Puedes salir de tus propiastormentas, son tu creación.
Alguien respondió:
Esto sí que apabuya.
Después de pensarlo un poco, respondí lo siguiente:
Asumir responsabilidad por lo que creamos da miedo. Es más cómodo sentir y creer que las cosas nos pasan. Sentir que somos víctimas. Pero para madurar debemos asumir responsabilidad y pasar de ser víctimas a ser creadores.
Esto es parte normal del crecimiento personal. Da miedo. Pero vale la pena asumir responsabilidad. ¿Qué quieres elegir, ser víctima o ser creador?
En Conversaciones con Dios, de Neale Donald Walsh, Dios dice que Hitler fue al Cielo. Y que toda persona, sin importar lo que haga, estará en el Cielo. Es una idea que suele generar gran resistencia. ¿Por qué?
Porque uno de los impulsos más básicos del ego es la necesidad de castigo y de venganza. Esta es la idea de que al ladrón se le deben cortar las manos y de que el asesino debe ser asesinado. Ojo por ojo.
En el plano espiritual, estas ideas se manifiestan como la creencia en el infierno y en el karma. Si viviste bien, serás premiado. Si te portaste mal, serás castigado. Si en una vida pasada abusaste de otros, en una vida posterior abusarán de ti.
¿Y si el asesino fuera recibido con los brazos abiertos siempre en el corazón de Dios? «Imposible», dice el ego.
Desde el punto de vista del ego, la parábola del hijo pródigo no tiene sentido: un hijo se va y despilfarra todas las riquezas que le dio su padre, pero cuando regresa no recibe un castigo sino una fiesta en su honor. Al ego esa idea le parece injusta, pues cree que el amor de Dios es algo que tiene condiciones: se puede perder y si se pierde hay que pagar para recuperarlo.
La enseñanza de la parábola del hijo pródigo es que el amor de Dios no tiene condiciones. Podemos perderlo de vista, pero nunca nos será negado si volvemos nuestros ojos a Él. En realidad, el Amor no puede perderse jamás, pues el Amor es lo que somos y siempre seremos, sin importar las locuras que creamos hacer en el sueño en el que nos encontramos.
Solo tenemos que decidir regresar a nuestro padre y aquí está, justo en ese momento, la fiesta de recibida, sin ningún pago previo, sin ninguna penitencia.
Tratar de apagar el ruido de la mente a través de palabras y pensamientos es, obviamente, como tratar de apagar un incendio con gasolina.
El silencio llega cuando nos permitimos parar adentro de nosotros. No es algo externo.
Esta frase del maestro vietnamita Thich Nhat Nahn me parece un hermoso recordatorio:
«Silencio es algo que viene del corazón, no de afuera. Silencio no significa no hablar ni hacer nada; significa que tú no eres perturbado en tu interior. Si estás realmente en silencio, entonces no importa en qué situación te encuentres: puedes disfrutar del silencio.»
Hay muchas clases de críticas. Algunas, las de aquellos que claramente no nos entendieron o no están en sintonía con nosotros, hay que aprender a dejarlas pasar. Igual sucede con el troll en redes sociales que calma sus ansiedades despotricando contra lo primero que ve.
Sin embargo, hay otro tipo de críticas que son muy valiosas. Esas son las que pedimos. Versan sobre esos temas que son importantes para nosotros y con respecto a los cuales esperamos que ciertas personas sean honestas con nosotros. Cuando hago una exposición en el salón de clase, realmente quiero saber qué piensa mi profesor sobre ella. También quiero saber si mi pareja me percibe como un buen amante y si considera que soy cariñoso, agradable y detallista. Si me he esmerado en mi trabajo, normalmente querré saber qué piensa mi jefe o mi equipo.
Cuando recibimos críticas en esos temas sensibles por parte de personas relevantes para nosotros, duele, y a veces duele mucho. A veces duele tanto que nos cerramos y no recibimos el regalo oculto en la crítica. Nos volvemos como niños pequeños. «Quiero saber lo que piensas». «Pero te odiaré si no piensas lo que yo quiero».
En esos momentos, lo primero que debemos hacer es ser honestos con nosotros mismos y reconocer que estamos haciendo una pataleta. Reconocer que nos dolió, que nos dio tristeza, que nos dio rabia.
Luego de ser honestos con nosotros mismos, y de reconocer y permitirnos sentir las emociones que nos acompañan, ayuda mucho si podemos ser vulnerables con los demás. Ayuda si le dejamos saber a la otra persona que su crítica nos dolió. Este paso requiere gran madurez. No se trata de un reclamo para vengarnos por el dolor que nos causaron, se trata de abrir nuestro corazón para reconectarnos con esa persona y permitirle darnos su retroalimentación al nivel más profundo.
Si no podemos ser vulnerables o no es apropiado en el momento (tal vez el ayudante del cirujano no deba hablar de sus sentimientos en medio de un procedimiento de alto riesgo luego de recibir una crítica), sirve abrir el corazón y tener la intención genuina de sanar nuestra sensación de separación con respecto a esa persona. Una intención genuina es mucho más poderosa de lo que imaginamos.
Después, viene bien asumir responsabilidad por lo que vemos en el espejo. Si mi profesor, mis alumnos, mis hijos, mi pareja, mi compañero del grupo espiritual, mi jefe o mis colegas en el trabajo piensan que estoy haciendo algo mal, vale la pena mirar profundo dentro de mí y estar abierto a la posibilidad de que tengan razón, así mi ego se retuerza. De hecho, si el ego se retuerce es señal de que probablemente tienen razón en algo.
El paso final es abrirnos a recibir el regalo de la crítica. Permitir que nos cambie, que nos haga mejores. Eso es lo que queremos: crecer.
Podemos saber que hemos recibido la crítica con madurez cuando continuamos dando lo mejor de nosotros, no solo a pesar de ella, sino gracias a ella. El niño pequeño e inmaduro dice: «Si no te gusta lo que doy, pues no te doy más». En cambio, desde la madurez podemos responder: «Gracias por ayudarme a crecer. Aquí tienes un poco más de lo que doy, pero mejorado por tus críticas».
Cuando algo no me gusta de otra persona, qué cómodo es señalar con el dedo, qué fácil es sentirme separado de aquello juzgo.
«Ellos son el problema». «Si cambiaran, todo estaría bien». Con base en esas ideas, luchamos por cambiar a los demás. Tratamos de convencerlos de que están equivocados y a veces los forzamos a hacer las cosas de manera diferente. Con base en esas ideas vamos a la guerra. A veces, son esas ideas las que nos motivan a cambiar de pareja o de trabajo.
Qué difícil es reconocer que aquello que juzgamos en los demás es un reflejo de nuestro interior. Qué difícil es hacernos responsables por eso que vemos afuera. «¡Pero yo nunca haría eso, yo soy mejor, el problema es el otro, no yo!», responde el ego.
¿Y si esto fuera un juego de espejos? ¿Y si los demás nos reflejaran aquello que tenemos en nuestro interior? Está bien tratar de cambiar nuestro entorno. Pero ten en cuenta que, mientras nuestro interior no cambie, lo que que sea que construyamos, donde quiera que vayamos, seguiremos viendo eso reflejado afuera.
De ahí la invitación a que tomemos responsabilidad. Eso que no me gusta del mundo, eso soy. Aquello que no me gusta en ti lo cambio en mí.
Y tus hermanos no solo reflejan lo que no te gusta. Aquello que amas, aquello que aprecias y admiras, también está en ti. Por eso: gracias a mis espejos por mostrarme lo que llevo adentro. Gracias por mostrarme mi belleza y gracias por mostrarme aquello que aún no he sanado.
Los propósitos de comienzo de año son una fuente de energía y motivación poderosa. Parte de su magia reside en que nos permiten comenzar de nuevo. No importa lo que pasó el año pasado, nos dan esperanza de que podemos reinventarnos.
Sin embargo, muchas veces los propósitos se quedan sólo en una ilusión, en la adrenalina y el placer de comenzar. Por eso es importante saber que los propósitos, aquello en lo que nos queremos convertir, son una elección constante. No basta con hacer una lista o un ritual de inicio. Sólo llegaremos a donde queremos si volvemos a elegir caminar hacia allá una y otra vez, en cada momento, en este momento.
La magia es que podemos elegir reinventarnos no una vez al año, sino cada día. No importa lo que pasó ayer, hace una hora, hace cinco minutos. Ahora puedes volver a elegir. Con cada respiración te estás reinventando. Con cada paso que das estás eligiendo lo que quieres ser. Es motivante tener un norte al cual mirar, pero lo más importante es lo que estás eligiendo ahora.
Los propósitos de año nuevo sólo están vivos si los vuelves a elegir en este momento. Tu realidad es lo que eliges ahora. ¿Qué vas a elegir?
Todos tenemos momentos de oscuridad. Momentos en los que las enseñanzas espirituales parecen cuentos lejanos sin sentido. Momentos en los que el amor y la luz que hemos visto en nosotros se ven como un recuerdo gris que pertenece a otra persona. En esos momentos nos sentimos desmotivados y somos propensos a hacer elecciones que más tarde nos harán sufrir. Es ahí cuando cedemos a las adicciones, cuando respondemos de forma violenta, cuando nos saboteamos y destruimos aquello que habíamos construido con tanto amor y cariño.
Cuando esos momentos llegan, sirve recordar que lo que vivimos ahí, en medio de la oscuridad, es solo una experiecia más, pasajera como todas las experiencias, y no refleja la verdad última de nuestro ser. Nuestra luz y nuestro amor, que son la misma luz y el mismo amor de Dios, del universo, de la vida, siguen en nuestro interior. Sólo hemos perdido consciencia, hemos entrado en un estado de sueño profundo en el que perdemos de vista nuestra realidad, pero eso no ha hecho que nuestra realidad haya cambiado en lo más mínimo. Seguimos siendo una expresión perfecta del amor de Dios.
Claro que esto no se siente así en esos momentos y resulta muy difícil de creer. Al respecto, me nace darte las siguientes recomendaciones.
Mantente en estado de observación. Esto es fundamental. Es la base para poder transitar en medio de ese momento sin dejarte llevar a actos inconscientes. Reconoce que estás en medio de un mal sueño. Reconoce tu inconsciencia. El primer paso para salir de la locura es reconocer que uno está loco.
No creas nada de lo que diga tu mente. Esto puede ser lo más difícil y lo más importante. Observar los pensamientos como si pertenecieran a alguien más y dejarlos pasar. Como si estuviéramos mirando nubes densas que transitan por el cielo y ocultan el Sol. Muy parecido a lo que se hace en algunas prácticas de meditación al observar cualquier tipo de pensamientos.
Siente tus emociones y tu cuerpo. En un momento de oscuridad hay gran resistencia a sentir nuestras emociones. Suelen ser densas e incómodas, al igual que las sensaciones en nuestro cuerpo. Justamente para huir de esas sensaciones es que corremos hacia las adicciones y las distracciones. Pero detrás de esas emociones y sensaciones se esconde el tesoro de nuestra luz. Llegaremos al tesoro, o más bien, recuperaremos nuestra consciencia de él, cuando nos permitamos sentir profundamente esas emociones, pero permanecerá velado si huimos de ellas. En la medida en que puedas, acéptalas y ámalas. Si tienes tristeza, permítete llorar. Si sientes ira, sé muy consciente de ella. Te puede ayudar mover el cuerpo: golpear una bolsa de boxeo o correr o nadar. El ejercicio es una buena idea en los momentos de oscuridad, siempre y cuando tu cuerpo no esté enfermo y te lo permita.
No tomes decisiones importantes. Tomar decisiones en un momento de oscuridad es similar a tomar decisiones borracho. Lo más probable es que elijas algo que en realidad no quieres y que, por tanto, te hará sufrir a ti y probablemente a los demás. Espera. Sé paciente. No es momento de comenzar una relación ni de terminar una. No es momento de renunciar a tu trabajo. Es probable que quieras tomar esas decisiones, pues prometen liberarte de tu dolor. Pero créeme: lo que elijas desde ese estado te mantendrá en ese estado. Sé paciente. Espera a que pase la tormenta antes de decidir.
Ámate y perdónate. Exactamente como eres. Con toda tu oscuridad. Con todo tu miedo. Perdónate por estar así o, más bien, reconoce que no hay nada que perdonar. Lo que estás pasando es parte normal de cualquier proceso de cambio y evolución. No es un reflejo de que haya algo mal contigo (aunque eso es lo primero que te dirá tu mente). Eres perfecto y digno de amor siempre. Incluso en tu oscuridad. Ante todo, evita la culpa. Si ya te heriste o heriste a otros, necesitas amor, no castigo, sin importar lo que diga tu mente. Odiarte y castigarte te mantendrá en la oscuridad. Amarte y perdonarte te ayudará a salir. Y es lo mejor que puedes hacer por ti y por aquellos a los que crees haber lastimado.
Pide ayuda. Si te cuesta mucho trabajo aplicar los consejos anteriores, pide ayuda. Busca a alguien que sí puede ver tu luz cuando tú no puedes. Un amigo, un hermano, un terapeuta. Si pides ayuda, la encontrarás.
Ánimo. Siempre. No tengo absolutamente ninguna duda de que volverás a ver tu luz y de que volverás a alumbrarnos con ella.
Uno de mis maestros espirituales favoritos es Eckhart Tolle. Y algunas de sus ideas sobre la abundancia han estado rondando mi cabeza en los últimos días. Les comparto este extracto tomado de su libro Una Nueva Tierra:
Reconocer lo bueno que ya tenemos es la base de la abundancia. El hecho es que cada vez que creemos que el mundo nos niega algo, le estamos negando algo al mundo. Y eso es así porque en el fondo de nuestro ser pensamos que somos pequeños y no tenemos nada para dar. Ensaye lo siguiente durante un par de semanas para ver cómo cambia su realidad: dé a los demás todo lo que sienta que le están negando. ¿Le falta algo? Actúe como si lo tuviera, y le llegará. Así, al poco tiempo de comenzar a dar, comenzará a recibir. No es posible recibir lo que no se da. El flujo crea reflujo. Ya posee aquello que cree que el mundo le niega, pero a menos que permita que ese algo fluya, jamás se enterará de que ya lo tiene. Y eso incluye la abundancia. Jesús nos enseñó la ley del flujo y el reflujo con una imagen poderosa. «Den y se les dará. Recibirán una medida bien apretada y colmada» (Lucas 6, 38).
La fuente de la abundancia no reside afuera de nosotros, es parte de lo que somos. Sin embargo, es preciso comenzar por reconocer y aceptar la abundancia externa. Reconozca la plenitud de la vida que lo rodea: el calor del sol sobre su piel, la magnificencia de las flores en una floristería, el jugo delicioso de una fruta o la sensación de empaparse hasta los huesos bajo la lluvia. Encontramos la plenitud de la vida a cada paso. Reconocer la abundancia que nos rodea despierta la abubdancia que yace latente dentro de nosotros y entonces es sólo cuestión de dejarla fluir. Cuando le sonreímos a un extraño, proyectamos brevemente la energía hacia afuera. Nos convertimos en dadores. Pregúntese con frecuencia, «¿qué puedo dar en esta situación; cómo puedo servirle a esta persona, cómo puedo ser útil en esta situación?». No necesitamos ser dueños de nada para sentir la abundancia, pero si sentimos la abundancia interior constantemente, es casi seguro que nos llegarán las cosas. La abundancia les llega solamente a quienes ya la tienen. Suena casi injusto, pero no lo es. Es una ley universal. Tanto la abundancia como la escasez son estados interiores que se manifiestan en nuestra realidad. Jesús lo dijo así: «Porque al que tenga se le dará más, y al que no tenga, aun lo poco que tiene se le quitará» (Marcos 4, 25).
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Eckhart Tolle nació en Alemania, donde vivió hasta los 13 años. Se graduó de la Universidad de Londres y fue investigador de la Universidad de Cambridge. A los 29 años una profunda transformación espiritual cambió el rumbo de su vida. En los años siguientes se dedicó con devoción a entender, integrar y profundizar esa transformación que marcó el inicio de un intenso viaje interior. Comenzó a trabajar como consejero y maestro espiritual con personas independientes o grupos pequeños en Europa y Norteamérica. Luego de publicar El Poder del Ahora, adquirió reconocimiento a nivel mundial. Hoy trabaja dando talleres a grandes grupos y ofrece sus enseñanzas a través de su página de internet.
Uno de los miedos que más ha me ha costado superar es el miedo a que los demás piensen que soy ridículo o me desprecien o me condenen en sus mentes, conocido coloquialmente como el miedo al qué dirán.
Este temor, que surgió en la niñez tardía y se recrudeció y alcanzó su pico en la adolescencia, se ha manifestado en muchas áreas de mi vida. Y en los últimos años, con la llegada de las redes sociales, este temor ha vuelto a presentarse. ¿Qué pensarán mis amigos de Facebook con los que estudié filosofía, aquellos que conocí en ese viaje hace 5 años, esos con los que tomé un curso de idiomas, ese exalumno, esa amiga de mis primos, los compañeros del colegio? Si comparto mis ideas sobre la espiritualidad, si hago chistes, si muestro lo que escribo, ¿se reirán de mí?, ¿se sentirán decepcionados?, ¿me considerarán poco valioso?, ¿se ofenderán o indignarán?
Es un miedo muy común, lo sé. Lo más probable es que hayas tenido pensamientos similares a estos. Pero, sobre todo, es un temor muy limitante. Me impide compartir lo mejor que tengo para dar. Me impide crecer. Me impide brillar.
Al pensar sobre este miedo, me he dado cuenta de dos cosas.
Lo primero es que se trata de un miedo muy narcisista. Parte de la idea de que todo el mundo me está mirando, de que todos están pendientes de mí. Parte de la idea de que lo que hago o dejo de hacer es importante para quienes me rodean. Es un miedo que surge de un ego que se infla en fantasías y teme que el reflejo de sí mismo que ve en los demás lo desinfle y lo destruya.
La realidad, sin embargo, es que mis amigos tienen sus vidas propias, llenas de retos e ilusiones, y yo apenas soy una pequeña mota de polvo en la película de sus vidas. Hablo en general, por supuesto. Hay gente muy cercana a mí para quien soy importante. Pero no es de aquellos muy cercanos de quienes tengo miedo, sino de esa masa de gente que he conocido apenas y de lejos.
Lo segundo de lo que me he dado cuenta es que ese temor es un reflejo aprendido en la niñez. Es una respuesta automática. Cuando estoy en el momento presente, desaparece, se detiene. Pues, cuando miro este miedo con calma, puedo ver con claridad que no tiene sentido. Realmente no me importa lo que piensen quienes apenas me conocen. ¿Por qué habría de importarme? Lo más probable es que nunca vuelva a ver en persona a muchos de ellos. Y sé con certeza que el 99,9% no estarán en mi lecho de muerte, no me acompañarán en mis últimos días a mirar lo que hice y dejé de hacer en la vida.
Al mirar atrás, veo varios episodios de mi vida en los que fui desaprobado o hice el ridículo a los ojos de otros. Pero ahora, al recordar esas experiencias, siento una gran satisfacción. Exploré caminos que me llevaron a paredes y a vías sin salida. Sufrí. Reí. Lloré. Temblé. Aprendí. Y ahora amo esas experiencias y disfruto gracias a que me hicieron crecer. Las únicas cosas de las que me arrepiento son las que no hice por temor a lo que pensaran los demás. Siento tristeza por mí al ver las posibles experiencias enriquecedoras y maravillosas que dejé pasar. Y sé que serán estas aventuras no vividas las que lamentaré al final.
¿De qué te alegrarás al mirar atrás y qué lamentarás? ¿De verdad es tan importante lo que piensen los demás?
Te invito a que volemos sin el peso de esos miedos viejos. No te preocupes, no son reales. A veces, sin embargo, sólo verás que no son reales cuando te atrevas a comenzar a volar
¿Cuando hablamos de despertar espiritual, estamos hablando de no volver a soñar más, de no tener sueños y aspiraciones? Creo que no estamos hablando de eso, por lo menos no yo. Creo que se puede hacer una distinción entre dos formas de soñar.
Forma 1:
Esta mañana estaba paseando los perros de mi novia, que son pequeños, y de repente fueron atacados por dos perros grandes. Fue un momento muy angustiante. Me dio rabia con los dueños de esos perros por pasearlos sin correa. Cuando me di cuenta, estaba fantaseando con cómo sería si yo pudiera sacar a pasear un león en vez de dos perros pequeños. Me imaginaba cómo me respetarían y temerían los dueños de aquellos perros que me habían molestado.
Esta es una forma de soñar que me mantiene dormido. Se caracteriza por que implica un rechazo del momento presente. No quiero sentir el miedo y la vulnerabilidad de que mis perros sean atacados. No me gusta esa realidad que percibo. Entonces me escondo tras una fantasía que me hace sentir mejor por un momento. Una fantasía en la que el momento presente ya no es como es. Esta forma de soñar me impide reconocer, abrazar, aceptar y amar la realidad, este momento.
Forma 2:
Cuando un arquitecto está diseñando una casa y mira el terreno sobre el que la edificará, imagina en su mente cómo se verá la casa una vez construida, cómo será caminar por ella, cómo las ventanas dejarán entrar la luz. Esta forma de soñar no parte de un rechazo al momento presente. El arquitecto no resiente o rechaza el terreno vacío. Simplemente desea construir una casa. Tiene deseos de crear.
Esta forma de soñar es maravillosa. Todo lo que jamás ha creado un ser humano comenzó como un sueño. Y la magia es que podemos desear crecer, construir, cambiar, y podemos hacerlo sin rechazar este momento. Ese rechazo no es necesario.
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Así, puedo soñar que viajo a otro país porque no me gusta donde estoy ahora, o puedo soñar que viajo como producto de un impulso creativo que desea experimentar cosas, y al mismo tiempo amar profundamente el lugar y el momento en el que estoy ahora. Es como cuando un adolescente sueña con irse de la casa de su madre. Eso no implica que no le gusta esa casa, no implica que rechaza a su madre y a su condición presente, simplemente significa que desea crecer. O un ejemplo más sencillo: cuando voy caminando por la calle y deseo tomarme un café, ese deseo no necesariamente implica un rechazo de este momento. Puedo estar disfrutando inmensamente la caminata y aun así imaginar el delicioso aroma del café y desearlo.
La invitación es, pues, que uses tu capacidad de soñar para sembrar las semillas que se convertirán en tus creaciones más maravillosas. Y trata de evitar soñar para huir del momento presente; abrázalo, hónralo, vive plenamente aquí y ahora.