Un Curso de Milagros tiene una frase que me fascina:
El propósito de un buen maestro es hacerse innecesario.
No soy un maestro espiritual en el sentido de que no he alcanzado un estado interno de maestría, de iluminación. Pero soy maestro en el sentido en el que todos somos maestros. Tengo cosas para compartir y, si deseas, puedes aprender de mí si lo necesitas. Ojalá pronto ya no lo necesites.
He dado clases de españos en varias universidades, y, cuando lo hago bien, mis alumnos dejan de necesitarme. Un buen maestro no busca seguidores. Busca compartir todo lo que tiene. De manera que sus alumnos lleguen a un punto en el que ya no tengan nada que aprender de él y puedan prescindir de sus servicios. En otra palabras, un buen maestro no busca crear seguidores, sino crear maestros.
No te voy a mentir. Deseo que este blog crezca y que cada vez lo lean más personas. Y deseo esto porque creo que hay mucha gente a la que le podría ayudar en su camino. Sin embargo, sueño con un mundo iluminado, en el que nadie tenga ya necesidad de enseñanzas espirituales.
Ojalá pronto yo no tenga nada para decir de lo que no seas consciente ya. Ojalá que encuentres en ti verdades más elevadas, y leas esto sólo como escucharías el balbuceo de un niño. Ojalá llegue el punto en el que no te interese leer mensajes como este.
Hace poco leí un post que me encantó en blog de Seth Godin. Usaré aquí el mismo ejemplo que él, con algunas modificaciones.
Imagina a dos conductores que transportan mercancías y deben llevar cada uno un gran camión lleno de pesadas cajas a una empresa que ha pagado por ello.
El primer conductor llega por la mañana a la compañía que pagó por las cajas y comienza a descargarlas y a organizarlas cuidadosamente en la bodega dispuesta para ello. Ocho horas después, el trabajo está hecho. Impecable. Y él se dirige a su casa cansado, lleno de sudor y de magulladuras, y, después de darse una ducha, se acuesta a dormir.
El segundo conductor también llega por la mañana a entregar las cajas. Pero, antes de comenzar a descargarlas él solo, le pregunta amablemente al recepcionista de la empresa si puede enviar algunos trabajadores para que le ayuden a descargarla. Después de hacer averiguaciones por veinte minutos, el recepcionista logra que vengan seis empleados para ayudar a descargar el camión. Cuarenta minutos más tarde, el trabajo está hecho. Impecable. Y el conductor se dirige a su casa, duerme una siesta y luego va a recoger a su hijo a la escuela. Después de ayudarlo a hacer las tareas y de jugar un rato con el pequeño, el conductor se baña y se acuesta a dormir.
¿Cuál de los dos empleó mejor el tiempo en su jornada? ¿Cuál de los dos creó mayores beneficios para sí mismo y para los demás?
Muchos pensamos que el trabajo debe ser duro para así ser dignos del descanso y las recompenzas. Creemos que, si no tenemos magulladuras, es porque no hemos puesto suficiente empeño. Y las magulladuras pueden lucir como cansancio por no dormir bien, como no tener tiempo para los hijos, como almorzar de afán. O como azotarnos con nuestro látigo interno de exigencias «espirituales».
A mí a veces me cuesta recibir y disfrutar lo que creo que no me «he ganado» con esfuerzo y lágrimas. Es una creencia vieja que me dice que todo lo valioso en la vida exige a cambio mi sufrimiento. Si no duele, es sospechoso. Tal vez sea una trampa, dice mi mente.
El camino fácil tiene mala fama. Es cierto que no es sensato tomar un camino fácil si este lleva a un lugar diferente de aquel al que quieres ir. Pero, si el camino fácil lleva al mismo lugar, lo insensato es no tomarlo.
Asegúrate primero de que el camino te lleva a donde en verdad quieres. Si dejas que otro haga ese trabajo que debes entregar en la universidad, no aprenderás aquello que necesitas aprender. Pero cargar cajas tu solo no te va a aportar nada en tu crecimento.
Aprovecha las oportunidades que te da la vida. Recibe los regalos que han sido depositados a tus pies. Comparte tus cargas. Pide ayuda. Acéptala.
Si el camino está alineado con tu corazón y es fácil, qué bueno. ¡Tómalo!
Jhon Nash, el famoso matemático estadounidense, estaba loco. Era esquizofrénico. En la película Una mente brillante, que narra su vida (alerta de spoilers), se muestra que él alucinaba y veía personajes que no existían en la realidad. (En la vida real, Nash sólo tuvo alucinaciones auditivas. Es decir: oía voces. Las alucinaciones visuales las agregaron en la película para hacerla más llamativa.)
Las alucinaciones auditivas son comunes entre quienes padecen de esquizofrenia. Pero, si miramos con atención, nos daremos cuenta de que todos (o la gran mayoría) tenemos una voz, un ruido en la cabeza. Una voz que constantemente juzga, comenta, compara. Y, muchas veces, nos llena de miedo con base en sus suposiciones.
No sé cómo será tu ruido mental. El mío, por ejemplo, tiene que con lo social. Cada vez que hago algo, la voz en mi cabeza me cuenta cuáles serían las maneras en las que las personas que conozco reaccionarían. Me cuenta cómo mis amigos me percibirían al verme actuando, cómo me valorarían o despreciarían si pudieran ver mis pensamientos, mis miedos y mis logros. Así, vivo con un público imaginario en mi mente que juzga lo que hago. Y vivo con temor a ese público y trato de complacerlo de acuerdo con lo que mi mente imagina que este desea. Ni siquiera me preocupa lo que piensan mis amigos en realidad, sino lo que piensan las representaciones imaginarias que tengo de ellos. Qué locura, ¿no?
Creo que todos estamos un poco locos. Y por eso, creo que aquellos a los que llamamos locos tienen mucho que enseñarnos. Uno de los lugares donde más aprendí sobre mí fue un hospital psiquiátrico al que fui para hacer una crónica cuando estaba cursando una maestría en periodismo. Aprendí que sólo una línea delgada me separaba de los pacientes. Y creo que no vi un sólo síntoma que no tuviera yo en alguna medida. Por eso, creo que la película sobre Nash tiene una enseñanza que nos sirve a todos.
Un punto de quiebre importante en la película Una mente brillante es cuando Nash se da cuenta de que esos personajes que ve realmente no existen. Ese es el comienzo de su salida de la locura. Y es que el primer paso para salir de la locura es darnos cuenta de que estamos locos.
Sin embargo, a pesar de ser consciente de que esos personajes no existen, Nash continúa viéndolos. Y ellos siguen tratando de convencerlo de que son reales.
En una de las escenas finales, se le ve caminando acompañado de sus amigos imaginarios. Y él los observa. Simplemente los observa, sin pelear con ellos. Sin tratar de que se vayan. Sabe que no puede lograr que desaparezcan. Pero ha dejado de creerles. Y ellos han dejado de impedirle tener una vida funcional. Son solo un ruido de fondo que él ha aprendido a ignorar.
Y así sucede también con nosotros.
No sé cuál sea tu ruido mental. No sé que te diga una y otra vez la voz de tu ego. Pero el enfoque de Nash me parece hermoso y ha funcionado para mí. No tienes que acallar esa voz por completo. Si peleas con ella, la harás más fuerte. La energía de tu miedo y tu ansiedad la harán crecer. Sólo obsérvala, así como Nash observaba a sus amigos imaginarios decir disparates mientras caminaban a su lado. Basta con que no le creas. Basta con que te des cuenta de que lo que dice no es real. Basta con que estés alerta.
Todos afrontamos problemas constantemente. Es parte de ser humanos. Es parte de lo que nos hace crecer y evolucionar. Sin embargo, es bueno tener en cuenta que no todos los problemas que rondan nuestra cabeza son reales. Algunos están solo en nuesta imaginación.
¿Cuántas veces no has imaginado peleas que nunca sucedieron? ¿Cuánto tiempo no has perdido preparando palabras que nunca pronunciaste para defenderte de un ataque que nunca llegó? ¿Cuántas veces no has imaginado el dolor de un mal que nunca se presentó?
Ese tipo de preocupación no solo desperdicia tu energía al crear pensamientos innecesarios, sino que desgasta tu cuerpo. Para tu cuerpo, esos problemas son reales. Liberas adrenalina. El corazón se acelera. Hay exceso de azucar en la sangre listo para ser usado como energía ante el peligro imaginario. Es por esto que el estrés muchas veces se somatiza.
Por eso, una de las preguntas más importantes que debes hacerte al tratar de solucionar un problema es: ¿es real o está solo en mi cabeza?
Hace poco compartí la siguiente frase en un meme en mi cuenta de Instagram:
«No hay nada que buscar; todo lo que es, ya está aquí, presente en el ahora» Yeshúa, El Camino del Corazón.
Un amigo me respondió:
«Yo discrepo porque creo firmemente que la inconformidad con nuestro presente, las ganas de buscar un cambio, de salir de la zona de confort, el sentir que las mejores cosas de la vida están al otro lado, es un motor motivacional muy fuerte que ha logrado cambiar vidas, ideologías, gobiernos».
Decidí no responderle por Instagram, sino escribir mejor este post, pues me parece que su reflexión toca un tema muy profundo para mí, algo sobre lo que vengo reflexionando y sintiendo desde hace ya un tiempo.
Es verdad que la insatisfacción es un poderoso motor de cambio y ha sido muy importante en nuestra evolución como individuos y como especie. En mi propia vida, varios de mis momentos me mayor evolución han llegado porque una situación se volvió tan incómoda, que me obligó a actuar, a salir de mi zona de confort y a crecer.
Pero entonces, ¿qué sentido tiene que nos digan que no hay nada que buscar, que ya todo está presente en este momento? ¿Es una invitación a que no evolucionemos?
Algo que creo firmemente, y que he experimentado en algunas ocasiones, es que es posible sentirse completamente pleno, completamente satisfecho con el momento presente, y aun así desear actuar, desear crear, desear crecer. Pero, cuando nos sentimos plenos, no actuamos motivados por un sentimiento de carencia o insatisfacción, sino motivados por el deseo de la vida que late en nosotros, que siempre desea experimentar más de sí misma, no porque lo falte algo, sino porque goza experimentándose, explorando, creciendo.
Un artista que ama lo que hace, por ejemplo, puede sentirse completamente feliz y dichoso en el momento presente, y aun así desear seguir creando su obra, perfeccionándola, evolucionando. Es como cuando tienes mucho y compartes. No lo haces porque te falte algo, sino por el placer de compartir.
Entonces, la invitación no es a dejar de crecer, de crear, de evolucionar. La invitación es a darnos cuenta de que, en este momento, ya tenemos todo lo que necesitamos para estar plenos. Y, si encontramos esa plenitud, podremos seguir creando, seguir creciendo, seguir mejorando nuestro entorno, pero no lo haremos porque sintamos que sin esas mejoras no podemos ser felices, sino por nuestro deseo innato de ser cada vez expresiones más grandiosas del amor, de crear cosas cada vez más bellas.
Y claro, muchos tenemos situaciones externas de carencia, cosas que queremos mejorar. Desear cambiar esas situaciones, fantástico. Yo trato de hacerlo todo el tiempo. Pero no tenemos que esperar a suplir esas percibidas carencias para estar plenos, pues la plenitud es una experiencia que viene de adentro y está siempre disponible para nosotros. Es decir, está disponible ahora.
Lo externo es hermoso. Es un juego. Podemos crear, manifestar, sanar, aprender, crecer, evolucionar. Pero nada de eso nos dará la plenitud última ni nos la quitará. Esa plenitud ya está con nosotros ahora y siempre, esperando a ser reconocida.
Podemos crecer y avanzar y crear motivados por la idea de que nos hace falta algo y que, si lo creamos, supliremos esa carencia en el futuro y estaremos satisfechos en el futuro. Es un bello camino. Pero no el único. Podemos también crecer y crear y evolucionar desde un estado interno de plenitud permanente. Esa es la invitación que les hago y que me hago.
A Martin Luther King se le atribuye esta frase: «Incluso si supiera que el mundo se caerá a pedazos mañana, incluso así, yo plantaría hoy un árbol».
A primera vista, parece difícil entender la lógica de esta afirmación. ¿De qué podría servir plantar un árbol si no tendrá dónde crecer?
La verdad, no sé qué tenía en mente Martin Luther King cuando dijo esa frase. Pero sí sé por qué la diría yo.
Hay algo muy hermoso cuando las acciones se vuelven valiosas por sí mismas y no por sus resultados. Cuando actuamos desde ese lugar, estamos conectados con el corazón de la vida. Si en verdad amo el acto de sembrar profundamente, sembraré, aun si ese acto no tuviera las consecuencias que normalmente se esperan del sembrar (obtener un árbol en el futuro).
Creo que todos aquellos que aman profundamente lo que hacen lo seguirían haciendo así supieran que el mundo acabará mañana… es más, en ese caso, seguramente lo harían incluso con más pasión e intensidad, al saber que es la última oportunidad que tienen de hacerlo.
Cuando alguien ama lo que hace, no lo hace para obtener algo, simplemente lo hace porque ama hacerlo. Si se dan frutos, serán bienvenidos, pero esto es secundario. Para quien realmente ama lo que hace, el resultado de sus acciones siempre será secundario. La acción en sí misma será lo que tiene el valor primordial.
No tengo dudas de que Johann Sebastian Bach, mi compositor favorito, amaba componer, amaba tocar el teclado, y lo haría todos los días así supiera que nadie jamás escucharía su música. Y, tal vez, precisamente por eso es que su música ha permanecido y permanecerá a través de los siglos. Van Gogh amaba pintar, y lo hacía todos los días, aunque creyera que después de su muerte sus cuadros serían olvidados. Qué inspiración. Qué belleza actuar desde ese lugar. Yo, por ejemplo, amo escribir este blog. Disfruto cada vez que mis dedos tocan las teclas del computador y van saliendo las palabras. Y, al menos hoy, sé que lo haría así supiera que nadie más que yo va a leer estas palabras.
¿Qué quisieras seguir haciendo hoy si supieras que el mundo acabará mañana?
Una de las ideas que más me sorprendió de Un Curso de Milagros es la forma como entiende el perdón. El siguiente pasaje me parece maravilloso:
[…] el perdón no establece primero que el pecado sea real para luego perdonarlo. Nadie que esté hablando en serio diría: «Hermano, me has herido. Sin embargo, puesto que de los dos yo soy el mejor, te perdono por el dolor que me has ocasionado». Perdonarle y seguir sintiendo dolor es imposible, pues ambas cosas no pueden coexistir. Una niega a la otra y hace que sea falsa. (Capítulo 27, II, 2, 7-10)
¡Qué forma tan maravillosa de ver el perdón! Según lo que propone el texto, perdonar es igual a sanar. Perdonar no es creer que te han herido, sentir que te han herido, y pasar por alto la ofensa. Pues eso establece que la ofensa es real. Y si la ofensa es real, quien te hirió es culpable. El perdón verdadero quita toda culpa de los hombros de tu hermano. Le dice: «En realidad no eres culpable, pues no me has hecho nada. Y la prueba de que no me has hecho nada es que estoy sano».
De esta manera, en realidad, perdonar es reconocer que no hay nada qué perdonar. Es este el perdón de Jesús cuando resuscita y dice: «Mírenme, estoy sano. No me hicieron nada, en realidad. Lo que creyeron que me hicieron, es sólo una ilusión. No hay nada qué perdonar».
De alguna forma, este perdón máximo, el perdón más elevado, no es en realidad un perdón. Es simplemente ayudarle al otro a ver que es y siempre ha sido inocente. Es por esto que también Jesús nos dice en Un Curso de Milagros: «Dios no perdona porque nunca ha condenado. Y primero tiene que haber condenación para que el perdón sea necesario» (Libro de ejercicios, Lección 46, 1, 1-2).
Pero, me dirás: ¿Qué hacer cuando sé que la ofensa es real, cuando tengo la evidencia de que en realidad me hirieron? Mi respuesta es: ten la intención de sanar. Y comienza por cosas pequeñas. Sanar algo extremo requiere de un grado de maestría (por ejemplo, sanar el haber sido crucificado, que es el ejemplo máximo de perdón que Jesús nos ofreció).
Sanar es darte cuenta de que en realidad no te han hecho nada. Y una forma de empezar a tomar consciencia de esto es darnos cuenta de que aquello que es atacado u ofendido no es real. Lo que puede ser atacado es el ego o el cuerpo. Y ninguno de los dos es real en última instancia. Son solo ilusiones. Lo que eres en realidad, tu escencia verdadera, no puede ser atacada.
La idea de que el cuerpo no es real puede ser muy difícil de aceptar al comienzo. Por tanto, es mejor empezar la práctica del perdón con aquellos casos en los que es evidente que lo único que es atacado es nuestro ego: la idea que tenemos de nosotros mismos. Pasa alguien por la calle y te mira mal. ¿Te hizo algo? No, en realidad es sólo tu ego el que se siente ofendido. Pero en verdad a ti no te hizo nada. Por tanto, no hay nada qué perdonar.
Así, perdonar es sanar; sanar es reconocer que no te han hecho nada; y reconocer que no han te han hecho nada es identificarte con tu verdadera escencia, que no es el ego ni el cuerpo. Perdonar es reconocer que, a aquello que es verdad en ti, no le han hecho nada, y nunca jamás podrían hacerle nada.
Por momentos parece imposible asumir este punto de vista. Pues parecen muy reales el daño y el sufrimiento. Pero, de nuevo, la invitación es a empezar con cosas pequeñas.
Para Un Curso de Milagros, aprender a perdonar es igual a sanar y es igual a alcanzar el mayor grado de consciencia espiritual, pues implica reconocer tu verdadera identidad, que no puede ser atacada. Y llegar a ese nivel máximo de perdón puede ser el trabajo de toda una vida (o de muchas vidas, si crees en la reencarnación).
Te aseguro, sin embargo, que hoy tendrás la oportunidad para practicar este maravilloso punto de vista con algo sencillo y pequeño. Seguro. Algún comentario de tu pareja o tus hijos. Alguien que te desaprueba y te sientes atacada. No sé. Alguien que te ignora. Alguien que se te atraviesa en el tráfico mientras manejas. Ya lo sabrás cuando suceda.
Algo sí te puedo asegurar. Una de las experiencias más maravillosas que hay es poder decirle a un amigo, a un hermano que creyó que te hizo daño: «Mírame. Estoy sano. No me hiciste nada. Mi amor por ti está intacto. Eres completamente inocente». Poder decir eso sintiéndolo de corazón, poder mostrarlo de forma evidente, créeme, es de las cosas más lindas que hay.
Por último, pero no menos importante: para empezar, lo primero es perdonarnos por no ser capaces de perdonar. Usar cualquiera de estas ideas para juzgarnos, castigarnos y condenarnos sería algo completamente absurdo y ridículo (pero es lo que el ego primero intentará, así que ríete cuando caigas en cuenta de su locura). Toma estas palabras como una invitación amorosa. Camina hasta donde puedas, pero no te juzgues jamás por la dificultad que pueda aparecer al tratar de ponerlas en práctica.
Azucenas, símbolo de perdón en Un Curso de Milagros.
A veces nos cuesta trabajo empezar a hacer las cosas porque queremos hacerlo todo de una vez. Entonces pensamos, si no lo voy a poder hacer completo, perfecto, mejor no hago nada.
Así me pasó un tiempo con mi canal de YouTube. Es algo que realmente me interesa. Quiero hacer videos interesantes. Quiero hacer videos visualmente agradables. Sin embargo, pensaba que no tenía aún las herramientas para comenzar. Me falta una mejor cámara. Me falta aprender a manejar un buen programa de edición.
Caí en cuenta, entonces, que estaba cayendo en la trampa del perfeccionismo como excusa para no lanzarme al agua y exponerme.
Cuando tomé consciencia de esto, decidí empezar de inmediato a hacer videos. Hay mucho por mejorar, pero voy creciendo y progresando poco a poco. Y te quiero invitar a ver este video sobre eso, sobre el poder de hacer las cosas poco a poco:
En la película Click, al protagonista (Adam Sandler) le regalan un control remoto mágico (alerta de spoilers). Si lo desea, con ese control puede adelantar las escenas de su vida, pausarlas o incluso volver atrás. Como este personaje está obsesionado con obtener ciertos logros en el futuro, decide empezar a adelantar ciertas escenas hasta llegar a aquellos momentos que sí desea experimentar. Por ejemplo, salta el fin de semana en el que está enfermo y tiene que trabajar, y adelanta su vida hasta la escena en la que lo promueven en su trabajo por estar haciendo bien las cosas.
Parece una buena técnica para vivir una vida más placentera. Sin embargo, lo que el personaje aprende es que esta técnica en realidad sirve para no vivir en absoluto. Es una forma de rechazar la vida, de dejar de vivir. Pues implica tratar al momento presente, donde reside la vida, como un obstáculo o, a lo sumo, como un medio para llegar al futuro. Pero no se lo ve como algo valioso en sí mismo.
Además, este control remoto tiene una característica particular: guarda las preferencias de su usuario. Por tanto, de forma automática comienza a adelantar ciertas escenas, así el protagonista no lo haya elegido conscientemente. Cuando se da cuenta, han pasado varias décadas y se ha perdido su vida. Eligió, sin quererlo, que esta pasara sin que él se diera cuenta.
Me parece una metáfora muy iluminadora sobre la manera como funciona nuestra mente, que viene siendo el control remoto.
Nuestra mente condicionada está obsesionada con obtener. Con la idea de que en el futuro están la salvación y la plenitud. Esto implica, claro, que este momento no tiene valor por sí mismo. Solo sirve en la medida en que nos permite llegar a ese futuro en el que está aquello realmente valioso. Y así, rechazamos la vida, persiguiendo siempre el futuro, que nunca existe ahora y, por tanto, nunca existe en el momento en el que está la vida. Y este rechazo a la vida puede convertirse en un hábito, en algo que hacemos sin darnos cuenta.
La buena noticia es que está en nuestras manos reprogramar el control remoto. ¿Cómo se hace? Primero, tomando consciencia de que está en automático y que está programado para no valorar este momento. Segundo, una vez tenemos consciencia, podemos elegir romper la programación automática. Requiere atención y disciplina, pues hay una inercia detrás de la programación. Pero se puede. Podemos elegir comenzar a no oprimir el botón de adelantar. Podemos quedarnos saboreando este momento hasta su médula, así la mente nos diga que este momento no es valioso. Que ir en el bus a la casa no es valioso. Que estar lavando los platos no es valioso. Que sentir una incomodidad en el cuerpo no es valioso. Todo eso podemos ignorarlo, y quedarnos plénamente aquí, asumiendo que aquí ya llegamos al tesoro más valioso que existe y, por tanto, no tenemos necesidad de estar en ningún otro tiempo o lugar.
Podemos elegir quedarnos aquí hasta crear una nueva programación. Un nuevo hábito. El hábito de ver este momento como lo más valioso que hay, sabiendo que es lo único real que hay.
Así que la próxima vez que estés tentado ignorar esta escena para llegar a un futuro más valioso, pregúntate: ¿vale la pena oprimir el botón para adelantar? Es decir, ¿vale la pena dejar de vivir la vida?
Hace poco compartí en mis redes sociales esta frase de Harv Eker, autor de Los Secretos de la mente millonaria, hermoso libro sobre cómo tener una relación sana con el dinero:
Si no puedes ser feliz donde estás ahora, tampoco estarás feliz en el siguiente lugar.
Sentí que valía la pena ahondar en el tema y en mi cuenta de Instagram escribí lo siguiente:
En otras palabras, la fuente de la felicidad verdadera es interna. Cuando culpamos a la situación externa de nuestro estado interno, no estamos asumiendo responsabilidad por nuestra felicidad, nos convertimos en víctimas.
Si no estamos felices, es porque hay algo que no nos estamos dando a nosotros mismos internamente o no hemos sanado algo, y el mundo exterior simplemente nos refleja eso.
Por tanto, cambiar de lugar o de situaciones externas como remedio último para la felicidad es como cambiar de espejo porque no te gusta el rostro que ves reflejado en él. Con el nuevo espejo que consigas, puedes distraerte un rato porque tiene un marco y adornos diferentes, pero tarde o temprano mirarás en su cristal y verás el mismo rostro de antes: el tuyo.
No se trata de quedarnos en situaciones que no nos gustan. Cambia todo lo que quieras. Eso es fantástico. Simplemente sé consciente de que, en última instancia, tu felicidad depende de ti, y muchas veces cuando rechazamos algo externo es porque nos refleja algo que no nos gusta dentro de nosotros.
Así que, más allá de si decides cambiar o no de espejo, usa el reflejo que ves ahora para sanar y encontrar el amor, la paz y la plenitud dentro tuyo. Cuando lo hagas, el mundo exterior comenzará a reflejar esos aspectos y los verás afuera. Mientras no lo hagas, seguirás viendo el mismo reflejo, por más que cambies de espejo.
Es así como muchas veces repetimos experiencias con diferentes escenarios y diferes personajes. Cambia el espejo, pero no el reflejo.