Un pequeño relato sobre cómo he ido aprendiendo el arte de vivir

Deja que la mente se calme y el corazón se abra. Entonces todo será muy evidente.

            Sri Sri Ravi Shankar

“Existir es un hecho, vivir es un arte”. Estas palabras, sencillas y poderosas, las dijo Sri Sri Ravi Shankar, fundador de El Arte de Vivir, y tienen un significado mucho más profundo de lo que nos podemos imaginar. Cuando escuché estas palabras por primera vez, caí en cuenta de que no puedo hacer nada respecto al hecho de existir, pero sí puedo decidir cómo vivir. Llegamos a este mundo a vivir con muchas metas a las que supuestamente debemos aspirar, pero no nos enseñan el fin más trascendental, uno que le dé sentido a nuestra vida. Y esto no nos lo tiene que dar nadie porque ya está en nosotros, pero todo el ruido en el que estamos inmersos permanentemente nos impide ver lo evidente.

Para volver a nuestra esencia, a lo simple, a nuestro de ser, necesitamos vivir la vida como un arte; esto es lo que le da sentido. La Fundación El Arte de Vivir hace precisamente eso, al enseñar herramientas prácticas que nos permiten ahondar en nosotros mismos para darnos cuenta de que todo el amor y la felicidad que buscamos por fuera está realmente adentro de nosotros.

Suena muy difícil de creer y un poco abstracto; usualmente necesitamos que nos den ejemplos concretos y cuantificables de la vida práctica sobre qué vamos a obtener y cómo lo vamos a conseguir. Todos estos argumentos me convencieron de tomar un curso en esta fundación llamado Happiness Program, el programa de la felicidad. Hasta ese momento, llevaba una vida que podría considerarse normal: un trabajo y algo de vida social y familiar. Pero no tenía un propósito claro y fuerte para vivir y había tenido algunos episodios depresivos. Cuando hice el curso experimenté mucha felicidad y claridad, como hacía muchos años no había sentido. Fue esta experiencia sencilla y a la vez transformadora lo que me hizo ver que antes solo existía, pero que adicionalmente podía vivir feliz.

¿Cómo se logra esto con un curso de tres días? Con lo que ya todos hacemos inconscientemente: respirando. Hay una serie de procesos y ejercicios, pero todo gira alrededor de la respiración y la técnica traída por Sri Sri, llamada Sudarshan Kriya. Esta técnica permite oxigenar y desintoxicar el cuerpo, generando el mismo efecto en la mente y las emociones. Así de simple.

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No puedo cuantificar cuánto mejoró mi productividad, cuántas veces más sonreí por día después de esta experiencia, cuántas discusiones inútiles evité. Después de este curso mi cambio fue evidente ante todos los que me conocen y mis relaciones interpersonales mejoraron. Trascendí la existencia y empecé a vivir. No fue que me revelaran un propósito de vida, simplemente dejé de necesitar un propósito concreto porque me sentí plena y completa, y la sonrisa empezó a acompañarme más seguido.

La experiencia del curso me inspiró a profundizar en la meditación y el yoga. Cuando uno lleva tanto tiempo viviendo a medias y encuentra algo que lo ayuda a sentirse bien, quiere ir más allá. Posteriormente, decidí ir a India, a la fuente de este conocimiento. Ese viaje me ayudó a volver a la esencia en medio de la simplicidad y a sentir gratitud infinita por cada detalle de la vida. Me sentía infinitamente agradecida por esa gran oportunidad, por poder dejar mi trabajo de oficina para emprender una aventura. Fue la primera vez que me permití hacer algo que realmente quería a pesar de no ser lo más lógico. La cultura india me enseñó lo que es el servicio desde el corazón, la entrega, la generosidad. En principio fui a tomar un curso y me quedé de voluntaria en el Centro Internacional de El Arte de Vivir en Bangalore. Estaba feliz de servir, de hacer algo por alguien más, y a la vez entendí que el servicio enriquece más al que lo presta que al que lo recibe.

Se despertó en mí un sentido de responsabilidad orientado al servicio. Recuerdo haberlo tenido cuando niña y haberlo abandonarlo casi por completo al entrar a la universidad, donde me presionaba pensando que todo lo que hiciera tenía que ser en función del éxito profesional. Estando en India fui inspirada por Sri Sri, quien ha actuado como mediador en varios conflictos en el mundo, incluyendo el conflicto colombiano, y sentí la necesidad de volver a Colombia a trabajar por la construcción de la paz.

Estoy convencida de que las herramientas de El Arte de Vivir pueden sanar las heridas que la violencia ha causado (ya lo ha logrado en algunas personas que han sido víctimas o que han estado involucradas en el conflicto, cuya respuesta ha sido muy positiva). Incluso, sin ir tan lejos, estas técnicas pueden devolverle la sonrisa a las personas que se han dejado contagiar por el estrés del día a día.

Por todo lo anterior me encuentro en proceso de convertirme en instructora de estos cursos. Quiero poder transmitirle a más personas las herramientas y el conocimiento que he adquirido y que puedan sentir esto tan inmenso y hermoso. A ti que estás leyendo este artículo te invito a que tomes el Happiness Program y te des la oportunidad, como lo hice yo, de experimentar el arte de vivir feliz y en paz.

Por: María Andrea Forero

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El Arte de Vivir es una ONG humanitaria, educativa y sin fines de lucro fundada en 1981 por Sri Sri Ravi Shankar. Su trabajo, en más de 160 países, está enfocado en el manejo del estrés y en las iniciativas de servicio para el bienestar de la comunidad.

En 1981 Sri Sri Ravi Shankar estableció la Fundación El Arte de Vivir, una organización no  gubernamental de carácter humanitario y educativo con estatus consultivo en el Consejo  Económico y Social (ECOSOC) de las Naciones Unidas. La fundación formula e implementa soluciones duraderas para los conflictos y problemas que enfrentan individuos, comunidades y naciones.

El Arte de Vivir está presente hace 10 años en Colombia. Ha realizado labores humanitarias con poblaciones en situación de vulnerabilidad (víctimas, desmovilizados, personas privadas de la libertad, entre otros) en diferentes zonas del país que han beneficiado a más de veinte mil personas.

Datos de contacto en Colombia:

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La importancia de aceptarnos a nosotros mismos incondicionalmente

Hace poco estuve hablando con un amigo que está comenzando una nueva relación sentimental. Él llevaba algún tiempo buscando una relación, pero las cosas no se le habían dado muy bien. Sin embargo, ahora se veía radiante y estaba muy feliz con su nueva compañera de viaje. Cuando le pregunté por qué creía que las cosas habían comenzado a fluir para él, me respondió algo hermoso: “El error está en creer que tiene que uno tiene que cambiar algo para merecer el amor. Uno cree que primero tiene que sanar sus miedos, que primero tiene que volverse más esto o menos de esto, que debe mejorar, porque tal como uno es ahora, exactamente como uno es ahora, no merece ser amado. Y bueno, yo me di cuenta de que yo merecía el amor exactamente como soy ahora. Que así como estoy, exactamente en este punto de mi camino, merezco una compañera con la cual compartir esta parte de mi viaje justo como soy ahora”.

Esa respuesta me pareció reveladora. Sobre todo, porque no se aplica solo a las relaciones amorosas: también vale para la relación que tenemos con nosotros mismos, de la cual todas las demás relaciones son solo espejos. Muchos pasamos gran parte de la vida rechazando el momento exacto por el que estamos pasando, rechazando lo que somos y como somos justo ahora. Creemos que merecemos y podemos ser felices, pero en el futuro, después de que logremos ciertas cosas, después de que cambiemos. En el fondo, creemos que, tal como somos ahora, no merecemos el amor ni la felicidad. Entonces nuestra energía se vuelca hacia afuera; nos fastidia mirar adentro, pues allí solo vemos lo que está mal, lo que queremos que sea diferente, y por eso nos enfocamos en tratar de cambiar aquello que no nos gusta. Es como si dijéramos: cuando cambie y sea mejor, cuando sea merecedor, podré estar a gusto conmigo mismo. Cuando arregle lo que tengo que arreglar, podré estar conmigo y darme amor. Ahora no. Ahora debo concentrarme en arreglar lo que no funciona, en conseguir lo que me falta.

Sin embargo, esta forma de ver las cosas es un disparate. Esta confusión queda explicada muy bien por el siguiente proverbio: “El ego dice: cuando todo afuera esté en su lugar, podré estar en paz. El alma dice: cuando esté en paz, todo afuera se acomodará en su lugar”. Pero no solo se aplica a la paz, sino también, y de manera especial, como lo he sugerido, al amor. Neale Donald Walsh, el autor de Conversaciones con Dios, lo expresa de una forma hermosa y radical. Dice: “No hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame más, y no hay nada que podamos hacer que lleve a que Dios nos ame menos”. En otras palabras, el amor de Dios es incondicional.

En nuestra experiencia humana, quizás uno de los ejemplos más claros de amor incondicional es el que experimenta una madre hacia su recién nacido. ¿Habrá algo acaso que pueda hacer el pequeño para que su madre lo ame menos? ¿Si comete una torpeza, ella dejará de quererlo? ¿O habrá algo que pueda hacer para que lo ame más?, ¿habrá algún logro o alguna cosa que pueda conseguir que lo haga más digno del amor de su madre? Obviamente no. El amor de una madre hacia su recién nacido es puro. No depende de que su bebé haga o deje de hacer algo. No tiene condiciones. Simplemente es.

Entonces, independientemente de si crees o no en Dios, la invitación es a que te des cuenta de que mereces el amor de forma incondicional. Para empezar, mereces tu amor justo ahora. Con todos los defectos que puedas tener. Con todos tus errores y todos tus aciertos. Con todos tus logros y todos tus fracasos. Con tus destrezas y tus incapacidades. Con tu inteligencia y tu torpeza. Con tu belleza y tu fealdad. Más allá de todos eso, mereces tu amor más profundo y más puro.

Para mí, al menos, fue muy liberador darme cuenta de que podía dejar de huir y de correr desesperadamente tratando de lograr algo para ser merecedor del amor, de mi amor. Ahora bien, ¿significa esto que ya no hay razones para mejorar, para cambiar nuestros hábitos, para esforzarnos por ser mejores personas? No, claro que no significa eso. Lo que sí significa es que trataremos de cambiar por razones diferentes a las anteriores. Ya no trataremos de mejorar por miedo a no ser amados, por miedo a no ser merecedores. No, ahora podremos cambiar por el placer de dar lo mejor de nosotros, de ser capaces de expresar y experimentar más, y por el placer de dar más y compartir más del amor que ya tenemos, y que no podemos dejar de tener, pues lo merecemos incondicionalmente.

 

 

Sobre el perdón, el amor y el castigo

La idea del castigo aún está profundamente arraigada en muchos de nuestros sistemas de creencias. Si alguien hace algo que llamamos “malo”, creemos que debe pagar por ello; en otras palabras: creemos que la venganza es necesaria. ¿Por qué? Por una parte, porque pensamos que el temor al castigo es una buena forma de garantizar que no haremos —y que los demás no harán— aquello que tememos; y por otra, porque creemos que causarle dolor a quien nos ha herido hará que nuestro propio dolor disminuya. Pero ¿es esto cierto? ¿La mejor forma para empezar a comportarnos de forma amorosa es llenarnos de miedo? ¿El dolor de otros en realidad nos llevará a ser felices y a sanar nuestras heridas?

Como es natural, estas ideas se ven reflejadas en nuestras creencias religiosas. Creemos entonces en un Dios implacable que juzga nuestras acciones y de acuerdo con eso decide si merecemos ser premiados o castigados. O a veces esas mismas ideas adoptan la forma de la creencia en el karma: en este caso, es el universo mismo el encargado de pasar la cuenta de cobro, y se asegurará de que nuestras acciones nos persigan vida tras vida hasta que paguemos por ellas. Sea como sea, nuestra visión de la vida es una en la que el castigo es necesario; quien ha hecho sufrir a otros o ha causado males de cualquier clase debe sufrir antes de poder ser redimido.

Una consecuencia de esta forma de pensar es que nos castigamos a nosotros mismos para poder sentirnos bien. A veces lo hacemos de forma consciente. Así, en la Edad Media eran comunes los flagelantes, quienes creían que las heridas que ellos mismos se infligían con sus látigos y otros instrumentos de tortura eran un pago justo y necesario por el perdón y la paz que anhelaban. Otras veces, no obstante, nos castigamos de forma inconsciente. En esos casos adoptamos comportamientos que nos llevan a sufrir de forma recurrente, pues solo después del sufrimiento somos capaces de sentirnos nuevamente merecedores de nuestro propio amor. O nos autosaboteamos: hacemos cosas que nos llevan a privarnos de aquello que amamos y queremos, o de alguna forma destruimos nuestro propio bienestar, todo porque en el fondo creemos que no merecemos ser felices hasta que no paguemos por nuestro pasado.

Ahora bien, a medida que evolucionamos, este panorama lúgubre comienza a cambiar y empiezan a surgir formas más amorosas de dirigir nuestras acciones, nuestras vidas y nuestras sociedades. Empezamos a tomar consciencia de que cada acto “perverso”de los demás y de nosotros mismos es, muy en el fondo, solo una súplica de amor. Por tanto, comenzamos a ver que el amor es la respuesta más apropiada ante cualquier demostración de ignorancia o inconsciencia.

Sin embargo, esto no quiere decir que lo que hacemos no tenga consecuencias. Todo lo que hacemos tiene consecuencias, y eso es maravilloso, pues nos permite aprender. Las consecuencias nos permiten ver cuáles de nuestros comportamientos nos ayudan a experimentar lo que deseamos y cuáles no nos sirven. Sin embargo, esto es muy diferente de la idea del castigo. El propósito de las consecuencias no es premiarnos ni castigarnos. Y lo más importante: no necesitamos sufrir para ser merecedores del amor. Siempre somos merecedores del amor, del nuestro y del amor del universo, y nada que hagamos podrá jamás cambiar eso.

El dolor que experimentamos al quemarnos con una llama nos sirve para aprender a usar el fuego de forma apropiada, pero no es un castigo por nuestra ignorancia inicial sobre este. El universo no nos está castigando por ignorar lo que es el fuego. Simplemente nos permite experimentar lo que necesitamos para aprender y madurar. Cuando comenzamos a ver las cosas de esa manera, nos volvemos más amorosos con nosotros mismos. Nos permitimos aprender y actuamos motivados por lo que queremos experimentar, y dejamos de actuar por miedo a ser castigados.

Una de las parábolas más hermosas de Jesús es la del hijo pródigo. En esta historia hay un padre adinerado que tiene dos hijos. Uno de ellos es trabajador y siempre ayuda en las labores de su casa. El otro, en cambio, abandona su hogar y se va por el mundo derrochando sus riquezas; luego, cuando se le acaban los recursos y comienza a sufrir por haberlos malgastado, regresa arrepentido a la casa de su padre. Para sorpresa del hijo que se había quedado trabajando, el padre recibe al hijo pródigo con una fiesta y lo colma de regalos. Desde el punto de vista de los premios y los castigos, esta historia parece un poco injusta, ¿no? Sin embargo, esta es la respuesta del Amor: siempre le da la bienvenida a quien desea regresar a Él. No es necesario que antes haya un castigo.

El Amor se entrega por igual a todos los que abren los brazos para recibirlo. Espera en lo profundo de cada persona, con infinita paciencia. Y colmará de regalos y bendiciones a todo aquel que desee regresar la profundidad en la que Él mora. El único propósito del sufrimiento fue permitirle al hijo pródigo reconocer que deseaba volver a la casa de su padre. En ningún momento ese sufrimiento fue un pago que el hijo tuviera que hacer para volverse merecedor del amor de su padre de nuevo. Y si decide volver a irse y regresa de otra vez, es seguro que el padre nuevamente lo recibirá con un agasajo. Esa el la justicia del Amor: se da por igual a todos aquellos que estén dispuestos a recibirlo. No importa nunca lo que haya pasado antes. Si en este momento alguien ha decidido regresar a la casa del padre amoroso, descubrirá que las puertas nunca han estado cerradas.

Una de las ideas más revolucionarias de Un Curso de Milagros es que Dios no perdona. Jamás podría hacerlo, pues para perdonar es necesario haber condenado primero, y Dios nunca condena porque no juzga. Somos solo nosotros los que debemos aprender a perdonarnos a nosotros mismos, pues nos hemos juzgado y nos hemos condenado. Y nos perdonaremos cuando aprendamos a vernos con los ojos del Amor. Cuando esto suceda, perdonaremos también a los demás automáticamente, pues nuestra relación con ellos es solo un reflejo de nuestra relación con nosotros mismos. Al verlos con los ojos del Amor, no podremos más que reconocer que son merecedores de nuestro amor, y que nada que hagan podrá jamás alterar eso. Llegará así el perdón verdadero, que no es más que el reconocimiento de que el perdón es por completo innecesario, pues no hay nada que perdonar.

Por: David González

 

 

El entendimiento recto

Por: Jack Kornfield

El camino hacia el despertar comienza con un paso que Buda llamó entendimiento recto. El entendimiento recto tiene dos partes. Para empezar, se le plantea una pregunta a nuestros corazones. ¿Qué es lo verdaderamente valioso para nosotros, qué es lo que de verdad nos importa en esta vida? Nuestras vidas son muy breves. Nuestra niñez pasa muy rápido, y luego pasan la adolescencia y la vida adulta. Podemos ser complacientes y dejar que nuestras vidas desaparezcan en un sueño, o podemos volvernos conscientes. Al comienzo de la práctica debemos preguntarnos qué es lo más importante para nosotros. Cuando estemos listos para morir, ¿qué desearemos haber hecho? ¿A qué le daremos más valor? Al momento de morir, las personas que han tratado de vivir conscientemente solo hacen una o dos preguntas sobre sus vidas: ¿Aprendí a vivir con sabiduría? ¿Amé bien? Podemos comenzar haciendo estas preguntas ahora.

Este es el comienzo del entendimiento recto: mirar nuestras vidas, ver que son impermanentes y fugaces, y tener en cuenta aquello que nos importa en lo más profundo. Del mismo modo, podemos mirar al mundo a nuestro alrededor, en el que hay una gran cantidad de dolor, guerra, pobreza y enfermedad. ¿Qué requiere el mundo para fomentar una existencia segura y compasiva para todos? El sufrimiento y la lucha humana no se pueden aliviar simplemente con un cambio de Gobierno o una nueva política monetaria, aunque estas cosas podrían ayudar. En el nivel más profundo, problemas como la guerra y el hambre no se pueden solucionar exclusivamente mediante a la política y la economía. La fuente de estos problemas son los prejuicios y el miedo que yacen en el corazón humano, y su solución también está en el corazón. Lo que el mundo necesita es menos gente que esté limitada por los prejuicios. Necesita más amor, más generosidad, más compasión, mentes más abiertas. La raíz de los problemas humanos no es la falta de recursos, sino la falta de entendimiento y  el miedo y la separación que se encuentran en los corazones de las personas.

El entendimiento recto requiere que reconozcamos y entendamos la ley del karma. El karma no es solo una idea mística sobre algo esotérico como vidas pasadas en el Tibet. El término karma se refiere a la ley de causa y efecto. Esto significa que lo que hacemos y la forma en la que actuamos crean nuestras experiencias futuras. Si estamos furiosos con muchas personas, empezamos a vivir en un clima de odio. La gente se pondrá furiosa con nosotros como consecuencia. Si cultivamos amor, este retorna a nosotros. Simplemente se trata de cómo funciona la ley en nuestras vidas.

Alguien le preguntó a una instructora de vipassana, Ruth Dennison, si podía explicar el karma de manera muy simple. Ella respondió: “Claro. ¡El karma significa que no te sales con la tuya con nada!”. Cualquier cosa que hagamos, cualquier forma en la que actuemos, crea aquello en lo que nos convertimos, aquello que seremos y la forma como será el mundo a nuestro alrededor. Entender el karma es maravilloso porque esta ley trae consigo la posibilidad de cambiar la dirección de nuestras vidas. En realidad podemos entrenarnos y transformar el clima en el que vivimos. Podemos practicar ser más amorosos, más despiertos, más conscientes, o lo que sea que queramos. Podemos practicar en retiros o mientras manejamos o mientras esperamos en la fila para pagar en el supermercado. Si practicamos la bondad, espontáneamente comenzaremos a experimentar más y más bondad dentro de nosotros y en el mundo a nuestro alrededor.

Hay una historia del personaje sufi Mulá Nasrudín, quien es un tonto y un sabio al mismo tiempo. Un día estaba en su jardín esparciendo migas de pan sobre los macizos de flores. Un vecino de acercó y le preguntó: “Mulá, ¿por qué estás haciendo eso?”.

Nasrudín respondió: “Oh, lo hago para alejar a los tigres”.

El vecino dijo: “Pero no hay tigres en miles de kilómetros a la redonda”.

Nasrudín replicó: “Es muy efectivo, ¿no?”.

La práctica espiritual no es una repetición sin sentido de un ritual o de un rezo. Funciona cuando tomamos consciencia de la ley de causa y efecto y alineamos nuestra vida con esta. Quizás podemos ver el potencial para despertar en nosotros, pero también debemos ver que no sucederá por sí solo. Hay leyes que podemos seguir para hacer realidad este potencial. La forma como actuamos, como nos relacionamos con nosotros mismos, con nuestros cuerpos, con la gente a nuestro alrededor, con nuestro trabajo, crea la clase de mundo en que vivimos, crea nuestro propio sufrimiento o nuestra propia libertad.

Traducido por: David González

Tomado de: https://jackkornfield.com/right-understanding/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

Puedes conocer más sobre él en su página web.

Claves sencillas para crear lo que queremos: comentarios sobre la ley de la atracción

Cuando era pequeño me encantaban los videojuegos. Eran mi pasión y mi obsesión. Nada en esa época me producía más placer. Sin embargo, mis padres creían que los videojuegos no eran buenos para mí y, aunque no me los prohibieron, nunca me compraron uno. Pero eso no mermó mi fascinación. Jugaba cada vez que podía en la casa de mis amigos y gastaba el poco dinero que tenía comprando revistas en las que podía ver imágenes de los juegos que tanto deseaba. Leía una y otra vez las reseñas de los últimos títulos que habían salido al mercado. Hacía listas de los juegos que quería y las miraba y reescribía una y otra vez. Esa era mi forma de disfrutar lo que no tenía, de acercarme lo más posible a aquello que deseaba. Así me sumergía en mi pasión y saboreaba esos juegos, aunque no los tenía. Por supuesto, deseaba comprar la consola de videojuegos más avanzada de ese entonces, pero se veía como algo tan lejano que realmente nunca tuve un plan para conseguirla.

Por esa misma época mi abuelo tenía un almacén de semillas e insumos agrícolas y, como yo ya tenía suficiente edad, una tía que trabajaba allí me invitó a colaborar unas vacaciones. Lo hice con gusto. El almacén era un lugar lleno de vida y la pasaba bien allí. Me gustaba interactuar con los clientes y explicarles cómo sembrar las semillas y cómo usar los abonos y cómo usar los productos que vendíamos para liberar sus plantas de las plagas que las acechaban. Pronto me volví un gran vendedor. Disfrutaba tanto lo que estaba haciendo que no me cansaba, y cada vez que entraba un nuevo cliente en la tienda era para mí motivo de regocijo.

Al final de las vacaciones, mi tía me llamó y me dijo que quería hablar conmigo. Para mi sorpresa, me entregó una gran cantidad de dinero como pago por mi trabajo. Como no lo esperaba y como me pareció excesivo el pago, traté de rechazarlo, pero ella insistió. Me amaba —y aún me ama— y esa era su forma de decírmelo y de darme las gracias. Anonadado, esa misma tarde abrí mi primera cuenta bancaria y al día siguiente fui al sector de la ciudad donde vendían videojuegos. Todos aquellos que había deseado comenzaron a aparecen por donde caminaba, y los compré todos. Recuerdo que había un juego que había deseado con especial intensidad, pero ya no estaba a la venta, pues era antiguo y lo habían descontinuado hace años; por esos días me llamó el único amigo que conocía que tenía ese juego y me preguntó si quería comprárselo, ya que necesitaba el dinero. Fue una época de gran felicidad para mí. Disfruté esos juegos como el niño pequeño que era.

Cuento esta historia porque creo que es la vez en mi vida en la que mejor he aplicado la ley de la atracción, y ahora, luego de muchos años, esos recuerdos se han convertido en enseñanzas que quiero compartir. Si estás leyendo este artículo es probable que hayas oído hablar de la ley de la atracción. Hay muchos libros y videos al respecto. La idea es que si quieres crear algo, enfoques tus pensamientos, tus emociones y tu vibración en eso y lo visualices,  y de esa manera lo atraerás. Es una idea simple y poderosa, pero puede no ser tan fácil de aplicar. Mucha gente —incluido yo— ha tratado de ponerla en práctica y luego la ha descartado porque no funciona. “He hecho afirmaciones diciéndome que soy próspero y que tengo lo que quiero, pero no ha funcionado para mí. Aquí estoy, todavía sin crear lo que deseo”. A continuación, presento algunas enseñanzas sobre la ley de la atracción que he extraído de mi experiencia infantil:

La emoción es más importante que el pensamiento

Sin duda, lo que puso en marcha al universo fue mi pasión, que era desaforada. Fue el placer que sentía, la felicidad que sentía al mirar las fotos en las revistas y al imaginarme jugando. Fue la intensidad de ese placer lo que me ayudó a volver realidad mis deseos infantiles. Muchas veces la ley de la atracción se enfoca en el pensamiento, en repetir afirmaciones. Y esto puede ayudar, pero tan sólo en la medida en que esos pensamientos realmente nos lleven a sentir, a experimentar el placer de tener ya aquello que deseamos. El universo responde a nuestra vibración, no a las palabras que repetimos en nuestra mente. Lo importante es cuál es nuestra experiencia. El pensamiento no significa nada si no eleva nuestra vibración. Por esto es por lo que la visualización es tan importante. Pero, además, para que la visualización sea pura, debemos disfrutarla realmente, no usarla ccomo un simple medio, y esto se relaciona con la siguiente enseñanza:

 La inocencia es importante

Lo que más me ayudó a crear lo que quería fue que di lo mejor de mí sin esperar nada a cambio, sin una intención oculta o una exigencia secreta para con el universo. En mi inocencia infantil, nunca creí que me fueran a pagar por trabajar esas vacaciones. Simplemente lo disfruté. Es más, algunos años después volví a trabajar al almacén de mi abuelo, esta vez con la intención de hacer dinero, pues ya sabía que me pagaban bien. Esa vez no lo disfruté. Simplemente dejaba pasar las horas esperando que terminara cada día, esperando que llegara el día de la paga. Ya no disfruté atender a los clientes; los veía sólo como un obstáculo, algo que debía atravesar para obtener lo que quería. La sorpresa esa vez fue que no me pagaron: mi tía me dijo que estaban teniendo dificultades económicas y que lamentaba no poder darme dinero por mi ayuda.

Por otra parte, ahora me doy cuenta ahora de que, al hacer listas y dibujos y al imaginarme disfrutando de los juegos, hice lo que ahora llamo visualizar, pero  en ese entonces no lo sabía, y por tanto mi intención no era lograr algo con eso, sino simplemente disfrutarlo, y esa es una clave importante. Mi energía estaba enfocada en disfrutar mi pasión tanto como me lo permitían mis medios: ver revistas y hacer listas y dibujos era para mí, ante todo, una forma de realmente gozar aquello que deseaba. No era un trabajo que hacía para obtener algo, era algo que hacía porque me encantaba hacerlo. Se puede ver la similitud entre esto y lo que pasó en mi trabajo en el almacén: cuando la energía está enfocada en gozar, crea; cuando está enfocada en obtener, se estanca.

No hay por qué entender el camino

Otra cosa que me maravilla sobre cómo creé lo que quería es que nunca vi venir el resultado. Simplemente tuve un deseo, pero nunca me imaginé por qué canal o por cuál camino iba a llegar. Ahora veo que eso le dejó todas las puertas abiertas al universo. Muchas veces, al tratar de aplicar la ley de la atracción, terminamos dándole órdenes al universo sobre cómo queremos que sucedan las cosas. Es como si hubiera muchas puertas, pero decidiéramos que sólo por una de ellas debe llegar lo que queremos; entonces nos sentamos frente a esa puerta a esperar, y no vemos lo que está llegando por las otras, es más, ni siquiera nos damos cuenta de que existen.

Si hubiera estado haciendo planes para obtener lo que quería, es posible que esas vacaciones no hubiera ido al almacén de mi abuelo. ¿Trabajar gratis cuando necesito obtener el dinero para comprar lo que quiero? No, gracias. Seguramente esa habría sido mi respuesta. Pues al comienzo del camino, no veía cómo de ese trabajo podría surgir lo que deseaba. Pero como no estaba pendiente de obtenerlo, flui con el camino que la vida me puso en frente, y ese resultó llevarme, sin que yo lo esperara, hacia aquello que deseaba.

Ahora veo que eso se relaciona con una de las claves de la ley de la atracción: no debemos restringir nuestros deseos por las puertas que vemos en frente, por los caminos que somos capaces de imaginar que nos llevarán a lo que queremos. Lo que importa es la intensidad del deseo. Si este es puro e intenso, el camino seguramente aparecerá sin que nos demos cuenta.

Por: David González

 

Cómo sería el mundo si todos estuviéramos en el mismo barco

El siguiente texto fue tomado del libro Lo único que importa, de Neale Donald Walsh (el final del capítulo 39). Es una breve reflexión sobre por qué no debemos temerles a los cambios, sino esperar siempre lo mejor, aun cuando afuera todo parezca derrumbarse. Además, nos muestra cómo será el futuro de la humanidad cuando evolucionemos como especie y ya no existan las barreras imaginarias que nos separan (los puntos suspensivos y las cursivas corresponden al texto original):

Si la totalidad de muestro mundo se “derrumba”… lo que no va a ocurrir, pero aun si nuestros sistemas económicos colapsan por completo, y nuestros sistemas religiosos se desintegran de pronto, y aun si cada sistema social se desintegra, aún estaremos nosotros. Y de modo fascinante, ya no estaremos separados, porque todos estaremos en el mismo barco.

Con la disolución de nuestros sistemas vendrá la de nuestras separaciones. Ya no veremos al otro como rico o pobre, ya no importará si somos demócratas o republicanos, las etiquetas de liberal o conservador, judío o cristiano, musulmán o hindú ya no tendrán el poder de separar. No importará si somos blancos o negros, homosexuales o heterosexuales, hombres o mujeres, jóvenes o viejos… y veremos, en realidad —veremos al fin— que todos estos “sistemas” que instalamos para hacer un mundo mejor no hicieron otra cosa que separarnos.

Todo lo que pasaría es que nuestras diferencias artificiales se disolverían, nuestras separaciones desaparecerían, nuestra “superioridad” imaginada sería desechada de forma irrisoria, y nuestra incapacidad para comprometernos incluso con las más pequeñas cosas se evaporaría al instante mientras luchamos juntos para construir un mundo nuevo.

Si venimos desde la sabiduría de nuestra Alma, ese nuevo mundo probablemente incluiría:

  1. La aceptación, por fin, de la verdadera identidad de todos los humanos como un aspecto y una individualización de la Divinidad.
  2. La adopción, por parte de cada vez más personas —al final, millones— de la verdad de la Unidad de toda la vida y de la humanidad.
  3. El entendimiento de por qué estamos aquí en la Tierra: claridad en cuanto a la Agenda del Alma.
  4. El fin de la pobreza, de la muerte por hambre y de la explotación masiva de la gente y los recursos de la Tierra a manos de aquellos en posiciones de poder económico y/o político.
  5. El fin de la destrucción sistemática del ambiente del planeta.
  6. El fin de la dominación de nuestra cultura por un sistema económico con raíces en la competencia por encima de la cooperación y en la búsqueda continuada del crecimiento económico.
  7. El fin de la interminable lucha por Más Grande/Mejor/Más.
  8. El fin de todas las limitaciones y discriminaciones que retienen a la gente, ya sea en sus casas, en el lugar de trabajo… o en la cama.
  9. El otorgamiento, al fin, de una oportunidad —una que es verdaderamente equitativa— para todas las personas de elevarse hasta la más alta expresión de su Ser.
  10. No la puesta en marcha de ajustes a nuestros sistemas en aras de la “corrección social”, sino como una demostración viva y sobre el terreno de quiénes somos en realidad y quiénes elegimos ser como especie.

Generaríamos también una nueva clase de liderazgo sobre nuestro planeta. No líderes que digan “El nuestro es el mejor camino. Nuestra filosofía política, nuestra persuasión religiosa, nuestra orientación sexual son mejores que los tuyos, ¡así que síguenos!”, sino líderes que digan “El nuestro no es el mejor camino, sino simplemente otro camino. Pero si caminamos juntos, si todos trabajamos juntos, si todos jalamos juntos, podemos crear una manera de hacer las cosas mejores para todos nosotros —negros o blancos, homosexuales heterosexuales, jóvenes o viejos, hombres mujeres— porque todos estamos juntos en esto”. Nada nos separa excepto aquello a lo que permitimos interponerse entre nosotros simplemente por un pensamiento que tenemos en la cabeza, un pensamiento que no fue siquiera nuestra propia experiencia, sino que fue tomado de algún otro lado.

Encontraríamos que nuestras diferencias no tienen que generar divisiones, nuestros contrastes no tienen que crear conflictos, nuestras aspiraciones no tienen que generar castigos.

En pocas palabras, crearíamos una nueva forma de ser humanos.

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Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que no se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.

Dos claves para la abundancia

La abundancia no es algo que adquirimos, es algo con lo que nos sintonizamos

Wayne Dyer

Antes de las claves, unas palabras sobre qué es la abundancia. Lo más importante es tener en cuenta que la abundancia es una experiencia interna, y es independiente de cuántas cosas tengamos. Cuando estamos conectados con nuestro corazón y tenemos consciencia de que no nos hace falta nada, somos abundantes. Y esto puede suceder mientras estamos en una oficina lujosa en un rascacielos, o mientras compartimos una comida humilde con nuestros seres queridos. Las condiciones externas no pueden, por sí solas, hacer que alguien sea abundante. Un niño pequeño podría sentirse aburrido en una gran biblioteca, y un gran académico podría sentirse frustrado en una arenera rodeado de baldes y palas de juguete. Pero un niño en una arenera podría experimentar el éxtasis de estar rodeado por cosas maravillosas en ese momento, y eso es abundancia. Así mismo, un amante de los libros puede sentirse extasiado mientras camina entre los anaqueles de una gran librería.

La abundancia se trata, entonces, de cómo nos sentimos, no de cuánto tenemos. Esta es una noticia maravillosa, porque implica que no tenemos que esperar a que pase algo en el futuro para conectarnos con la abundancia: podemos elegirla ahora. Así, el orden se invierte. Usualmente creemos que primero debemos tener cosas, para poder hacer cosas, y eso nos permitirá ser felices. Pero es al revés: si somos felices, haremos cosas desde ese lugar de felicidad, y lo que hacemos con esa energía muchas veces nos traerá cosas maravillosas. Pero el resultado no es ya importante, pues la felicidad está desde el comienzo. Las cosas que podemos obtener serían, en ese caso, solo un regalo extra.

Claro, sintonizarnos  con la abundancia de esa manera puede ser difícil al comienzo, pues nos hemos convencido de que esta solo es posible después de adquirir cosas. Pero se puede, es solo cuestión de práctica. Puedes elegir ser amoroso antes de tener una relación. Puedes elegir ser feliz antes de tener un juguete. Ahora sí pasemos a las dos claves que te ayudarán a conectarte con la abundancia.

La gratitud

Estar agradecidos es regocijarnos por lo que la vida nos ha dado. Surge cuando reconocemos lo que tenemos y lo disfrutamos. La gratitud es una energía muy  poderosa, pues cuando estamos en ella, nos enfocamos en lo que queremos, en lo que apreciamos, en lo que es valioso para nosotros, y aquello en lo que nos enfocamos crece. Estar agradecidos es entonces reconocer que ya tenemos, y ese estado nos lleva inmediatamente a ser abundantes. Ahora bien, para estar agradecidos, es necesario primero estar presentes, tener los ojos abiertos a las maravillas que nos rodean, ver con ojos nuevos a la gente a nuestro alrededor. Si no estamos presentes, no podremos ver lo que la vida nos ha regalado, aunque lo tengamos en frente de nosotros.

Uno de los amigos más abundantes que conozco, al menos en el aspecto económico, me contó que su buena relación con el dinero comenzó cuando se dio cuenta de que tenía más que suficiente. Todo empezó con un cambio de consciencia. Esto naturalmente lo llevó a estar agradecido y a desarrollar la segunda actitud que es clave para la abundancia:

La generosidad

Esta segunda herramienta tiene algo en común con la primera: nos ayuda a reconocer que ya tenemos. Esto es así porque cuando damos tomamos consciencia de que tenemos más que suficiente, y de que es por eso que podemos dar. Es por esta razón que muchos maestros nos recomiendan que les demos a los demás aquello que creemos que nos hace falta. ¿Sientes que no tienes amor? Sal a dar amor, llena el mundo de actos amorosos, y te darás cuenta de que en ti ya tienes el amor. ¿Te hace falta dinero? Comparte lo que tienes y agradece por ello.

Como se puede ver, esto no se limita a las cosas materiales. Todo lo que damos crece en nosotros. Así, por ejemplo, no hay mejor manera de aprender algo que enseñándolo. Al enseñar un conocimiento, al brindarlo a los  demás, nos damos cuenta de que ya lo tenemos en nosotros y lo reafirmamos. Lo digo por experiencia, pues he sido profesor universitario por varios años: Una de las mejores cosas de ser enseñar es que uno aprende mucho. Sobre esto Un Curso de Milagros dice algo muy interesante, y es que siempre estamos enseñado, pues cada acto es un resultado de todo lo que creemos y da fe de ello. Si crees que tienes más que suficiente, serás generoso, y enseñarás que la vida es abundante, lo que a su vez te llevará a conectarte más profundamente con tu abundancia. Si crees que tienes que proteger lo poco que posees, enseñarás que vives en un mundo de escasez y de peligros, y reforzarás esas creencias en ti.

Otra cosa maravillosa que dice  Un Curso de Milagros  es que dar es igual que recibir. Muchos piensan que, si dan, en el futuro recibirán. Esta idea puede ser útil y motivarnos a ser más generosos, pero no es del todo cierta. Si miramos más profundo, veremos que dar y recibir son lo mismo. Esto es así por dos cosas. La primera es que al dar siempre estamos decidiendo quiénes somos, y esto nos lleva de manera inmediata a tener una experiencia interna valiosa por sí misma: la abundancia, la paz, la satisfacción. Así, no hay lapso entre dar y recibir. La segunda razón tiene que ver con el hecho de que no estamos separados. Si reconocemos nuestra interconexión, si dejamos de ver al otro como separado de nosotros, entonces seremos conscientes de que siempre es a nosotros mismos a quien nos damos.

La invitación es, entonces, a tomar consciencia de lo mucho que tenemos, de todas las maravillas y los regalos que la vida ha puesto frente a nosotros. La invitación es a abrir los ojos y apreciar. Así surgirá naturalmente el agradecimiento, y estar agradecidos es igual que ser abundantes. Entonces no tendremos más remedio que compartir y ser generosos, pues sabremos que tenemos más que suficiente, y no hay mejor forma para disfrutar algo que compartirlo. Es como cuando nos gusta una canción o una película: queremos que los demás también la disfruten, y nuestro gozo se multiplica a medida que los demás también gozan.

Por: David González

15 enseñanzas de la Madre Teresa de Calcuta

El papa Francisco acaba de canonizar a la Madre Teresa de Calcuta, y por eso en Caminos de Conciencia queremos rendirle homenaje a esa maravillosa mujer, cuyo ejemplo y cuyo amor vivirán por muchos años y nos iluminarán. Sin importar de qué religión vengamos, es lindo poder admirar y apreciar el trabajo de aquellos que han dedicado su vida a servirle a los demás, y en esto la Madre Teresa de Calcuta es una grande.

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Aquí algunas de sus frases más hermosas:

1. Quien dedica su tiempo a mejorarse a sí mismo no tiene tiempo para criticar a los demás.

 

2. El amor es un fruto que madura en todas las estaciones y que se encuentra al alcance de todos.

 

3. La honestidad y la transparencia te hacen vulnerable. De cualquier forma, sé honesto y transparente.

 

4. Por cada gota de dulzura que alguien da, hay una gota de amargura menos en el mundo.

 

5. El fruto del amor es el servicio. El fruto del servicio es la paz.

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6. Da siempre lo mejor de ti, y lo mejor vendrá.

 

7. Cada vez que sonríes a alguien es un acto de amor, un regalo para esa persona, algo hermoso.

 

8. ¿Qué puedes hacer para promover la paz mundial? Ve a casa y ama tu familia.

 

9. Los milagros suceden a diario. Son consecuencias permanentes del amor en acción.

 

10. Si no tenemos paz en el mundo es porque hemos olvidado que nos pertenecemos el uno al otro; que ese hombre, esa mujer, es mi hermano o hermana.

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11. No importa cuánto das, sino cuánto amor le pones cuando das.

 

12. La paz comienza con una sonrisa.

 

13. No siempre podemos hacer grandes cosas, pero sí podemos hacer pequeñas cosas con amor.

 

14. A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar. Pero el mar sería menos si le faltara una gota.

 

15. Pasamos mucho tiempo ganándonos la vida, pero no el suficiente viviéndola.

 

 

Por qué es importante ponerte a ti mismo en primer lugar

Por: Neale Donald Walsh

Cuando era niño, se me dijo que el amor significaba pensar primero en los demás. Pero Conversaciones con Dios dice que siempre debo ponerme en primer lugar. ¿Podía esto ser cierto? ¿Cómo se podría reconciliar esto con las enseñanzas que había recibido antes en mi vida?

La respuesta es que todo tiene que ver con las intenciones. Si tu intención en la vida es vivir la versión más grandiosa de la visión más grande que jamás hayas tenido sobre quién eres, y si esa visión de ti mismo es que tú eres amoroso, atento, generoso, amable, compasivo y fiel a tu verdad, entonces te comportarás con otros de una manera que podría verse como si los estuvieras poniendo en primer lugar. La diferencia es que no estarás haciendo esto por los otros, sino por ti mismo… porque esto simplemente es quien tú eres.

Cuando hacemos cosas por los demás (o imaginamos que eso es lo que estamos haciendo), pueden aparecer dos actitudes insidiosas: la expectativa y el resentimiento.Podemos comenzar a tener la expectativa de que aquellos por los que hacemos algo ahora nos “deben”, y podríamos experimentar un resentimiento creciente si ellos no nos “pagan”.

Por otra parte, cuando hacemos las cosas para nosotros (incluso si esto redunda en que les sucedan cosas buenas a los demás), será difícil que surjan las expectativas, y es virtualmente imposible que aparezca el resentimiento… a menos que claramente no entendamos la naturaleza de lo que está ocurriendo. Esto es, a menos que ignoremos o neguemos que estamos haciendo algo por nosotros mismos, y realmente nos convenzamos de que lo estamos haciendo por alguien más.

En realidad, todo lo que haces, lo haces por ti, pues cada acto es un acto en el que te defines a ti mismo. Toda la vida es un proceso de decidir Quién Eres. Tu propósito es experimentar eso, y recrearte a ti mismo de nuevo en la siguiente versión más grandiosa de eso. Esto es lo que se llama Evolución.

Así que piensa primero en ti cada vez que tengas que tomar una decisión. Piensa en Quién Eres, y en lo que te estás tratando de convertir. Haz la elección más elevada respecto a eso —pinta la imagen más grandiosa que jamás podrías imaginarte de Quien Eres en cada momento y en cada circunstancia— y todo lo demás de acomodará por sí mismo.

Abrazos y amor,

Neale

Traducido por Caminos de Conciencia

Tomado de http://cwg.org/index.php?b=713

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Neale Donald Walsh es el autor de la serie de libros de Conversaciones con Dios, que han sido éxitos en ventas. Estos libros, que se inscriben en ninguna doctrina religiosa, están inspirados por Dios, y en ellos se presentan consejos sencillos y claros para tener una vida más equilibrada y para reconectarnos con la Divinidad, de la que hacemos parte. Estas enseñanzas constituyen un camino moderno hacia una vida espiritual y llena de significado. Puedes conocer más sobre Neale en su página web.

La imaginación y la guerra

“No tiene caso”, gritó Alicia, “¡Uno no puede creer en cosas imposibles!”. “Creo que no has practicado mucho”, dijo la Reina Blanca. “Yo siempre lo  hacía por lo menos media hora al día. Y en ocasiones podía creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno”.

Alicia a través del espejo (capítulo 5), Lewis Carol

Soy profesor universitario y me gusta sacar las fotocopias para mis clases en la tienda de una señora de avanzada edad que es de lo más amable. Realmente me cae bien. Siempre me atiende con una energía cálida e incluso me atrevo a decir que con cariño. Hace poco, mientras imprimía un taller para mis alumnos, vi que en el televisor de la tienda estaba hablando Juan Manuel Santos, el presidente de mi país, sobre el acuerdo de paz que acaba de firmar con la guerrilla de las Farc, y con respecto al cual dentro de poco los colombianos deberemos votar si estamos o no de acuerdo. Es un tema frente al que pocos en Colombia pueden permanecer indiferentes por estos días. El discurso del presidente produjo una reacción notoria en la dueña de la tienda, quien me lanzó una mirada como esperando a que yo reafirmara su punto de vista mediante algún gesto. Inmediatamente sentí una punzada en el pecho, una sensación de incomodidad y malestar. Era obvio que ella pensaba de manera muy diferente que yo, y eso, por unos momentos, me pareció incomprensible. ¿Cómo podía esa dulce señora, que todo el tiempo desbordaba amor, albergar tales creencias? Pero lo que más me impactó fue lo segura que estaba, la certeza que tenía de que ella estaba luchando por lo que es mejor para todos, por lo que es mejor para mí.

Entonces me di cuenta de que mi problema era la falta de imaginación. No era capaz de concebir que ella estuviera en lo cierto, y yo, equivocado. No podía imaginarlo. En otras palabras, carecía de la habilidad necesaria para ponerme realmente en sus zapatos. Y esa incapacidad sustentaba mis juicios contra la mujer. Como en mi mundo no era concebible que ella estuviera en lo cierto, la única alternativa que me quedaba era considerarla inconsciente, ignorante o perversa, lo que implica que en el fondo yo creía que ella estaba por debajo de mí en la escala evolutiva, intelectual o moral. Desde esta perspectiva, no había duda de que era ella quien debía cambiar, pues era obvio que era ella quien estaba mal, mientras que yo veía la verdad. Además, esta verdad era tan evidente que mi actitud frente a la mujer no podía sino ser de condescendencia  —en caso de que ella fuese inconsciente o ignorante—o de repudio —en caso de que fuese perversa—. De cualquier forma, había algo que no podía existir entre nosotros: una relación horizontal, en la que ambos estuviéramos al mismo nivel, en la que de verdad pudiera haber comunicación entre iguales. Algo nos separaba irremediablemente: un abismo del tamaño de su equivocación. O tal vez no. Quizás en realidad el abismo era del tamaño de mi falta de imaginación, del tamaño de mi falta de empatía, del tamaño de mi incapacidad para ponerme en sus zapatos.

Decidí tratar de cruzar el abismo y fue más difícil de lo que esperaba. ¿Cómo se vería el mundo si lo que ella creía fuese verdad? ¿Qué pasiones desataría en mí el discurso del presidente? ¿Cuáles serían mis miedos, mis esperanzas y mis resentimientos? ¿Cómo me sentiría al ver a un joven profesor universitario en mi tienda tan convencido de lo contrario, tan engañado, tan seguro de sus falsas ideas? ¿Cómo salvarlo a él y a mi país? ¡Qué desesperación, qué fastidio, qué desasosiego!

Es un ejercicio que, creo, vale la pena, y los invito a que lo intentemos ahora. Para esto puede servir otro de los debates que ha alborotado las pasiones en los últimos meses en Colombia: si se debe permitir el matrimonio entre parejas del mismo sexo y si a los niños se les debe enseñar en los colegios que las preferencias sexuales diversas son normales y deben ser respetadas. Tal vez eres homosexual y tienes la certeza de que serías un gran padre, o tal vez es evidente para ti que todas las preferencias sexuales son igualmente válidas. O tal vez tienes la certeza de que la homosexualidad es antinatural y de que ofende a Dios, y no te cabe duda de que sería malo para las almas de los niños que se les diga que es normal. Pero, ¿puedes imaginar que el mundo fuera diferente? ¿Y si el otro tuviera la razón y tú estuvieras equivocado? Es difícil concebir esa posibilidad, ¿no? ¡Son tan fuertes nuestras certezas! Pero hagamos el ejercicio. ¿Cómo te sentirías? ¿No te angustiaría ver a tanta gente tan segura de lo contrario, no tratarías de sacarlos de su error? ¿No tratarías de salvar sus almas, aun a pesar de sí mismos? ¿No te enfadarías al ver que las enseñanzas de Dios, que sabes que son correctas, están siendo despreciadas? ¿No defenderías con pasión tu derecho a tener una familia y a que tus preferencias sexuales sean respetadas? ¿No te fastidiaría ver que la gente tiene ideas religiosas de las que no tienes duda que son falsas? No se trata simplemente de albergar el pensamiento, sino de encarnarnos en ese mundo, de sentirlo con toda la profundidad posible. Tal vez dirás: “¡Pero esas creencias son un disparate, no puedo imaginar que esa fuera realmente la verdad!”. Bueno, ahí es donde entra la imaginación. Se la puede entrenar. Te animo a que lo sigamos intentando hasta que podamos estar en la piel del otro completamente. Confiemos en las palabras que la Reina Blanca le dice a Alicia. Tal vez, si practicamos, antes del desayuno habremos visitado un mundo diferente al nuestro y sabremos realmente cómo se siente el otro, ese a quien ahora juzgamos.

Sin duda es un proceso que duele, pues implica negarse a uno mismo. Dejar de lado, así sea por un momento, la certeza de nuestras convicciones religiosas y políticas equivale a anularnos. Pues no se trata de creencias simplemente. Para muchos de nosotros se trata de verdades a las que hemos llegado a través de la experiencia, y de las que, por tanto, no podemos dudar. Es bueno saber, sin embargo, que el otro también ha llegado a sus verdades a través de experiencias profundas y también tiene la  misma incapacidad de ponerlas en duda de la que nosotros adolecemos.

Ahora bien, ¿por qué es importante este ejercicio? ¿Por qué es importante que seamos capaces de ponernos realmente en los pies del otro, por más alejado que esté de nosotros y por más absurdo que nos parezca su punto de vista? La importancia reside en que esta empatía extrema es un requisito para poder aplicar de verdad la famosa regla de oro, esa que está escrita en el bello mosaico que adorna la sede de las Naciones Unidas: “Trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”. En efecto, si la examinamos con cuidado, veremos que esta regla nos pide que pensemos cómo nos gustaría que nos trataran si fuéramos el otro. ¿Me gustaría ver burlas en internet frente a mis creencias? ¿Me gustaría ser condenado por lo que soy y por mi forma de ver la vida, de la cual estoy seguro de que es correcta?

Además, la empatía es necesaria para poder perdonar de verdad. Cuando vemos a un ladrón, a un asesino o a un violador, y somos capaces realmente de ponernos en sus zapatos, sin duda vamos a reaccionar de manera distinta a como lo haríamos si simplemente vemos un monstruo. Puede que digas “¡Pero yo jamás sería capaz de violar o de matar!”. ¿En serio? Bueno, aquí viene nuevamente el ejercicio de imaginar lo que ahora parece imposible. Cuando ya has estado en la piel del otro, te das cuenta de que las diferencias, esas que ahora parecen tan importantes y definitivas, son en realidad superficiales. En realidad somos lo mismo. Y aunque resulte difícil de creer, puede que en un abrir y cerrar de ojos estés en el lugar de esa persona. ¿Cuántos ateos no se han dado cuenta de que Dios existe? ¿Y cuántos creyentes no han caído en cuenta de que Dios no existe? Hoy lo ves todo muy claro, pero mañana podrías estar de repente en la otra orilla, esa en la que hoy, desde tu punto de vista, están los condenados o los ignorantes.

Es necesario estar en la piel de los demás para empezar a tener un trato más amoroso, más allá de nuestras diferencias. Es como cuando un jugador de fútbol enfrenta a un equipo del que alguna vez hizo parte y, por tanto, al que le tiene cariño. Puede que aún celebre los goles, pero lo hace con más respeto, de manera compasiva. Ya no es capaz de herir como lo hace cuando no ve en el otro nada más que un rival a vencer. No, ya no puede; ahora no puede evitar ver a un hermano y lo trata como tal, aun si ahora están en equipos rivales.

Los momentos más cruentos de una guerra se dan cuando cada una de las partes deshumaniza a la otra; entonces los enemigos dejan de ser considerados personas y se convierten en monstruos cuyo sufrimiento y cuya muerte están justificados.  Y en estos días hay una guerra en los medios de comunicación y en las redes sociales. Muchas veces no escribimos para comunicarnos con el otro, sino solo para reforzar nuestros puntos de vista y para expresar nuestro desprecio por aquellos que son ignorantes o perversos. Por el contrario, las guerras, ya sean con armas o con ideas, se suavizan cuando nos vemos en el otro. Entonces comienzan a surgir los puentes y la posibilidad de encontrar soluciones.

Martha Nussbaum, en su libro Sin fines de lucro, justifica de una manera hermosa la necesidad de que las artes y las humanidades ocupen un lugar importante en la educación: ejercitan la capacidad de imaginar, y solo podemos tener verdadera empatía si nos podemos imaginar en los zapatos del otro, y solo podemos vivir de manera armoniosa y respetuosa si tenemos empatía los unos por los otros. La invitación es, entonces, a imaginar lo imposible, a aprender a vernos como hermanos, por más profundos y extensos que sean los abismos que parecen separarnos.

Por: David González