una inercia, un pilóto automático que se establece una vez nos habituamos a cierta actividad. Es necesario hacer un esfuerzo para detener o desacelerar el movimiento.

El equilibrio en nuestras vidas requiere que estemos rompiendo continuamente la inercia. Requiere que vayamos del reposo al movimiento y del movimiento al reposo. Este cambio suele ser incómodo, como suelen serlo la mayoría de los cambios. Pero es necesario para evolucionar. De lo contrario, nos estancamos en nuestro reposo o nos desgastamos y consumimos en nuestra acción.

Observa con cuidado. ¿Qué es lo que pide este momento, que comiences a moverte o que te detengas? Tal vez pide ambas cosas, pero en áreas diferentes de tu vida. Comienza aquello. Deja de hacer aquello otro.

Rompe la inercia. Desacelera. Detente. Permanece en la quietud. Comienza a moverte. Acelera. Desacelera, detente…

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Gracias por las estaciones de la vida

Todos tenemos días en los que nos sentimos radiantes. Todos tenemos días en los que dudamos de nosotros. Hay días en los que nos acostamos a dormir orgullosos y plenos. Hay días en los que nos vamos a la cama cansados y preocupados.

Qué bueno es ser conscientes de las estaciones. Cuando llegan días difíciles, los observamos, somos pacientes. Es parte de estar vivos. Es parte de nuestra experiencia en nuestro nivel actual de consciencia. Cuando llegan los días soleados, los disfrutamos sin apegarnos a la experiencia. Sabemos que, como todas las experiencias, también pasarán.

Y gracias a las estaciones de la vida porque por ellas nos volvemos empáticos y amorosos. Sabemos que, cada día, hay amigos y hermanos que están en medio de una lucha interna. Y podemos entenderlos y enviarles nuestro amor porque hemos estado allí.

Y cuando no nos sentimos tan bien, sabemos que hay alguien que justo ese día está teniendo el mejor día de su vida. Tal vez alguien se está ilumimando justo ahora. Y podemos alegrarnos por su bendición. Sabemos que es posible para nosotros. Y sabemos también que su gracia es la nuestra, pues en el fondo no estamos separados.

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El secreto para estar agradecido siempre

Uno de los mejores consejos que he oído para afrontar situaciones difíciles es este: agradécelas porque son una oportunidad para sanar algo.

Cuando tomamos perspectiva y reconocemos que estamos aquí para crecer y para evolucionar, todo es un regalo. Depende de nosotros abrirlo o no. Y la clave para abrirlo es agradecerlo.

No hay ninguna situación que no puedas usar para sanar algo, para conocerte, para expandir tu consciencia.

¿Te estrellaste en el carro? ¿Se te quemó la comida? ¿Llegaste tarde? ¿Terminó esa relación que tanto apreciabas? Hay ahí una oportunidad para crecer. No quiere decir que no va a doler. Pero es un motivo para agradecer, pues te está brindando la posibilidad de hacer lo más importante de todo: crecer.

Una vez entra la gratitud, nos abrimos a recibir el regalo oculto en la situación. Tenemos disposición para aprender de ella. Y entonces tiene el poder incluso de convertirse en una bendición ante nuestros ojos.

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El truco es desear sin apego

Muchas veces se nos sugiere que no deseemos. «El deseo es la fuente del sufrimiento» es una frase que con frecuencia se le atribuye a Buda. Creo, sin embargo, que estos consejos señalan realmente al apego como la fuente del sufrimiento, no al deseo.

Desear es maravilloso. Es la fuerza que pone en marcha al universo. Es la semilla del cambio, la transformación y la evolución.

El problema aparece cuando nos apegamos a lo que deseamos. Entonces nuestros deseos se convierten en exigencias, y esto trae sufrimiento. De hecho, esa es la definición de apego. Sabes que estás apegado a algo si su ausencia te causa sufrimiento.

Es maravilloso desear el cuerpo de tu pareja si estás en una relación. Pero si exiges tener el cuerpo de tu pareja, si te enfadas y te ofuscas cuando no lo tienes, tu relación de pareja se convertirá en una fuente de sufrimiento. De eso puedes estar seguro.

Lo mismo vale para tu relación con el universo y contigo mismo.

El truco es desear sin apego.

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Deja ir las costumbres obsoletas

Trabajo como corrector de estilo y estoy revisando un libro de Edgar Payares, un amigo muy querido. Me encontré allí con una historia que me encantó:

Una niña vio a su mamá que cortaba la cabeza de un pescado y luego le cortaba la cola, y lo metía dentro de un sartén con aceite caliente para freírlo. La niña le preguntó a su mamá para qué cortaba esas dos partes. Su madre lo pensó un momento y le dijo: “No lo sé, así me lo enseñó tu abuela, ve y pregúntale a ella por qué lo hacía así y luego me dices”. La niña fue entonces con la abuela y le preguntó el motivo de tal acción y la abuela se quedó viéndola y le dijo: “No lo sé, así vi que lo hacía mi mamá y así lo aprendí, pero ve a preguntarle a ella por qué”. La niña fue entonces con su bisabuela y le hizo la misma pregunta. La bisabuela se quedó viéndola y le dijo: “No sé por qué tu abuelita y tu mamá lo hacen, pero yo lo hacía porque tenía un sartén muy pequeño y no cabía completo el pescado, por eso tenía que cortarle la cabeza y la cola”.

Otro ejemplo fascinante tiene que ver con un experimento realizado con monos. Creo que es un experimento cruel, pero deja una enseñanza muy valiosa. Se encerró a varios monos en una jaula y en un recipiente sobre una escalera se pusieron bananos. La escalera estaba electrificada, de manera que al tratar de tomar los bananos, los monos recibían una descarga eléctrica. En consecuencia, los monos aprendieron que no podían tomar esos bananos. Lo interesante del experimento es que fueron sacando de la jaula a los monos iniciales y fueron ingresando monos nuevos. Los monos nuevos aprendieron que no podían subir por la escalera, porque cuando se acercaban, los monos antiguos les gritaban y los alejaban. Después de un tiempo, se quitó la electricidad de la escalera, pero como los monos ya habían aprendido de la experiencia inicial, no volvieron a tratar de comer los bananos. Con el tiempo, no quedó ninguno de los monos originales, y, a pesar de que la escalera ya no tenía electricidad, ninguno de los monos nuevos trataba de comer las bananas y todos les enseñaban a los que iban ingresando que no debían acercarse a la escalera.

Hay muchas creencias y costumbres que cargamos sin saber por qué. Y algunas de ellas nos limitan. Tal vez en un comienzo fueron útiles para nuestros antepasados o para nosotros mismos. Ahora, sin embargo, vale la pena preguntar por qué lo estamos haciendo así. Tal vez las cosas hayan cambiado y esas creencias y comportamientos se hayan vuelto obsoletos. Tal vez no tenemos por qué perder tiempo cortándo la cabeza y la cola del pescado (es solo un ejemplo, soy vegetariano).

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¿Por qué lees el horóscopo?

A muchos nos gusta leer horóscopos, que nos lean el tarot, que nos lean el té. O simplemente que nos digan qué hacer. En mi caso personal, reconozco que la mayoría de las veces, cuando busco una respuesta en algo externo a mí es porque quiero evadir la responsabilidad de tomar una decisión.

¿Sigo o no sigo en este trabajo? ¿Hablo o guardo silencio? ¿Me arriesgo? ¿Es ese mi camino? Es difícil decidir. Si decido yo y las cosas salen mal, será solo mi responsabilidad. En cambio, si me lo dijo alguien más, un vidente, un periódico, entonces ya es culpa del universo. Yo solo confié en lo que me dijeron. No tengo por qué sentirme responsable.

No es este el caso siempre. Creo que el universo nos da señales de diferentes maneras. Una canción. Una conversación. Un artículo en internet. Una sonrisa en un ascensor en el momento justo. O un horóscopo, puede ser.

La pregunta es, ¿estás siguiendo a tu corazón, estás conectado con el flujo de la vida al seguir esas señales, o simplemente estás buscando alguien que te diga qué hacer porque es lo más cómodo? Solo tú sabes. Si buscas compulsivamente afuera de ti, lo más probable es que no quieras asumir responsabilidad. Me pasa con frecuencia.

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Eso me dolió

Decirnos esto a nosotros mismos requiere madurez. Decírselo a otras personas requiere de gran vulnerabilidad y, por tanto, de gran valentía. En muchas ocasiones es el primer paso para sanar algo en nuestro interior.

Si alguien me dice que soy una araña, así sea mi mejor amigo, mi pareja o alguien a quien respeto mucho, pensaré que está bromeando o que se ha vuelto loco. Pero no me dolerá como crítica. No me hará sentir inseguro. No tengo dudas de que no soy una araña.

Si alguien me dice algo y me siento atacado o inseguro, si me duele, es porque está tocando una parte de mi ego. Es, entonces, un regalo. Me muestra un aspecto de mí que puedo sanar.

No importa si la crítica es verdad. Si me duele, hay algo que puedo sanar. Tal vez es una inseguridad. Una parte de mí que teme no ser lo suficientemente bueno. Una necesidad de aprobación. Una falta de amor propio.

Si te duele, no te quedes solo con el dolor. Abre el regalo. Pero para esto, claro está, lo primero es ser capaces de decir «eso me dolió».

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Háblanos del amor

Uno de mis poemas favoritos y que al mismo tiempo es una de las reflexiones más profundas que conozco sobre el amor se encuentra en el El Profeta, del poeta libanés Kahlil Gibran. Se trata del primer poema del libro, que se titula Háblanos del amor. Te invito a dejar entrar las palabras en tu corazón, sin importar si estás solo o en una relación:

Entonces dijo Almitra: Háblanos del amor.
Y Al-Mustafá alzó la cabeza y miró a la multitud,
y un silencio cayó sobre todos, y con fuerte voz, dijo él:
Cuando el amor os llame, seguidle,
aunque sus caminos sean escabrosos y escarpados.
Y cuando sus alas os envuelvan, entregaos a él,
aunque la espada oculta en su plumaje pueda heriros.
Y cuando os hable, creedle,
aunque su voz pueda despedazar vuestros sueños
como el viento del norte convierte el jardín en hojarasca.
Porque así como el amor os corona, así os crucifica.
Así como os agranda, también os poda.
Así como sube hasta vuestras copas y acaricia vuestras
más frágiles ramas que tiemblan al sol,
también descenderá hasta vuestras raíces y las sacudirá
en su arraigo en la tierra.
Como gavillas de maíz, os aprieta dentro de sí mismo.
Os apalea hasta dejaros desnudos.
Os trilla para liberaros de vuestra cáscara.
Os muele hasta dejaros blancos.
Os amasa hasta dejaros dóciles;
y luego, os destina a su fuego sagrado, y os transforma
en pan sacro para el banquete divino.
Todas estas cosas hará el amor por vosotros para que podáis
conocer los secretos de vuestro corazón,
y con este conocimiento lleguéis a ser
un fragmento del corazón de la vida.
Pero si en vuestro temor sólo buscáis la paz del amor
y el placer del amor,
entonces más vale que cubráis vuestra desnudez
y salgáis de las trillas del amor,
para que entréis en un mundo carente de estaciones,
donde reiréis, pero no todas vuestras risas,
y lloraréis, pero no todas vuestras lágrimas.

***

El amor solo da de sí mismo y nada recibe sino de sí mismo.
El amor no posee y no se deja poseer.
Porque el amor se basta a sí mismo.
Cuando améis, no debéis decir "Dios está en mi corazón",
sino "estoy en el corazón de Dios".
Y no penséis que podréis dirigir el curso del amor,
porque el amor, si os haya dignos,
dirigirá vuestro curso.
El amor no tiene otro deseo que el de alcanzar su plenitud.
Pero si amáis y habéis de tener deseos, que estos sean así:
De diluiros en el amor y ser como un arroyo que canta
su melodía a la noche.
De conocer el dolor de sentir demasiada ternura.
De ser herido por la comprensión que tienes del amor;
y de sangrar de buena gana y alegremente.
De despertarse al alba con un corazón alado y
dar gracias por otra jornada de amor;
de descansar al mediodía y meditar sobre el éxtasis del amor;
de volver a casa al crepúsculo con gratitud,
y luego dormirse con una plegaria en el corazón por
el bienamado, y con un canto de alabanza en los labios.
 

Tomé la traducción del libro de Osho que lleva el mismo nombre del poema y de esta entrada en el blog.

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Víctima o creador

En mi cuenta de Twitter compartí el siguiente mensaje:

Puedes salir de tus propias tormentas, son tu creación.

Alguien respondió:

Esto sí que apabuya.

Después de pensarlo un poco, respondí lo siguiente:

Asumir responsabilidad por lo que creamos da miedo. Es más cómodo sentir y creer que las cosas nos pasan. Sentir que somos víctimas. Pero para madurar debemos asumir responsabilidad y pasar de ser víctimas a ser creadores.

Esto es parte normal del crecimiento personal. Da miedo. Pero vale la pena asumir responsabilidad. ¿Qué quieres elegir, ser víctima o ser creador?

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