El poder de hacer las cosas poco a poco

A veces nos cuesta trabajo empezar a hacer las cosas porque queremos hacerlo todo de una vez. Entonces pensamos, si no lo voy a poder hacer completo, perfecto, mejor no hago nada.

Así me pasó un tiempo con mi canal de YouTube. Es algo que realmente me interesa. Quiero hacer videos interesantes. Quiero hacer videos visualmente agradables. Sin embargo, pensaba que no tenía aún las herramientas para comenzar. Me falta una mejor cámara. Me falta aprender a manejar un buen programa de edición.

Caí en cuenta, entonces, que estaba cayendo en la trampa del perfeccionismo como excusa para no lanzarme al agua y exponerme.

Cuando tomé consciencia de esto, decidí empezar de inmediato a hacer videos. Hay mucho por mejorar, pero voy creciendo y progresando poco a poco. Y te quiero invitar a ver este video sobre eso, sobre el poder de hacer las cosas poco a poco:

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¿Vale la pena oprimir el botón para adelantar?

En la película Click, al protagonista (Adam Sandler) le regalan un control remoto mágico (alerta de spoilers). Si lo desea, con ese control puede adelantar las escenas de su vida, pausarlas o incluso volver atrás. Como este personaje está obsesionado con obtener ciertos logros en el futuro, decide empezar a adelantar ciertas escenas hasta llegar a aquellos momentos que sí desea experimentar. Por ejemplo, salta el fin de semana en el que está enfermo y tiene que trabajar, y adelanta su vida hasta la escena en la que lo promueven en su trabajo por estar haciendo bien las cosas.

Parece una buena técnica para vivir una vida más placentera. Sin embargo, lo que el personaje aprende es que esta técnica en realidad sirve para no vivir en absoluto. Es una forma de rechazar la vida, de dejar de vivir. Pues implica tratar al momento presente, donde reside la vida, como un obstáculo o, a lo sumo, como un medio para llegar al futuro. Pero no se lo ve como algo valioso en sí mismo.

Además, este control remoto tiene una característica particular: guarda las preferencias de su usuario. Por tanto, de forma automática comienza a adelantar ciertas escenas, así el protagonista no lo haya elegido conscientemente. Cuando se da cuenta, han pasado varias décadas y se ha perdido su vida. Eligió, sin quererlo, que esta pasara sin que él se diera cuenta.

Me parece una metáfora muy iluminadora sobre la manera como funciona nuestra mente, que viene siendo el control remoto.

Nuestra mente condicionada está obsesionada con obtener. Con la idea de que en el futuro están la salvación y la plenitud. Esto implica, claro, que este momento no tiene valor por sí mismo. Solo sirve en la medida en que nos permite llegar a ese futuro en el que está aquello realmente valioso. Y así, rechazamos la vida, persiguiendo siempre el futuro, que nunca existe ahora y, por tanto, nunca existe en el momento en el que está la vida. Y este rechazo a la vida puede convertirse en un hábito, en algo que hacemos sin darnos cuenta.

La buena noticia es que está en nuestras manos reprogramar el control remoto. ¿Cómo se hace? Primero, tomando consciencia de que está en automático y que está programado para no valorar este momento. Segundo, una vez tenemos consciencia, podemos elegir romper la programación automática. Requiere atención y disciplina, pues hay una inercia detrás de la programación. Pero se puede. Podemos elegir comenzar a no oprimir el botón de adelantar. Podemos quedarnos saboreando este momento hasta su médula, así la mente nos diga que este momento no es valioso. Que ir en el bus a la casa no es valioso. Que estar lavando los platos no es valioso. Que sentir una incomodidad en el cuerpo no es valioso. Todo eso podemos ignorarlo, y quedarnos plénamente aquí, asumiendo que aquí ya llegamos al tesoro más valioso que existe y, por tanto, no tenemos necesidad de estar en ningún otro tiempo o lugar.

Podemos elegir quedarnos aquí hasta crear una nueva programación. Un nuevo hábito. El hábito de ver este momento como lo más valioso que hay, sabiendo que es lo único real que hay.

Así que la próxima vez que estés tentado ignorar esta escena para llegar a un futuro más valioso, pregúntate: ¿vale la pena oprimir el botón para adelantar? Es decir, ¿vale la pena dejar de vivir la vida?

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Confía, entrégate a los brazos del universo

Hay una frase de Eckhart Tolle que me encanta: » En vez de preguntar ‘¿qué quiero de la vida?’, una pregunta más poderosa es ‘¿qué quiere la vida de mí?'».

La pregunta que propone Eckhart Tolle requiere de gran confianza. Requiere de soltar el control. En cierta medida, requiere de no decidir, sino dejar que la vida decida por nosotros. Es un acto de total entrega.

Pero no se trata de un evitar decidir inmaduro e irresponsable. Es, más bien, la forma más elevada de decidir. Dejar que la vida decida por nosotros es otra forma de decir que decidimos con el corazón en lugar de con el intelecto. Y decidir con el corazón es dejar que la vida decida, pues nuestro corazón está conectado con el corazón de la vida, es nuestra conexión con la Fuente.

Y este acto de entrega sólo se puede lograr en medio del silencio. Solo en la más profunda quietud podrá la vida decirnos lo que quiere o, más bien, lo que en realidad queremos desde lo más profundo de nuestro corazón. Y si estamos en silencio profundo, en paz profunda, no hay duda de que la vida nos lo dirá.

Por eso, estar en silencio es un acto de confianza en la vida. Pues para estar en silencio debemos dejar de tratar de solucionar todo por nosotros mismos. Estar en silencio es, obviamente, incompatible con pensar frenéticamente en cómo resolver un problema o en qué decisión tomar. Estar en silencio interior frente a una decisión que aparenta ser difícil es un acto de gran confianza. Es como dejarnos caer en los brazos del Universo, a sabiendas de que sus amorosos brazos nos recibirán. Cuando menos lo esperas, la luz llega. La respuesta llega. La acción surge. Si lo permites. Si te quitas de en medio y le das paso a la inteligencia universal para que fluya a través tuyo.

Confía. Quédate en silencio. Dos frases que son sinónimas. En lo profundo son una misma invitación. La invitación a abrirte a la posibilidad de que tu corazón sabe el camino de regreso a casa y, si se lo permites, te llevará seguro allí.

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No tienes que solucionar algo para estar contigo

Muchos tenemos una idea rígida de cómo debe lucir la espiritualidad. De cómo debe sentirse este momento para poder decirnos a nosotros mismos que estamos bien, en paz, en armonía. Cuando el momento presente no se ajusta a esas expectativas, a veces sentimos que primero debemos arreglarnos o arreglar algo antes de poder estar presentes, antes de poder adentrarnos en lo que está sucediendo ahora.

Si tenemos emociones fuertes o sensaciones físicas incómodas o pensamientos que no nos gustan sobre nosotros o sobre algo más, tendemos a tratar de cambiar esa realidad (la causa de las sensaciones, pensamientos y emociones) antes de permitirnos sentir completamente. Nos decimos, por ejemplo: «cuando se me pase este malestar, podré volver a meditar y a estar anclado en mi corazón».

Pero entonces tratamos de cambiar la realidad desde un estado de desconexión. Y lo que hacemos desde ese nivel de consciencia seguramente tendrá consecuencias acordes a ese nivel de consciencia. Es decir: generaremos más de lo mismo.

Ahora, este momento, tal como es, es perfecto para que de adentres en él, con todo lo que tiene, incluidas las incomodidades, los pensamientos, lo que percibimos como problemas, sin importar nuestras ideas acerca de lo que debería o no debería estar pasando.

No tienes por qué esperar a que cambie lo que sientes en tu cuerpo, lo que pasa en tu cabeza o lo que percibes afuera tuyo para darle la bienvenida al ahora. Haz de tu bienvenida un acto incondicional hacia ti misma. Abrázate, ámate y quédate presente contigo sin importar lo que esté pasando en tu realidad interna y externa. Hazte amiga de tu vida exactamente como es en este momento.

Si algo se debe transformar, esa actitud de aceptación y bienvenida es el punto de partida más poderoso para la transformación. Sólo entrégate y confía. Lo que está aquí es lo que necesitas experimentar para crecer. Es lo que tú misma has creado para evolucionar. No trates de saltar a la siguiente escena de tu vida. Es un truco. Tu vida es ahora. Siempre ahora. Por tanto, hacer las paces con tu vida implica darle la bienvenida ya. En este momento.

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No importa lo que pasó: elige de nuevo

Algo común a la mayoría de las prácticas de meditación es que buscan llevarnos a anclarnos en nuestro ser, a estar presentes, conectados con este momento. Y algo usual que sucede cuando meditamos es que nuestros pensamientos comiencen a divagar y que nos vayamos al pasado, al futuro, a nuestras fantasías y nuestros miedos. Frente a esto, varias de las técnicas de meditación que he practicado recomiendan lo siguiente: si te vas del momento, si te distraes, está bien, no le des importancia, simplemente vuelve a traer tu atención a este momento, a la respiración o a aquello en lo que la técnica te ha pedido que te enfoques. Y, como nuestros pensamientos se van al pasado y al futuro una y otra vez, parte de practicar técnicas de meditación es elegir, una y otra vez, volver a este momento.

Una y otra vez. Sin juzgar lo que pasó. En dónde estaban tus pensamientos hace cinco segundos no importa. Simplemente elige de nuevo. Este momento es todo lo que importa.

Creo que en nuestros días, nuestros meses y nuestros años podemos aplicar una actitud análoga. No importa si te distrajistte de tu propósito el año pasado. Déjalo ir. Simplemente elige de nuevo este año. No importa si el mes pasado volviste a caer en tu adicción. Ya pasó. No lo juzgues. Simplemente elige de nuevo ahora. No importa si hoy has estado desconectado de tu corazón y te has dejado llevar por los fantasmas de la mente. En este momento puedes volver a nacer. Elige de nuevo.

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¿En qué quieres evolucionar?

¿Por qué es usual que los hombres nos sintamos atraídos hacia mujeres con caderas anchas y pechos grandes? ¿Por qué es usual que las mujeres se sientan atraídas hacia hombres musculosos y en buen estado físico? La teoría de la evolución puede dar algunas respuestas a estas preguntas. Y, si miramos más profundo, nos puede dar luces sobre nuestro futuro.

La teoría de la evolución podría responder la primera pregunta de la siguiente manera: Las mujeres con caderas anchas tienen mayor facilidad para dar a luz y aquellas con pechos grandes tienen mayores posibilidades de alimentar adecuadamente a sus recién nacidos. En consecuencia, los hombres que en los inicios de nuestra especie se sintieron atraídos por ese tipo de mujeres tuvieron más posibilidades de transmitir sus genes y fueron «seleccionados». Y explicaciones similares se pueden dar para muchas otras de nuestras características instintivas. ¿Por qué somos omnívoros? Porque esto aumentó nuestras probabilidades de sobrevivir, ya que, al ser nómadas en nuestros inicios, no teníamos un solo tipo de alimentos a nuestra disposición de manera permanente. ¿Por qué un hombre trataría de aparearse con tantas mujeres como le fuera posible? Porque esto aumentaría la posibilidad de que sus genes se transmitieran. Y, volviendo a las preguntas planteadas al inicio, ¿por qué una mujer trataría de escoger un solo hombre con el cual aparearse, preferiblemente fornido y en condiciones físicas óptimas? Porque, al tener que invertir tanta energía en sus hijos y al no poder crear muchos hijos a la vez (como sí puede el hombre), su mejor estrategia evolutiva sería escoger los mejores genes posibles y garantizar que sus pocas crías estuvieran lo más protegidas y tuvieran los mejores cuidados posibles.

Ahora bien, ¿qué tan importante es esto hoy en día? No mucho, pues ninguna de esas características sigue siendo relevante para nuestras posibilidades de transmitir nuestros genes, al menos en las sociedades desarrolladas. En la actualidad, una mujer puede tener hijos y lograr que sobrevivan sin importar el tamaño de sus caderas o sus pechos. Y un hombre puede, al igual que una mujer, cuidar adecuadamente de sus hijos sin importar el tamaño de sus músculos. Los hombres y las mujeres pueden reproducirse sin importar con cuántas personas tengan sexo, e incluso sin tener sexo. Y también podemos sobrevivir y reproducirnos exitosamente comiendo carne todos los días o sin comer carne en absoluto, o con muchas dietas distintas.

En otras palabras, muchos de nuestros hábitos y nuestras elecciones ya no son determinantes para nuestra capacidad de reproducirnos. Esto implica que es probable que las características descritas en el primer párrafo desaparecerán a medida que evolucionemos, junto con muchas otras características que tienen explicaciones similares desde el punto de vista de la teoría de la evolución.

Lo maravilloso de esto es que los hábitos que desarrollemos a futuro son aquellos que elijamos conscientemente, pues tenemos a nuestra disposición muchas posibilidades distintas compatibles con nuestra supervivencia como especie. Podemos elegir evolucionar en lo que queramos. Podemos elegir evolucionar en una especie que come carne o que no come carne. Podemos elegir evolucionar en una especie en la que todos tenemos sexo con todos o en la que todos somos célibes (o en la que esto no importa en absoluto). Podemos elegir evolucionar en una especie en la que hay estándares de belleza física indispensables para elegir una pareja o podemos elegir ser una especie en la que elegimos nuestras parejas guiados por nuestro corazón y no por la necesidad biológica de encontrar un espécimen físicamente ideal para reproducirnos. Podemos elegir parejas de nuestro mismo sexo y reproducirnos mediante la tecnología si lo deseamos. Podemos tener sexo sin que el hombre eyacule y usar la energía sexual para despertar nuestra consciencia, como se recomienda en algunas prácticas espirituales. O podemos elegir no reproducirnos y ayudar a cuidar a los demás miembros de nuestra especie. Podemos elegir permanecer en el futuro de nuestros semejantes, no a través de nuestros genes, sino a través de nuestras ideas, nuestras creaciones y nuestro ejemplo.

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido tantas opciones para elegir. Está en nuestras manos aquello en lo que queremos evolucionar.

Sin embargo, la misma tecnología que nos permite todas estas elecciones nos impone un gran reto. Ahora tenemos la posibilidad de autodestruirnos. Tenemos la capacidad de matar a la gran mayoría de los seres humanos. Podemos modificar el planeta Tierra hasta el punto en que ya no sea apto para nuestra especie. La amenaza de una guerra mundial con consecuencias catastróficas es real. Confío en que no sucederá, pero es una posibilidad real, que no existía un par de siglos atrás.

Esto implica que, si queremos sobrevivir, debemos desarrollar y cultivar ciertas características como especie. Las más importantes de todas son, en mi opinión: la consciencia, la presencia, el amor; la capacidad de ver más allá del miedo, ese mismo miedo que fue fundamental para que sobreviviéramos en los inicios de nuestra especie pero que hoy ya no es necesario; la empatía y el respeto, la capacidad de ponernos en el lugar del otro y permitirle seguir su camino; la capacidad de confiar y perdonar; la capacidad de encontrar la plenitud dentro de nosotros, sin necesidad de consumir compulsivamente a costa de nuestro planeta y, por tanto, de nuestro futuro.

Podemos elegir cuál será el siguiente paso en nuestra evolución. Por primera vez en la historia de la evolución, el siguiente salto evolutivo puede estar guiado en gran medida por decisiones conscientes.

¿En qué quieres evolucionar? Lo estás eligiendo a cada momento con tus acciones y elecciones.

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En este momento tienes una oportunidad sagrada

En los monasterios zen es común que una gran parte de la práctica espiritual de los monjes consista en hacer tareas cotidianas. Lavar los platos, tender las camas, barrer el piso.

Para los monjes, esas actividades son oportunidades sagradas para adentrarse en el momento presente. Para encontrar, en lo profundo de aquí y ahora, la plenitud que siempre está esperando a que tomemos consciencia de ella.

Por supuesto, para hacer esa práctica espiritual no es necesario estar en un monasterio. Solo por hoy, asume tus responsabilidades cotidianas como oportunidades sagradas, pues en verdad lo son. Entrégate completamente a cada momento. Como si el mundo se fuera a acabar en media hora y Dios se te apareciera y te dijera que tu última prueba antes de entrar al Cielo es hacer una sola tarea, esa que tienes en frente, con atención plena.

Cuando vayas de tu cuarto al baño, asume ese instante como parte de la prueba sagrada. Cuando comas. Cuando te bañes. Cuando estés sentada esperando el bus. Cuando estés manejando.

Cada momento es una puerta a la plenitud sagrada que mora en tu corazón, si así decides asumirlo.

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Elige bien tus pensamientos, crean tu realidad

¿Que tanto pueden afectar los pensamientos la materia?

Personalmente, creo que la realidad última es pensamiento, y que la materia, el tiempo y el espacio son solo ilusiones creadas por el pensamiento. Si esto es así, por supuesto que el pensamiento puede afectar la materia, pues directamente la crea.

Sin embargo, no me interesa aquí convencerte de esas creencias. Aun si no las aceptas, hay un caso claro en el que debes reconocer que, sin lugar a dudas, el pensamiento afecta la materia. Me refiero a los movimientos de tu cuerpo. Tus pensamientos tienen el poder de hacer mover tu cuerpo. Puedes decidir actuar o quedarte quieta. Y tus pensamientos pueden promover la acción o impedirla.

Así pues, es obvio que los pensamientos transforman la realidad. Pues lo que hacemos los seres humanos depende de lo que pensamos, y con nuestras acciones creamos nuestra realidad. Por tanto, nuestra realidad depende de la calidad de nuestros pensamientos.

¿A qué tipo de acciones te están llevando tus pensamientos? Y ¿qué realidad estás creando a través de esas acciones? Si te gusta tu realidad, sigue pensando así. Si hay aspectos que no te hacen feliz, te tengo una buena noticia: puedes elegir pensar de una forma diferente. Elige pensamientos que te lleven a emprender las acciones que consideras necesarias para crear la realidad que deseas.

Eres una creadora. Eres poderosa. Y tus pensamientos son más potentes y más poderosos de lo que imaginas. Elígelos con consciencia.

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No esperes un premio en el futuro

Desde pequeños se nos enseñó a perseguir premios y a huir de castigos. El que tenga mejor nota recibirá una medalla y un regalo de sus padres. Y esa mentalidad se quedó grabada en muchos de nosotros y nos acompaña todavía. Pero ¿nos sirve?

Esa mentalidad hace que nuestro dar no sea incondicional. Es decir, no damos por el placer de dar; damos para recibir. Cuando damos, tenemos una exigencia al universo. «Me he portado bien. Por tanto, debes darme mi recompensa. Si no me la das, haré una pataleta, me deprimiré y dejaré de dar lo que estaba dando». Somos como niños pequeños pidiéndole un dulce a su madre.

Cuando hacemos las cosas desde esa mentalidad, nos perdemos el placer de este momento, el placer de hacerlas. Pues desde esa mentalidad siempre estamos mirando al futuro, al premio que esperamos recibir. Lo irónico es que al dar tenemos ya el premio en nuestras manos. Dar es el premio. Dar es la bendición. Dar es el gozo. Pero lo pasamos por alto, esperando que algo bueno nos pase como recompensa por habernos portado bien.

Incluso esperamos premios por meditar. Me siento a meditar y espero a cambio la iluminación o algún adorno para mi ego espiritual. Y ese mirar al futuro y esperar hace que realmente no meditemos. Ya nos han sido dados todos los regalos. Pero no los vemos. Pues miramos afuera, al futuro, a una idea de cómo deberían lucir las cosas cuando el universo por fin nos dé el premio que tanto anhelamos.

Te invito a mirar desde qué lugar haces las cosas, si por el gozo mismo de hacerlas o para recibir algo a cambio en el futuro. Y te invito a gozar al dar. Te invito a abrir el regalo que viene implícito en el dar y que está disponible para ti en el mismo momento en que das. Ahora. No tienes necesidad de esperar un premio en el futuro.

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Entrégate a la vida, así sepas que vas a perderlo todo

El budismo señala que el apego a las cosas causa inevitablemente sufrimiento. Pues apegarse a algo significa que sufrimos con su ausencia. Y todo a lo que jamás nos apeguemos inevitablemente va a desaparecer.

Vas a envejecer y tu cuerpo va a morir, o tal vez tu cuerpo muera antes de envejecer. Al igual que el cuerpo de todas las personas que conoces. Y todo lo que ves a tu alrededor, incluido el sol y las estrellas, va a morir también algún día. Pero nada de eso te impide ser feliz ahora. Nada de eso te impide estar plena ahora. Nada de eso te impide entregarte con todo tu corazón a este momento.

Cuando caemos en cuenta de esto, aprendemos a disfrutar inmensamente el momento presente, pero no nos apegamos a lo que hay en él, pues sabemos que es imposible retener nada.

Paradójicamente, al ser conscientes de que todo cambia y se transforma, superamos nuestro temor de perder y nos permitimos jugar con el mundo, sabiendo que todo con lo que jugamos desaparecerá en algún momento.

No dejes de entregar y poner tu corazón en todo lo que hagas solo por miedo a ser herida cuando aquello que amas desaparezca. No tiene sentido protegerte del dolor de las pérdidas. Algún día perderás inevitablemente todo lo que tienes en el mundo. Mejor entrégate cien por ciento al juego. Sumérgete hasta lo más profundo de la vida. Ríe, ama, llora. Allí, en la médula de la experiencia, entregada por completo a esta experiencia de cambio constante, encontrarás un amor profundo que no cambia, que está más allá del tiempo. Ese amor es tu verdadera esencia, que siempre está por debajo de todo lo que aparece y desaparece.

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