“El blues [el dolor] es la verdad”

Por: Jack Kornfield

Como respuesta saludable al dolor y el miedo, tomamos consciencia antes de que se conviertan en ira. Podemos entrenarnos para caer en cuenta del espacio entre lo que sentimos y nuestra reacción frente a ello. Para esto debemos aprender a tolerar nuestro dolor y nuestro miedo. No es fácil. Tal como lo dijo James Baldwin: “La mayoría de la gente descubre que, cuando el odio se vaya, se verán obligados a lidiar con su propio dolor”. Es por esto que comenzamos prestándole atención a las cosas pequeñas, pequeños dolores y decepciones.

Para trabajar honorablemente con la ira, debemos reconocer la profundidad de la Primera Noble Verdad de Buda: la verdad del sufrimiento. Hay dolor en nuestras vidas, en el mundo —decepciones, injusticias, traiciones, racismo, soledad, pérdida—. Como los maestros del blues Buddy Guy y Junior Wells dicen: “El blues es la verdad” [en inglés, blues significa tristeza o melancolía]. Ninguna estrategia puede evitar que experimentemos la pérdida y el dolor, la enfermedad y la muerte. Esta es la vida humana. Aunque tratemos de evitar esta verdad, sigue siendo verdad. Un dicho zen nos recuerda que “Si entiendes, las cosas son tal como son. Si no entiendes, las cosas son tal como son”.

¿Cuál es la medicina que la psicología budista prescribe para el sufrimiento y la aversión? Primero, tomamos consciencia de esta fuerza dentro de nosotros. Reconocemos en nuestros cuerpos la rigidez de la agresividad, el dolor de la furia, la contracción del miedo. Tomamos contacto íntimo con nuestra frustración, nuestra ira, nuestra culpa.

En segundo lugar, aprendemos la diferencia entre reacción y respuesta. Cuando estamos de afán y se quema una tostada, podemos reaccionar irritándonos en extremo o golpeando la tostadora, o podemos sentir nuestra frustración y poner otra tajada de pan. Cuando alguien nos cierra en el tráfico, podemos vengarnos acelerando, sobrepasando al otro vehículo y gritándole, tratando de cerrarlo también, o podemos respirar y soltar. Cuando nos critican, cuando nos traicionan, no tenemos que reforzar el dolor de la situación sumándole el dolor de nuestra reacción.

Es como dos flechas, dijo Buda. La primera flecha es el evento inicial, la experiencia dolorosa. Ya sucedió, no podemos evitarlo. La segunda flecha es aquella que nos lanzamos a nosotros mismos. Esta flecha es opcional. Ante el dolor inicial podemos agregar un estado mental contraído, molesto, irritado, rígido, en pánico. O podemos aprender a experimentar el mismo evento doloroso con menos identificación y menos dolor, con un corazón más relajado y compasivo.

¿Significa esto que no podemos responder con fuerza algunas veces? No. A veces tenemos que pararnos, gritar la verdad, marchar, protestar, hacer lo que sea necesario para proteger nuestra vida y la de los demás. Los grandes ejemplos de no violencia como Ganhdi y Martin Luther King Jr. mostraron una gran estrategia y una gran habilidad en este sentido. Ellos unieron a las personas, usaron las cortes, rompieron la ley, bloquearon las vías, negociaron, se movieron hacia adelante y hacia atrás, encontraron aliados, y usaron el dinero, el poder, la vergüenza, los discursos y la política para luchar por aquello que estaba bien. Pero ellos no actuaron motivados por el odio y la violencia. Este es un ejemplo poderoso. Cuando la ira surge de la rigidez y de creernos mejores que los demás, podemos dejarla ir. Reteniendo nuestra claridad y su fuerza, también podemos buscar justicia, pero con un corazón amoroso.

Buda nos exhorta a dejar nuestra ira aun después de dificultades extremas. Estos son unos versos famosos del Dhammapada, las palabras de Buda: “‘Él abusó de mí y me golpeó, me tiró al piso y me robó’. Repite estos pensamientos y vivirás en el odio. Él abusó de mí y me golpeó, me tiró al piso y me robó’, abandona esos pensamientos y vivirás en amor. En este mundo, el odio nunca termina con el odio, sino que solo se sana con el amor. Esta es la ley antigua y eterna”.

Traducido por: David González

Tomado de: https://jackkornfield.com/the-blues-is-the-truth/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

Puedes conocer más sobre él en su página web.

Sobre el amor implacable

Uno de los acontecimientos que más me ayudó a superar el miedo a las mujeres ocurrió durante un retiro de meditación. Tenía 25 años y nunca había tenido novia. Es más, no sabía lo que era un beso. Así de grande era mi miedo al rechazo, a lo desconocido, a no ser lo suficientemente bueno, al amor.

Una noche, en una de las reuniones grupales que tenían lugar después de las jornadas de meditación, comenté que me sentía triste. Me gustaba una mujer  con la  que había compartido durante el retiro, pero no era capaz de decirle nada. Al oír mi historia, Isha, la maestra espiritual creadora del centro de meditación, y quien justo esa noche estaba a cargo de la reunión —lo que no era usual—, me pidió que fuera a decirle a la mujer lo que sentía. Una ráfaga de adrenalina cruzó por mi pecho. “Después de que termine la reunión, lo haré”, repliqué. La verdad es que tenía mucho miedo. Ese mismo miedo que me había acompañado desde  niño y a causa del cual había desperdiciado tantas oportunidades de experimentar, de vivir la vida, de conocer gente maravillosa, de conocerme a mí mismo. Tenía que pensarlo un poco más. Examinar la situación con cuidado; ver si ya estaba listo. Para muchos sería algo muy simple, pero para mí era algo gigante, como lanzarme a un abismo. Era mejor tomar las cosas con calma.

Segundos después de mi respuesta, Isha me miró con gran intensidad y me gritó: “¡Ahora!”. Por un breve instante quedé paralizado. No parecía algo real. Yo esperaba unas palmaditas en la espalda, algo de lástima por mi situación. Lo último que esperaba recibir era una patada que me precipitara al abismo. El grito bloqueó mis pensamientos. Simplemente me puse de pie y fui hacia el salón donde se encontraba la mujer que me gustaba —estábamos en reuniones diferentes—. Por supuesto, temblaba, pero de alguna forma sentía que no tenía opción. Como un pájaro que cae y no le queda otra alternativa que abrir las alas.

Cuando regresé con ella al salón donde estaba reunido mi grupo —eran como cincuenta personas—, habían puesto una silla en la mitad para que se sentara mientras yo le decía lo que sentía. De nuevo, puede que todo esto se vea muy simple, pero para mi mente era como caminar sobre fuego: algo que estaba absolutamente convencido que no podía hacer. Le dije lo que sentía y fue una experiencia maravillosa. A las pocas semanas de regresar del retiro, le declaré mi amor a una mujer maravillosa con la que tuve un bello noviazgo. Nada de eso habría sucedido de no ser por el grito de Isha, que, no obstante, fue tan agresivo e incómodo en su momento.

Ese grito fue un pequeño ejemplo de lo que Isha llama “compasión implacable”. En español no tenemos una forma clara para referirnos a esto, pero es semejante a lo que en inglés se conoce como tough love o “amor duro”. Sucede en aquellos casos en los que el amor adquiere una apariencia feroz, pero no por ello deja de ser amor. De lejos, podría verse como agresión, irrespeto o egoísmo. Si mi miedo hubiera sido demasiado grande, puede que hubiera rechazado el grito de Isha, y que ahora mi versión de la historia fuera algo así como “¿Quién era ella para gritarme?, ¿cómo se atrevía a darme órdenes? Yo había ido al centro de meditación para sentirme mejor, no para que me maltrataran”. Afortunadamente, estuve abierto a recibir esa ráfaga de amor, a pesar de su apariencia. Lo mismo sucede con el hijo drogadicto, por quien, a veces, lo mejor que se puede hacer es echarlo de la casa, o no prestarle más dinero, aun si esto le va a causar un gran dolor inmediato.

En mi vida, mis mejores amigos y mis familiares más cercanos han sido quienes más han demostrado por mí eso que Isha llama compasión implacable. Cuando he estado en un gran drama y, en vez de seguirme el juego, me han rechazado para mostrarme el lugar en el que me encuentro. Cuando he pedido ayuda en casos en los que en realidad no la necesitaba —aunque estaba convencido de que la necesitaba—, y me la han negado, a pesar de lo difícil que es negarle ayuda a un amigo cercano. Hoy solo siento gratitud por todos ellos, al igual que por Isha.

Por supuesto, este es un tema delicado, pues en nombre del “amor duro” podemos caer en el abuso o en el egoísmo. Tal vez solo el corazón sepa qué  es lo más adecuado en cada caso. Una de las cosas hermosas que dice Isha es que el amor verdadero no tiene una forma fija. A veces puede ser suave e infinitamente paciente, y a veces puede ser como un volcán que lo consume todo. Es probable que nos equivoquemos, y que en nombre del “amor duro” hagamos actos carentes de amor. Sin embargo, cuando estamos conectados con el corazón y con nuestra sabiduría interna, y a veces simplemente basta sentido común, podemos ayudar verdaderamente a quienes amamos, más allá de las apariencias. Y es un gran acto de amor estar dispuestos a perder a quienes queremos y a que nos juzguen de crueles o de indiferentes, si en el fondo sabemos que lo que estamos haciendo es lo que más le conviene a la persona que amamos. El amor no son solo rosas. Sergi Torres, un maestro a quien admiro mucho, lo pone de una manera gráfica: es cierto que nos gustan las flores, pero si en vez de lava los volcanes solo botaran flores, seguramente no cumplirían la función que desempeñan en la naturaleza.

Por: David González

Por qué es importante practicar ser ahora aquella persona que quieres ser después

Por: Harv Eker

Una de las mejores preguntas que jamás me han hecho, pero que casi nunca se plantea, es “¿Realmente cómo es ser rico?”. Podrías pensar que me preguntan esto a menudo, pero no es así, así que cuando escuché la pregunta, me pareció un poco rara.

Después de pensar por un rato, mi respuesta fue y aún es esta: ser rico es lo mismo que cualquier cosa, o puede ser mucho mejor si así lo quieres.

¿Qué quiero decir? Tienes mucho dinero, y eso te da, usualmente, mucha más libertad si lo permites. Te da mucho más tiempo si lo permites. Hace que te preocupes mucho menos por el dinero si lo permites.

Te da la oportunidad de ayudar a otras personas si eso es lo que quieres hacer. Te permite hacer lo que quieras durante el día si te permites hacerlo. Te da toda clase de oportunidades. Todo eso es grandioso, ¿no?

Ahora observa, ¿qué digo con cada una de estas oportunidades? Si lo permites.

Muchos millonarios todavía trabajan, como si fuera su trabajo, pues quizás ellos no establecieron su negocio de manera que se pudiera vender y que al mismo tiempo los liberara de las responsabilidades principales. O quizás se pusieron a gastar como locos y ahora tienen que ganar más dinero para mantener su estilo de vida.

De manera que tienes éxito en los negocios, pero ¿eres libre? Tienes montones de dinero, pero ¿lo gasta de manera sabia? Manejas mejores carros, pero ¿todavía te quejas del tráfico?

Tal como lo digo cuando bromeo con mis amigos: todavía tenemos problemas, pero tenemos lo que llamamos “problemas de ricos”, o, como mi compañera de vida, Michelle, lo pone: “problemas de champaña”.

Sé que eso suena ridículo, pero no importa. Para la mente un problema es un problema. No importa si eres rico o estás en bancarrota, eres de clase media o lo que sea. Si tienes un problema, tu mente lo convierte en el fin del mundo, ¿no?

Así que mi problema cuando estaba en la quiebra era que no sabía cómo iba a pagar el alquiler del mes. Ahora, cuando me doy cuenta de que el resort al que estamos planeando ir en Navidad ya no tiene disponibles habitaciones con vista al océano, mi mente dice: “Demonios. ¡No puedo creerlo! Hace dos días todavía había cuartos libres. ¿Qué pasó?”.

Sé que sueno como un idiota, pero no soy yo quien es idiota. Es mi mente la que es idiota. Verás, la mente es siempre igual. “Tengo que tener lo que quiero. No estoy feliz si no obtengo lo que quiero. Lo merezco. Es mi derecho. Yo debería ser esto. Yo debería ser aquello. Bla bla bla”.

Todos estos son solo pensamientos infelices. Así que los observo y pienso: “Cielos. De acuerdo, escucha. Hay cientos de millones de personas que ni siquiera podrán comer mañana, ¿y tú estás preocupado por una condenada habitación con vista al mar? Hombre, ¿no tienes nada mejor que hacer?”.

Respiro y lo dejo ir, pero eso no significa que no sienta el problema en un comienzo.

Un problema es un problema. Mi reacción frente a un problema es siempre la misma. Simplemente lo dejo ir un poco más rápido y sé en el fondo de mi mente que en realidad no es un problema. Simplemente estoy armando una tormenta en un vaso de agua.

Así que lo que estoy diciendo es: ser rico es fantástico, pero tienes que permitir que ser rico sea fantástico, del mismo modo en que tienes que permitir que cualquier otra cosa sea fantástica. De modo que sé ahora quien quieres ser después, especialmente si lo que quieres ser es rico.

En otras palabras, practica ser una persona que no se preocupa; una persona que disfruta de su libertad tal como es ahora; una persona que no permite que la molesten las cosas pequeñas.

Somos criaturas de hábitos. Vas contigo a dondequiera que vayas. Si quieres ser un millonario feliz después, practica ser feliz ahora. Deja de esperar a obtener cierto nivel de éxito para estar en paz, practica estar en paz ahora. Si eres el tipo de persona que, incluso cuando está en bancarrota, permite que surja lo mejor de una situación sin actuar desde un lugar de miedo, o de exigencia, o de carencia, entonces sí, ser rico será maravilloso… ¡si lo permites!

Traducido por Caminos de Conciencia

Tomado de: http://www.harveker.com/2016/08/17/important-practice-now-want-later/

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Harv Eker es un reconocido escritor y orador motivacional, quien ha dedicado su vida compartir enseñanzas sobre cómo tener una vida más próspera y feliz. Es autor del bestseller Los secretos de la mente millonaria. Para conocer más sobre él, puedes visitar su página web.

Consejos para superar la necesidad de aprobación

Tal vez recuerdes a la malvada y hermosa bruja de Blancanieves, quien se paraba frente a su espejo y le decía: “Espejo mágico, dime una cosa ¿quién es en este reino la más hermosa?”. Cuando la respuesta no fue la que esperaba, pues Blancanieves era la más hermosa, la bruja enloqueció de cólera y envió a un cazador para que asesinara a la doncella. Parece claro que la bruja estaba enferma; sin embargo, no es tan diferente de la mayoría de nosotros como quisiéramos, y hay muchas cosas que podemos aprender de ella si miramos con cuidado. Por ejemplo, miremos nuestra necesidad de aprobación en las redes sociales.

Por mi parte, reconozco que aún tengo gran necesidad de aprobación en las redes sociales, y sobre todo en Facebook; casi que se podría decir que soy adicto a los likes. ¿Qué quiere decir eso? Bueno, imagina lo siguiente:

Publicas algo en Facebook que crees que les va a gustar a tus amigos, o a la gente que tienes como amigos. Experimentas cierta satisfacción. Una emoción sutil te inunda; es probable que se trate de la dopamina, hormona relacionada con el placer anticipatorio. En las horas que siguen, miras con frecuencia el celular o la pestaña de Facebook para mirar cuántos likes tienes. Si la cantidad excede tus expectativas, sientes ráfagas de placer que aumentan con cada nueva reacción a tu publicación. Al mirar la sensación con cuidado, puedes ver que se parece al orgasmo más de lo que se podría haber pensado en un comienzo. Quieres más. Si la cantidad es menor de lo que esperabas, te sientes mal. A veces es algo como una punzada en tu pecho, o simplemente una leve sensación de malestar. Continúas revisando cada cierto tiempo, para confirmar tu éxito o con la esperanza de que las cosas mejoren. Dependiendo del resultado final, puede que tengas un día alegre, lleno de entusiasmo y optimismo, o que quedes resentido y sientas que las cosas no van tan bien en tu vida como quisieras.

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Imagen por: John Holcroft

¿Te sentiste identificado? El ejemplo del párrafo anterior corresponde a un alto grado de adicción a los likes, pero puede que la mayoría de nosotros experimentemos algo similar, al menos en algunos momentos y sobre todo en relación con algunas publicaciones. Por ejemplo, la reacción de los demás frente a nuestra nueva foto de perfil seguramente será más importante para nosotros que aquella que suscite una noticia de algún periódico local que republicamos porque nos pareció importante o curiosa.

En ese caso, Facebook se convierte en el espejo que usaba la malvada bruja en Blancanieves: “Facebook, querido Facebook, por favor confírmame que soy valioso, que le importo al mundo, que soy divertido e inteligente”. Por esto, se está volviendo común hablar de la adicción a los likes, y esta necesidad de confirmar nuestro valor es una de las razones por las que nos podemos hacer adictos a las redes sociales. De hecho, hay estudios que muestran que lo que sucede en el cerebro de los aficionados a las redes sociales es similar a lo que sucede en el cerebro de los drogadictos. Al igual que con las demás adicciones, sabemos que somos adictos porque nuestro bienestar depende de algo. Y a veces sucede que nuestro amor propio y la sensación de que somos valiosos depende de la reacción de quienes nos rodean. Se trata de la necesidad de aprobación, sólo que ahora, para muchos, es magnificada por las redes sociales.

O tal vez a ti no te sucede con Facebook, pero hay otros aspectos de tu vida en los que tu bienestar emocional depende de la forma como los demás reaccionan frente a lo que tú haces. Esto es, la necesidad de sentir que somos valorados y aceptados; de sentir que lo que ofrecemos es valioso para quienes nos rodean. De pronto cuando tu jefe o tus compañeros de trabajo te elogian te vas al Cielo, pero si tus esfuerzos les son indiferentes o, peor aún, si te critican, bajas directo al infierno. Esto puede pasar en todos los aspectos de tu vida. A veces es muy leve, a veces es una dependencia que colinda con la adicción.

En todo caso, se trata de lo que sucede cuando buscamos nuestro valor afuera. En mayor o en menor medida, nos volvemos esclavos de un espejo, como la bruja del cuento. Necesitamos que algo externo determine cuánto valemos. Y ese espejo no se limita a la opinión de los demás. Puede ser una nota en la universidad, el sueldo que recibes por tu trabajo, cuántos amantes has tenido, cuántos premios has ganado. Te vuelves esclavo de esas cosas cuando las conviertes en una medida de tu valor.

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Así que, ¿qué podemos hacer para dejar de ser esclavos del espejo? A continuación un par de sugerencias:

Observa la necesidad: para y siente

Lo primero es reconocer aquellos aspectos de nuestra vida en la que requerimos que el mundo exterior nos confirme que somos valiosos. La invitación es a mirar con lupa el sentimiento que surge cuando llega la aprobación, y también aquel que aparece cuando nos enfrentamos al rechazo. Miremos esto de frente. No embriagarnos por completo con la aprobación, sino mirar con calma qué hay que sea real bajo ella. No huir del fracaso, ni tratar de compensarlo de cualquier manera (por ejemplo, me rechaza un amigo, y entonces me refugio en el hecho de que tengo dinero… o publico algo en Facebook para comprobar que aún soy valioso). Aprender a quedarnos con la incomodidad y explorarla es clave al lidiar con cualquier adicción. Sentir. Ver qué emociones están debajo. Si está en juego nuestro amor propio, es muy posible que haya tristeza en lo profundo, enterrada allí desde nuestra niñez, cuando las reacciones de nuestros padres eran para nosotros la prueba de que merecíamos o no el amor.

Ten la intención de darte lo que pides y ve profundo dentro de ti

Esto puede ser lo más difícil. Darme a mí mismo el amor y la aprobación que les exijo a los demás. Pero es también lo más importante, pues mientras no te lo des, nada afuera va a ser suficiente. No importa el número de likes que obtengas, la inseguridad seguirá en el fondo esperando a despertar a menos que aprendas a amarte incondicionalmente. Y aquí la palabra incondicional es clave. Se trata de ir profundo dentro de ti y encontrar tu verdadero valor, un valor que no depende de lo que pase afuera, que no depende de tus logros o fracasos. Es lo mismo que cuando realmente amas a un hijo. Te puede alegrar si le va bien en matemáticas, pero no lo vas a amar más o menos por eso. Tu amor no depende de nada externo: es puro, incondicional. Entre más te ames, menos vas a necesitar al espejo, pues te estarás dando a ti mismo aquello que le pedirías. Si amas verdaderamente a alguien, lo seguirás amando así su cuerpo cambie, así sus facultades mentales y su capacidad  para crear ciertas cosas cambie, pues sabes que el valor de esa persona no tiene nada que ver con eso, ni con nada que se pueda convertir en polvo. Está más profundo. Así que ve profundo dentro de ti y encuentra ese valor que nada se puede llevar. Aprende a quedarte allí y a conectarte de manera permanente con ese lugar. Desde allí los likes en Facebook y las demás formas de aprobación se verán sólo como cosas agradables que puedes disfrutar, pero de las que también puedes prescindir.

Un consejo que resume los dos anteriores es el siguiente: cada vez que tengas la tentación de mirar qué tan bien le está yendo a una de tus publicaciones, para y mira dentro de ti. Utiliza esa tendencia como un recordatorio para conectarte contigo. Y puedes hacerlo en cualquier área de tu vida, no sólo con las redes sociales. Antes de mirar afuera, mira adentro. Mira la inseguridad que está debajo, la duda, la necesidad de que el mundo te confirme que eres valioso o que vas en la dirección correcta. Luego busca dentro de ti y conéctate con tu verdadero valor. Bucea bajo la ansiedad que aparece al no saber. Siente el dolor de sentir que no eres amado y úsalo como combustible para descubrir el verdadero amor propio.

Por: David González

Los obstáculos son parte del camino

Por: Jack Kornfield

Si examinamos nuestras mentes, inevitablemente encontraremos las fuerzas que están en la raíz de la avaricia, el miedo, los prejuicios, el odio y el deseo, los cuales crean tanto dolor en el mundo. Pero dichas fuerzas pueden convertirse en una oportunidad para nosotros, y plantean una pregunta fundamental para cualquiera que se comprometa con una vida espiritual: ¿Hay alguna forma en la que podamos convivir con estas fuerzas de manera constructiva y sabia? Dependiendo de cuál sea nuestra relación con estos demonios, u obstáculos, pueden ser fuente de una gran lucha o combustible para el crecimiento y la claridad. El primer paso para trabajar con estas energías es identificarlas claramente. En la explicación clásica se suele decir que hay cinco obstáculos principales, pero puede que hayas descubierto algunos por tu cuenta.

El primer obstáculo es el deseo del placer sensorial: cosas agradables de ver, sonidos, sabores y olores agradables, estados mentales placenteros. ¿Cuál es el problema con el deseo? ¿Qué tiene de malo? Nada, realmente. No hay nada malo con disfrutar de experiencias placenteras. Teniendo en cuenta las dificultades que enfrentamos en la vida, es bueno tener esas experiencias. Sin embargo, estas nos engañan. Nos llevan a adoptar la mentalidad del “Si tan solo”: “Si tan solo pudiera tener esto”, o “Si tan solo tuviera el trabajo correcto”, o “Si tan solo pudiera encontrar la relación correcta”, o “Si tan solo tuviera buena ropa”, o “Si tan solo tuviera una la personalidad adecuada, entonces sería feliz”. Se nos ha enseñado que si podemos tener suficientes experiencias placenteras, juntando rápidamente unas tras otras, tendremos una vida feliz. Un buen juego de tenis seguido por una cena deliciosa, una buena película, luego sexo fantástico y un buen sueño, para después trotar por la mañana, y luego una buena hora de meditación y un excelente desayuno, para de allí pasar a una emocionante mañana de trabajo, y así. Nuestra sociedad perpetúa este ardid de manera magistral: “Compra esto, asegúrate de lucir así, come esto, actúa de esta manera, sé dueño de esto… y tú también podrás ser feliz”. No hay problema con disfrutar de experiencias placenteras, y seguir una práctica espiritual no implica rechazarlas. Pero estas realmente no satisfacen al corazón, ¿o sí? Por un momento experimentamos un pensamiento, un sabor o una sensación agradable, y luego se va y se lleva consigo la sensación de felicidad que había traído. Entonces pasamos a la siguiente cosa. Todo el proceso se puede volver extenuante y vacío.

Claro que no siempre pedimos mucho; a veces nos conformamos con muy poco. Al comienzo de un retiro de meditación las personas usualmente gastan una gran cantidad de tiempo sufriendo a causa de sus deseos: “Si tan solo tuviera esa casa” o “Si tan solo tuviera más dinero”. Pero a medida que se ajustan a los límites impuestos por el retiro, sus deseos se vuelven más pequeños: “Si tan solo sirvieran algo dulce después del almuerzo”, o “Si tan solo estuviéramos sentados por menos tiempo”. En una situación como un retiro —o en una prisión, dado el caso—, en la que las posibilidades de cumplir los deseos son limitadas, se hace claro que la fuerza del deseo no está determinada por un objeto particular, sino por el nivel de apego en la mente, y el deseo de un dulce puede ser tan poderoso como el deseo de un Mercedes Benz. De nuevo, el problema no es el objeto de deseo, sino la energía en la mente. La energía del deseo nos mantiene en movimiento, buscando esa cosa que realmente nos va a satisfacer. La mente que desea es en sí misma dolorosa. Es un hábito que se perpetúa a sí mismo y que no nos permite estar donde estamos debido al afán por tratar de obtener algo más. Incluso cuando obtenemos lo que queremos, luego queremos algo más o algo diferente, pues el hábito de anhelar es muy fuerte. Es una sensación de que estar aquí y ahora no es suficiente, de que estamos incompletos de alguna manera, y esto nos mantiene alejados de nuestra propia completud natural. Nunca estamos satisfechos. Es esta misma fuerza a escala mundial la que crea los estragos que se derivan de que la gente esté anhelando y consumiendo, acumulando, y luchando guerras para tener más y más, en una búsqueda siempre insatisfecha de placer y de seguridad.

En India dicen que cuando un carterista se reúne con un santo, solo ve la cartera del santo. Lo que anhelamos distorsionará y limitará nuestra percepción; determinará lo que vemos. Si estamos hambrientos y caminamos por la calle, no vemos las tiendas de zapatos ni si hace buen tiempo ni las nubes. Vemos allí un buen restaurante griego. “Podría comer queso feta y una buena ensalada”, o “Hay un restaurante italiano. Tal vez podría comer pizza o manicotti”, o “Ahí hay un McDonald’s. Quizás me coma una hamburguesa”. La gente puede perderse tanto en la imaginación que quienes van a un retiro de meditación a veces ven a una pareja potencial y pasan por todo el proceso romántico (citas, coqueteo, matrimonio, hijos e incluso divorcio) sin siquiera decirle una sola palabra a la otra persona. A esto lo llamamos “el romance vipassana”. Así, la fuerza del deseo puede nublar nuestras mentes, y suele traer distorsiones e ilusiones consigo. Como se dice en el Tao Te Ching: “El secreto espera a los ojos que no están nublados por el anhelo”. Podemos ver cómo el deseo interfiere con nuestra capacidad para abrirnos a las cosas como son, de una manera más libre y dichosa. Interfiere con nuestro poder para abrirnos de manera profunda a la verdad, para relacionarnos directa y sabiamente con aquello que realmente está aquí.

La segunda energía problemática que encontramos es la aversión, el odio, la ira y la mala voluntad. Mientras que el deseo y la mente que anhela nos seducen y pueden engañarnos con facilidad, la energía contraria, de ira y aversión, es más clara porque es obviamente desagradable. La ira y el odio suelen ser dolorosas. Podemos encontrar alguna dicha en ellas por un tiempo, pero cierran nuestro corazón. Tienen una cualidad ardiente y tensa de la que no podemos alejarnos. Al igual que el deseo, la ira es una fuerza extremadamente poderosa. Podemos experimentarla hacia un objeto que está presente con nosotros o hacia uno que se encuentra muy lejos. A veces experimentamos una gran rabia por eventos que sucedieron hace mucho y acerca de los cuales no podemos hacer nada. Y aunque suene extraño, podemos incluso ponernos furiosos por algo que no ha pasado, pero que simplemente imaginamos que podría pasar. Cuando es fuerte en nuestra mente, la ira puede colorear toda nuestra experiencia de vida. Cuando estamos de mal humor, no importa quien entre en la habitación o a donde vayamos ese día, algo está mal. La ira puede ser una fuente de gran sufrimiento en nuestras propias mentes, en nuestras interacciones con los demás y a nivel mundial. Aunque usualmente no pensamos acerca de ellos de esa manera, el miedo, el juicio y el aburrimiento son todos formas de aversión. Cuando los examinamos, vemos que se basan en nuestro disgusto con respecto a algún aspecto de nuestra experiencia. Con la mente llena de disgusto, del deseo de separar o alejar algo de nuestra experiencia, ¿cómo podemos concentrarnos o explorar el momento presente con un espíritu de descubrimiento? Para practicar debemos acercarnos mucho a este momento e investigarlo, no alejarlo o rechazarlo. En consecuencia, debemos aprender a trabajar con todas estas formas de nuestra aversión.

El tercer obstáculo común es la pereza y el letargo. Esto incluye la molicie, el embotamiento, la falta de actividad, la apatía y la somnolencia. La claridad y la capacidad de estar alerta se diluyen cuando la pereza y la apatía dominan la mente. Entonces esta se vuelve ineficiente y queda nublada. Cuando la pereza y la apatía se apoderan de nosotros, se convierten en un gran obstáculo en nuestra práctica.

La inquietud, que es lo opuesto al letargo, es el cuarto obstáculo. Con la inquietud viene la agitación, el nerviosismo, la ansiedad y la preocupación. La mente gira y se retuerce como un pez fuera del agua. El cuerpo puede estar rebosante de energía agitada, vibrante, acelerada, nerviosa. O a veces nos sentamos a meditar y la mente corre a través de las mismas rutinas una y otra vez. Por supuesto, no importa qué tanto nos preocupemos y nos inquietemos por algo, eso nunca mejora la situación. Aún así la mente se queda atrapada en los recuerdos y los arrepentimientos, y duramos horas dándoles vueltas a nuestras historias. Cuando la mente está inquieta, saltamos de objeto en objeto. Es difícil sentarnos en silencio, y nuestra concentración se pierde y se dispersa.

El último de los cinco obstáculos es la duda. Este puede ser el obstáculo con el cual es más difícil lidiar, pues, cuando le creemos a la duda y esta nos atrapa, nuestra práctica se detiene en seco. Nos paralizamos. Nos pueden asaltar todo tipo de dudas: dudas acerca de nosotros mismos y de nuestras capacidades, dudas acerca de nuestros maestros, dudas acerca de la práctica en sí misma  —“¿Realmente funciona? Me quedo sentado aquí y lo único que sucede es que me duelen las piernas y me siento inquieto. Quizás el Buda no sabía de lo que estaba hablando”—. Podemos dudar acerca de la práctica o de que sea la práctica adecuada para nosotros. “Es demasiado difícil. Tal vez mejor debería probar la danza sufi”. O creemos que es la práctica correcta pero que no es el momento adecuado. O que la práctica y el momento son adecuados, pero que nuestro cuerpo aún no está suficientemente en forma. No importa cuál sea el objeto: cuando la duda de la mente escéptica nos atrapa, nos estancamos.

Escoge alguno de los estados mentales más problemáticos y frecuentes que aparecen en tu práctica, tales como la irritación, el miedo, el aburrimiento, la lujuria, la duda o la inquietud. Durante una semana, presta especial atención cada vez que ese estado surja en medio de tu meditación. Obsérvalo con cuidado. Mira cómo comienza y qué lo precede. Observa si hay alguna imagen o pensamiento particular que detone ese estado. Presta atención a qué tanto dura y a cuándo termina. Observa si a veces surge de manera sutil o suave. ¿Puedes verlo como tan solo un murmullo en la mente? Mira qué tan fuerte y estridente se vuelve. Date cuenta de qué patrones de energía o tensión reflejan ese estado en el cuerpo. Vuélvete consciente de cualquier resistencia física o mental a experimentar ese estado. Ábrete y dale la bienvenida incluso a la resistencia. Por último, siéntate y sé consciente de la respiración, vigilando y esperando este estado, permitiendo que llegue, y observándolo como a un viejo amigo.

Este fragmento fue tomado del libro Buscando el corazón de la sabiduría

Traducido por: Caminos de Conciencia

Tomado de https://jackkornfield.com/making-the-hindrances-part-of-the-path/

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Jack Kornfield se entrenó como monje budista en monasterios de Tailandia, la India y Burma. Ha enseñado meditación a nivel internacional desde 1974 y ha sido uno de los maestros más importantes que ha introducido la práctica budista de atención plena en Occidente. Entre sus libros, que han sido traducidos a una veintena de idiomas, se encuentran El corazón de la sabiduría, Cuentos del espíritu: historias del corazón, Buscando el corazón de la sabiduría y Trayendo el dharma a casa: despierta justo donde estás.

Puedes conocer más sobre él en su página web.

 

La Ley de la Atracción y el impulso creador – Tres simples pasos para aumentar tu vibración

Por: Bentinho Massaro

A continuación, se explica cómo funciona el impulso creador (momentum), y cómo puedes utilizar la Ley de la Atracción para cambiar tu impulso creador (y tu vida).

Cómo funciona el impulso creador:

Tienes un pensamiento >> el pensamiento vibra en cierta frecuencia >> tu consciencia ahora está enfocada en ese rango de frecuencia, y el estado de tu ser, tu mente y tu cuerpo comienzan a irradiar esa frecuencia >> por tanto, recibes más pensamientos y experiencias con una vibración similar a la frecuencia en la cual te acabas de sintonizar.

Suele suceder que esto se convierte en un círculo vicioso, o en una ilusión o patrón que se refuerza a sí mismo. En otras palabras, nos sentimos estancados.

***

Cuando una radio se sintoniza para recibir y traducir la frecuencia 101 FM, solo reproducirá canciones que son transmitidas en esa longitud de onda; no puede recibir las canciones transmitidas en 98.7 FM. Simplemente no puede. Eso iría en contra de las leyes físicas.

Es por esto que a veces nos cuesta tanto creer que es posible que haya un cambio significativo. También es por esto que, aparentemente, para lograr cambios significativos en tu vida se requiere mucha dedicación, o un salto de fe. Esto es así precisamente porque has construido un impulso creador en cierto rango de frecuencia y ahora lo único que puedes ver son las formas que pertenecen a ese dominio.

Cuando durante un periodo de tiempo más largo lo único que percibimos son los pensamientos, las ideas y las experiencias que están dentro de ese rango, generalmente comenzamos a olvidar que hay una cantidad infinita de rangos de frecuencia disponibles para nosotros, todos los cuales podrían llevarnos a experimentar cambios magníficos en nuestras vidas, e incluso podrían dar lugar a milagros.

Las canciones que recibimos en el rango de frecuencia que hemos elegido usualmente llevan a que nuestra atención se sintonice en ese mismo rango vibratorio. Es como una canción pegada a tu cabeza, reforzándose a sí misma una y otra vez. En este punto, usualmente hemos comenzado a creer que lo que hemos atraído hacia nosotros es “real”; o peor aún, que es la única realidad posible. Entonces nos volvemos escépticos con respecto a cualquier cosa que esté por fuera de aquello que ya tenemos, y esperamos más de lo mismo.

Debemos recordar que experimentamos lo que experimentamos porque estamos sintonizados en un rango de frecuencia específico. Este es el rango de frecuencia que está alimentando nuestros pensamientos, ideas y experiencias.

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Tres pasos simples para aumentar tu vibración:

  • Para atraer un nuevo tipo de pensamientos, ideas y experiencias, primero que todo debemos recordar que podemos elegir.
  • El siguiente paso es cambiar nuestro enfoque escogiendo diferentes tipos de pensamientos (aquellos que se sienten mejor o son más emocionantes).
  • Entonces debemos mantener y repetir ese nuevo enfoque de nuestra mente hasta que nuestra frecuencia en general (cómo nos sentimos) cambie a un nivel más elevado y más deseable.

Sabemos que hemos usado con éxito la Ley de la Atracción para construir un impulso creador en una dirección positiva cuando comenzamos a sentirnos mejor e ideas más inspiradoras llegan a nosotros con mayor frecuencia. Esto confirma que hemos usado con éxito la Ley de la Atracción para cambiar nuestro estado vibratorio a un rango de frecuencia más elevado.

Cuando hacemos esto muchas veces, estaremos sintonizados en un rango de frecuencia más elevado de manera más permanente (nuestra línea de base asciende en la escalera vibracional), y, en consecuencia, recibiremos sin esfuerzo una gran cantidad de mejores sentimientos, ideas y experiencias en nuestras vidas de manera más regular.

Desde allí podemos nuevamente ir a un nivel superior. Y luego hacerlo otra vez. Y otra vez. Hasta que nuestra vida gradualmente se haya convertido en una aventura explosiva llena de sueños que se hacen realidad, y en la que nuevos sueños nacen rápidamente. Cuando aquello que creías que era casi imposible ahora forma parte de tu pasado y tus nuevos sueños se han vuelto todavía más emocionantes, empoderantes, desafiantes y ambiciosos, sabes que estás en el camino cada vez más rápido del crecimiento espiritual.

Este proceso es la manera más simple de describir la única manera en la que podemos cambiarnos a nosotros de verdad —y a nuestras circunstancias—. Cambia tu enfoque hasta que cambie tu frecuencia.

Te envío mucho amor y espero que dances libremente en el éter de infinitas posibilidades.

P. D.: Gracias a Abraham Hicks por haber acuñado el término “Ley de la Atracción”.

Traducido por: Caminos de Conciencia

Tomado de http://www.bentinhomassaro.com/read/law-of-attraction-building-momentum-3-simple-steps-to-increasing-your-vibration

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Bentinho Massaro es un maestro espiritual contemporáneo. Comenzó su búsqueda de la iluminación desde los 16 años. Con este propósito, viajó a la India y practicó todo tipo de meditaciones. Sus originales enseñanzas se están transformando todo el tiempo, y están enfocadas en llevar a integrar la espiritualidad a la vida diaria. Puedes conocer más sobre él en su página web.

Consejos para seguir la voz del corazón

Hace unos años tomé una decisión difícil que marcó mi camino. Acababa de graduarme del pregrado en filosofía y había comenzado una maestría en esa misma área de estudio. Mi plan era luego hacer un doctorado en el extranjero. Estaba construyendo una vida académica y creía tener claro que eso era lo que quería. Sin embargo, cuando terminó el primer semestre de la maestría todo cambió.

Mis padres organizaron unas vacaciones familiares en una finca de recreo en tierra caliente. Después de relajarme por un par de días, empecé a notar cierto malestar cada vez que pensaba en la maestría que estaba estudiando. La razón era que nunca antes le había puesto tanto empeño y dedicación al estudio como ese semestre, y, sin embargo, no me había ganado la beca por la que estaba compitiendo.

Pero también sentí un gran bienestar en esa finca. Estaba totalmente relajado. Era una sensación que no había tenido antes. Había un silencio que rodeaba cada cosa que hacía. Organizar la mesa para el almuerzo, caminar a la tienda para comprar pan, bañarme. Y en medio de esa calma tuve claridad. Caí en cuenta de que ya no me gustaba la filosofía. Estaba siguiendo el camino de la academia por inercia. Por eso me molestaba tanto no obtener las mejores notas. Lo importante para mí no era hacer filosofía, sino tener una beca para luego ser aceptado en una gran universidad que me permitiera llegar a ser reconocido. Lo que veía en las clases no me importaba en realidad. Solo quería tener buenas notas. Tenía algunos amigos que realmente amaban estudiar filosofía, y se entregaban a ella con una pasión que no estaba en mí. El contraste entre ellos y yo era otra señal de que ese no era mi camino.

En medio de esa calma me pregunté qué quería y me permití responder de la manera más honesta posible. La verdad es que en ese entonces me apasionaban la literatura y los juegos de azar, por lo que decidí abandonar la maestría para dedicarme a escribir y a jugar póker por internet. Fue algo muy duro para mis padres, especialmente para mi papá, pues él también estudió filosofía y le alegraba que yo estuviera siguiendo sus pasos. No obstante, yo estaba tranquilo y tenía la certeza de que estaba tomando la decisión correcta.

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Me entregué por completo a mi proyecto de ser un escritor que se ganaba la vida jugando póker. Fue una época hermosa. Además, haber seguido mi corazón llevó a que me abriera a nuevas posibilidades y mirara la vida con otros ojos. Fue así como me interesé en la meditación y en encontrar en mi interior la satisfacción que antes buscaba en las ideas y en las teorías filosóficas.

En la medida en que le fui cogiendo gusto al silencio, perdí el interés en el póker y en escribir literatura. Me fui a un retiro de meditación por seis meses y mis prioridades y mi forma de ver la vida se transformaron por completo. Comencé un proceso que continúa todos los días y por el que estoy muy agradecido.  Al verlo en retrospectiva, estoy convencido de que la decisión que tomé en esas vacaciones ha sido una de las más importantes de mi vida. Si no lo hubiera hecho, probablemente ahora sería un académico muy triste.

Hay algunas lecciones que esa experiencia me dejó en cuanto a cómo tomar decisiones difíciles:

1. Dar lo mejor de mí me ayuda a ver mi camino

La razón por la que a pesar de la frustración me sentía tranquilo y satisfecho en esas vacaciones es porque había dado lo mejor de mí el semestre anterior. Por eso estaba tan tranquilo y me sentí tan seguro con respecto a lo que quería y lo que no. Aprendí que cuando hago lo mejor que puedo, es más fácil darme cuenta si realmente me gusta lo que estoy haciendo. Cuando somos mediocres y las cosas no funcionan, queda una sensación de desasosiego e insatisfacción, pero no sabemos si esto se debe a nuestra mediocridad o a que realmente no estamos resonando con lo que hacemos. Si tienes absolutamente claro que no te gusta el trabajo que haces, cámbialo ya. Pero si estás dudando, si no te sientes bien pero tampoco estás seguro de querer otra cosa, el mejor consejo que te puedo dar es que seas excelente, que te entregues por completo a lo que estás haciendo ahora. Puede que después de dar lo mejor de ti te enamores de lo que haces. Conozco estudiantes de matemáticas que las odiaban hasta que comenzaron a estudiar en serio, y ahora les encantan. Y si aun después de dar lo mejor te sigues sintiendo insatisfecho, vas a poder ver con más claridad qué es lo que no funciona y tendrás la calma suficiente para decidir.

En este punto es importante recordar que la excelencia es diferente de la perfección. Como nos lo recuerda Neale Donald Walsh, la primera se puede alcanzar, mientras que la segunda probablemente no. La excelencia es algo interno. Solo nosotros sabemos si realmente hicimos lo mejor que pudimos. Nadie más puede darse cuenta. Tal vez llegues de último en la carrera después de hacer tu mejor esfuerzo. O quizás trates a los demás con evidente torpeza, pero estés dando todo de ti por relacionarte mejor. La excelencia no tiene que ver con el resultado. La alegría viene de saber que estamos siendo lo mejor que podemos. Este es el cuarto acuerdo del que habla Don Miguel Ruiz: Haz siempre lo máximo que puedas. Y como él nos recuerda, esto es algo que cambia todos los días. Algunos días es más fácil ser amable y estar tranquilo que otros. Por tanto, no tiene sentido exigirnos un logro fijo, pues no siempre estará dentro de nuestras posibilidades. En cambio, siempre podemos dar lo mejor de nosotros en cada situación, en cada día, en cada momento. Y esto siempre nos dará calma y claridad, sin importar el resultado externo de nuestro esfuerzo.

2. El silencio y la naturaleza nos permiten ver con mayor claridad

Cuando tomé esa decisión no sabía nada sobre la meditación. Sin embargo, gracias a la tranquilidad que sentía por haber dado lo mejor de mí, a la cual ayudaba mucho la naturaleza que me rodeaba, experimenté lo mismo que se logra mediante la meditación: una profunda conexión silenciosa con el momento presente, en la que saboreamos lo que este tiene para ofrecer sin ninguna expectativa. Nuestro corazón siempre está hablando y siempre nos guía; es nuestra mejor brújula. No obstante, el ruido de la mente, su incesante parloteo, todos los deseos y temores nos impiden conectarnos con esa sabiduría interior. Pero esta está allí en todo momento, esperando a que bajemos a recibirla.

Ahora bien, este proceso no se puede forzar, pues el mismo esfuerzo genera una tensión que nos impide conectarnos realmente con el presente. Parte de lo que me ayudó tanto aquella vez es que no tenía ningún objetivo ni estaba tratando de lograr ni de decidir nada. La claridad simplemente llegó a mí.

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Si estás confundido, para. Sal a caminar. Escucha música. Juega, mira una película de humor, relájate. Pierde completamente de vista las ideas en torno a las que gira la ansiedad. Si te gusta meditar, rezar o hacer algún ejercicio de relajación, por supuesto que te va a servir, pero no te esfuerces por que “funcione”, no le exijas nada. Tal vez la respuesta llegue, tal vez no, pero aun así puedes disfrutar de la tranquilidad y la calma. A veces solo estarás realmente relajado por unos segundos, pero incluso un breve instante de verdadera conexión con tu sabiduría interior puede ser muy poderoso.

La vida es un balance. A veces tenemos que esforzarnos al límite. Dar lo mejor, dejarlo todo en el intento. Y a veces simplemente tenemos que soltarlo todo y dejarnos llevar, aquietarnos y disfrutar de este momento.

3. Escucha a tu corazón con una mente abierta

A veces tenemos la respuesta ante nuestros ojos, pero no la vemos porque no encaja con nuestras ideas preconcebidas sobre lo que queremos. A veces lo que realmente queremos se aleja tanto de nuestras expectativas y de las de quienes nos rodean que no nos permitimos admitirlo. En este punto es muy importante ser valientes y ser honestos con nosotros mismos. Para ver con claridad, ayuda dejar de lado todo lo que creemos saber sobre nosotros y sobre la situación, y confiar lo que nuestra intuición nos dice cuando estamos en silencio. Ganarme la vida jugando póker y escribir por placer me parecía una posibilidad tan absurda que ni siquiera la había considerado, pero era lo que en realidad quería en ese momento. Solo necesitaba de la calma y de la honestidad suficiente para reconocerlo.

Todos nos hemos llenado de ideas sobre lo que debemos y lo que no debemos hacer. Pero es posible que a veces esas ideas vayan por un lado, y la voz de nuestro corazón, por otro. En ese caso, tus ideas no le servirán a tu crecimiento, solo te llevarán a desconectarte de ti mismo, a reprimirte, a negar tu verdad. Pero eso solo lo puedes saber si miras de verdad en tu interior, abierto a todo, dispuesto a que tu verdad consuma tus creencias. Y esa verdad interna, lo que quieres, lo que anhelas en realidad, puede cambiar y probablemente lo hará muchas veces. Tu corazón siempre te llevará hacia aquella experiencia que te ayudará a crecer más, y las condiciones propicias para tu crecimiento pueden cambiar con el tiempo.

No te aferres. Cambia de dirección cuantas veces sea necesario, da lo mejor en cada instante y sé honesto contigo. Ese es el mejor consejo que te puedo dar por ahora. Tal vez mañana sienta que ya no lo es, y trataré entonces de darte mi nueva verdad lo mejor que pueda.

Por: David González

 

Sobre la práctica espiritual

Por: Sophie Rose

En esta era de tecnología y materialismo, en la que muchos se preguntan qué deparará el futuro, el resurgimiento de la espiritualidad es un fenómeno normal.

Por siglos, la gente ha recurrido a las religiones o a otros sistemas de creencias en busca de apoyo y comprensión. Sin embargo, esto nunca trajo como resultado un mundo mejor a nivel global. Quizás mejoró la vida a nivel personal, pero no ayudó a construir un mejor planeta.

Así, uno puede preguntarse por qué, después de siglos de enseñanzas religiosas o espirituales sobre el amor, el perdón, la presencia o el servicio, la situación del mundo no ha mejorado a nivel espiritual; por qué los actos generosos y de perdón son la excepción, y no la norma. Se podría decir que la gran mayoría de las personas no estaban listas para esas enseñanzas, que la humanidad es la responsable de que no se haya podido traer la paz, el amor y el final del sufrimiento a la Tierra. Al fin y al cabo, el reino espiritual hizo su trabajo, ¿no? ¿Por qué entonces la gente no está escuchando?

La respuesta está en cada uno de nosotros. Nuestra percepción del mundo es un asunto muy personal, que involucra nuestra mente y las infinitas formas en las que esta puede interpretar nuestras experiencias. Así es como la mayoría de nosotros dirigimos nuestras vidas: basamos nuestras acciones en lo que nuestra mente nos dice.

No obstante, muchas enseñanzas espirituales nos invitan a tomar el otro camino: amar, meditar, observar la mente, perdonar, practicar la compasión, abrir el corazón. La brecha entre las enseñanzas y lo que hacemos es tan grande como aquella entre tener fe y creer.

La fe es el toque espiritual misterioso que trae una dimensión sagrada a nuestra vida. La fe no se ciñe a las reglas. A diferencia de las creencias, no tiene nada que ver con la religión y tiene todo que ver con el corazón de cada uno. La fe es nuestro propio romance personal con nuestro Ser espiritual. ¿Tenemos una relación con nuestra alma o estamos separados de ella?

Podemos darnos cuenta por la calidad de nuestra vida: quien tiene fe actúa desde un lugar de confianza y conocimiento interior; quien no tiene fe actúa desde la mente, no confía en la vida y con frecuencia duda de sí mismo. La fe es este sentimiento increíble de saber lo que es correcto para uno mismo y actuar conforme a ello. De esto se trata el trabajo del alma: del conocimiento interior sobre lo que uno tiene que aprender y hacer en esta vida.

Cada alma tiene su propósito, y cada corazón, su llamado. El trabajo para descubrirlo es un viaje espiritual hacia el que algunos se sienten atraídos. Cuando tomas este camino, comienza la verdadera aventura, lentamente surge una nueva perspectiva, y los viejos apegos se disuelven y dejan espacio para nuevas experiencias. Tu visión de la vida cambia para incorporar realidades espirituales y el mundo exterior refleja tu transformación espiritual. Cada viaje espiritual te lleva a que comprendas mejor cuál es tu lugar en el mundo.

La práctica espiritual te ayuda a conectarte con tu Ser, que es una gota en el mar de la consciencia. A medida que te conectas con la consciencia, aprendes lentamente que hay un diseño inteligente que subyace a tu vida, y que el reino espiritual contiene todo lo que necesitas saber. Así que ¿por qué no adoptar una práctica espiritual?

¿Cómo definimos qué es una práctica espiritual? Una práctica espiritual es el simple acto de ponerte en contacto con tu propio Ser. No con tu mente, tus sentimientos o tu cuerpo, sino con esta sensación de presencia o de ser que se encuentra debajo de aquellos.

Cómo abordar dicha práctica es cuestión de preferencias personales. Unas pocas cosas deben guiar tu elección: la religión o la tradición no importan, excepto si son importantes para tu corazón, por lo que es muy importante que sigas tu intuición, no tu mente (ni la de otros).

La práctica hará la diferencia: la espiritualidad es una experiencia, no un pasatiempo intelectual. El desánimo es común, y la mejor manera de lidiar con él es no esperar nada de tu práctica. Las flores solo florecen en la estación correcta, siempre y cuando hayan recibido cuidados. Tu práctica espiritual también florecerá en la estación correcta.

Traducido por: Caminos de Conciencia

Tomado de: http://www.elephantjournal.com/2011/12/on-spiritual-practice-sophie-rose/

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Sophie Rose es la autora de The way of the hearth, teachings of Jeshua and Mary Magdalene, que se encuentra disponible en Amazon (pronto será publicado por Caminos de Conciencia con el título de El Camino del Corazón: enseñanzas de Jeshua y María Magdalena). También es coautora de The sacred shift, co-creating your future. Sophie no está alineada con ninguna religión o tradición particular y siempre ha estado en favor de una experiencia directa de la espiritualidad. Se la puede contactar a http://www.thewayoftheheartcourse.com

¿Cómo perdonar?

Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo un prisionero ~ Nelson Mandela

Tal vez alguien te dijo algo que no te gustó y te sentiste insultado. O te traicionó. O te hizo daño de cualquier otra manera. Es normal. Nos pasa todo el tiempo. Y entre más cercana sea esa persona, más nos duele. Después, quizás, esa persona se acerque a ti y te pida perdón. Pero en realidad, ¿qué significa perdonar? ¿Se trata de decir algo? Si le respondes a esa persona «Todo está bien», ¿eso es igual a perdonarla? Tal como yo lo veo, perdonar es algo interno. De poco sirven las palabras si en nuestro interior continuamos resentidos.

Tal como lo indica la  palabra, resentir es seguir sintiendo. Eso quiere decir que la herida todavía duele. En otras palabras: si estamos resentidos, seguimos sufriendo. En ese estado de resentimiento, el perdón solo puede ser superficial. Le decimos al otro que todo está bien, pero no es así. Esa persona sigue siendo la causante de nuestro dolor, y sentimos el deseo de castigarla. Tal vez no planeemos una venganza evidente, pero queremos que ella se dé cuenta de que estamos sufriendo por su culpa. En el fondo, buscamos que se sienta culpable, y la culpa es uno de los mayores castigos.

Así que muchas veces «perdonamos» de manera superficial, pero en el fondo continuamos resentidos y buscamos la manera de castigar. Seguimos mal, y seguimos en conflicto. Ese tipo de perdón nos mantiene separados de quienes nos hicieron daño. Pero entonces, ¿qué es perdonar? Una de las ideas más hermosas que he encontrado en Un Curso de Milagros es que perdonar es igual a sanar. Mientras sigamos heridos, el otro continuará siendo culpable, y, aunque tratemos de pretender que lo perdonamos, seguiremos castigándolo con la culpa. Por tanto, la única forma de perdonar por completo es estar sanos.

Cuando sanamos de verdad, cuando estamos bien, la necesidad de castigar se va. Ya no hay resentimiento, ya no nos duele la herida, y en consecuencia ya no hay nadie que sea el causante de nuestro dolor, pues este ya no existe. Solo en ese estado podemos liberar por completo de la culpa al otro. Perdonamos cuando realmente estamos bien y le permitimos ver esto a la otra persona. «Mira, de verdad estoy bien. Me siento bien. No hay nada por lo cual debas sentirte culpable. No hay nada qué perdonar». Entonces esa persona realmente podrá sentirse tranquila. Ya no hay necesidad de ningún castigo. Y muchas veces ni siquiera tenemos que decirle que la perdonamos. Basta con que le mostremos que estamos perfectamente bien. Que puede estar tranquila, pues en realidad no nos ha hecho nada. Aquello que somos está sano, íntegro. Así las cosas, perdonar es difícil cuando sanar es difícil. Y muchas veces lo es. Pero la sanación de la que hablo aquí va más allá del cuerpo, más allá del exterior.

Imagina que alguien, después de ser torturado de múltiples formas, te dijera: «Me puedes hacer quitado todo. Puedes haber dañado mi cuerpo, puedes hacer destruido mi mundo y a los cuerpos de mis seres queridos, pero aun así  estoy bien, perfectamente bien, pues lo que soy en esencia no tiene nada que ver con lo externo, y lo que soy en esencia es algo que no se puede dañar». ¿Parece una locura que alguien diga eso? De pronto. Pero ese sería el ejemplo más extremo de perdón. Tal vez es el perdón que viene de Jesús en la cruz, un perdón que enseña que es imposible condenar, pues es imposible herir la esencia que en realidad somos. Es un perdón que no le pide nada al otro. No le exige ningún castigo. «Mírame, en realidad estoy bien. En realidad no me has hecho daño. No hay nada por lo que debas sentirte culpable».

Por supuesto, puede que algo así esté totalmente fuera de nuestras posibilidades actuales. Puede que haya  muchas cosas que por ahora no seamos capaces de perdonar realmente. Eso está bien. Estamos en un proceso. Sin embargo, en esos ejemplos extremos hay una invitación para sanar. Podemos empezar con las cosas más pequeñas. ¿Realmente no puedes estar bien, en paz, después de ese insulto que te hicieron? ¿En verdad tu bienestar dependía de aquello que te quitaron? Algunas veces podrás estar realmente bien, otras no. Pero es bueno que seamos conscientes de que el precio del resentimiento es que no estamos realmente bien. Algo nos sigue doliendo. La culpa con la que condenamos al otro es el candado que nos mantiene encerrados en la prisión del sufrimiento. Nuestra capacidad de sanar internamente es la llave.

Por: David González