El arte de esperar

Usualmente, cuando esperamos algo estamos ansiosos e impacientes. Por ejemplo, cuando esperamos en la fila para el banco, o esperamos en un restaurante a que un amigo llegue, o esperamos a que llegue el resultado de un examen.

Ante la impaciencia, muchas veces buscamos distracciones para “matar el tiempo” mientras sucede aquello que esperamos.

¿Qué le estamos diciendo a la vida en esos momentos? Le estamos diciendo “Este momento no es valioso para mí, es sólo un obstáculo que se interpone entre mí y lo que quiero”.

Estamos aquí, pero queremos estar allá. No queremos este momento, deseamos ya saltar al futuro. Y entonces nos perdemos la vida, pues la vida es siempre ahora.

Aprender a disfrutar mientras esperamos es, por tanto, aprender a honrar siempre a la vida.

La próxima vez que estés esperando y quieras distraerte o sientas ansiedad por saltar al futuro, espera, para. Hay aquí una oportunidad para entrar en comunión con el momento presente, con la vida misma.

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No te ahogues en tus pensamientos

¿Cuándo nos ahogamos en nuestros propios pensamientos? Cuando creemos todo lo que dicen.

Si tenemos patrones de pensamientos compulsivos que se enfocan en lo que está mal, como a menudo me sucede, creeremos estar en constante peligro a menos que los observemos.

Esa es la clave: observar los pensamientos, tomar consciencia de ellos.

Cuando reconocemos que estamos en un patrón de pensamiento, sabemos que lo que nos dice no es real. Entonces nuestras acciones y nuestras decisiones, así como los pensamientos subsiguientes, ya no se ven afectados. En otras palabras, vemos a través del velo de nuestros pensamientos.

Observa pues tus pensamientos. Toma distancia. Obsérvalos como si fueran los pensamientos de alguien más. No te identifiques con ellos, pues no eres ellos. Obsérvalos pasar como mirarías las nubes en el cielo, permitiendo tranquilamente que una llegue y otra se disuelva, sin aferrarte a las que tienen formas bellas y sin angustiarte cuando aparecen oscuras y densas, pues sabes que, al igual que todas, son pasajeras y no pueden hacerte daño.

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Ley de la atracción y relaciones rotas

Alguien me preguntó hace poco si la Ley de la Atracción se puede usar para reparar relaciones rotas.

Para atraer algo, debemos vibrar en su frecuencia. En el caso de una relación rota, sin embargo, está involucrado el libre albedrío de la otra persona. Y eso no se puede influenciar. Si vibras en la misma frecuencia de esa persona y ella está dispuesta a tener una relación, es posible que la la atraigas. Pero estos son procesos internos y sagrados en los que no podemos intervenir. No podemos obligar a alguien a querer estar con nosotros.

Por otra parte, una relación es un espejo nuestro. Si la relación se rompió, eso nos muestra algo de nosotros. Tal vez es algo que debemos sanar, o simplemente se trata de que hemos evolucionado y ya no encajamos. Sea como sea, vale la pena mirar dentro nuestro para ver qué es lo que nos está reflejando la relación antes de tratar de arreglarla.

Tratar de arreglar la relación sin mirar adentro de nosotros es como tratar de arreglar un espejo porque no nos gusta la imagen que nos muestra. En vez de eso, podemos reconocer que lo que nos muestra es una imagen de nosotros mismos, y ese es el comienzo de la responsabilidad.

Al vernos reflejados en la relación, esta se convierte en una herramienta que nos indica cómo sanar.

Antes de preocuparnos por la Ley de la Atracción para sanar una relación rota, ocupémonos de sanar. Una vez sanemos, nuestra vibración se elevará. Entonces atraeremos aquello que corresponda a esa nueva vibración. Si atraemos una nueva relación, esta será más sana, ya que será un reflejo de nuestra salud interior.

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El juego

Un trapecista oscila indeciso. No alcanza a ver bien y no sabe qué está a un lado y al otro. Cree que solo una de las opciones es correcta, y teme equivocarse.

De vez en cuando, se anima y salta, pero luego duda si fue la decisión correcta. ¿Habrá dejado pasar algo valioso? ¿Se estará dirigiendo hacia algún peligro que debería haber previsto y será castigado por no haber prestado suficiente atención?

Cuando al fin se atreve a saltar, una vez se encuentra en un nuevo lugar, surge el mismo problema: ¿Saltar otra vez o quedarse? ¿Hacia dónde? ¿Mejor devolverse?

Al observar su mente, comprende de repente lo futil de las preocupaciones. Se rinde al hecho de que no puede controlar el resultado de cada salto. En esa relajación, deja de oscilar, se aquieta. Se encuentra entonces suspendido en el silencio, sin mirar ya adelante o atrás. Ríe, pues se da cuenta de que es un juego, y se suelta.

Entonces su mundo se transforma. Ya no es un trapecista indeciso que oscila entre polos opuestos. Ahora fluye como un delfín que se deja llevar suavemente por la corriente. Hay movimientos, pero no hay lucha. Es un simple colaborar con el flujo natural del agua.

El paisaje es bello ahora. Sin embargo, a pesar de que las formas siempre son diferentes, al cabo de un rato el viajero se da cuenta de que, en el fondo, todas son lo mismo. Así pues, ve que en realidad no está viajando hacia ningún lado. Parece moverse mucho, pero siempre ha estado en el mismo lugar. Los cambios aparentes, las diferentes orillas, las piedras en el fondo del agua, todo eso que parece ser diferente es solo una ilusión. Entonces, de nuevo, ríe, pues se da cuenta de que es un juego, y así cierra los ojos y se permite descansar.

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Ilusiones rotas

Estás enamorado y te rechazan. Deseas que te elijan para ese nuevo trabajo, pero te avisan que han escogido a otra persona. Diseñas y pones en marcha un plan para crear tu empresa, pero, después de dar lo mejor de ti, las cosas no funcionan. Tienes un matrimonio hermoso, un nido que es tu refugio de amor, y de repente, sin previo aviso, las cosas se derrumban y te encuentras solo.

Todos estos ejemplos tienen algo en común: en ellos se ha roto una ilusión.

Las cosas no siempre salen como queremos. Eso es parte de la vida. Por tanto, las ilusiones rotas son parte de la vida. Y está bien que sea así, pues estas circunstancias son oportunidades para crecer y madurar.

Hace poco publiqué una imagen en Instagram con este mensaje:

Cada vez que se nos rompe una ilusión, tenemos la oportunidad de experimentar una verdad.

¿Por qué es esto así? ¿Qué sentido tiene esta frase?

En el fondo, todo lo que puede disolverse es una ilusión. Todo lo que es pasajero es una ilusión. Y todo en este mundo es pasajero: las relaciones, los trabajos, las estructuras físicas. Cuando esas cosas se disuelven, tenemos una oportunidad para buscar lo que no es perecedero. Podemos mirar dentro de nosotros y encontrar allí lo que creemos que hemos perdido afuera.

Gran parte de nuestras vidas vamos en busca de ilusiones, creyendo que ellas nos traerán la plenitud y la paz que buscamos. Tratamos de crear una vida a nuestro alrededor que tenga ciertas características específicas y ciertos estándares, y creemos que, si lo hacemos bien, encontraremos la plenitud.

Es maravilloso construir una vida bella y rodearnos de personas amorosas y de experiencias enriquecedoras, pero debemos saber que la plenitud nunca vendrá de lo externo. A lo sumo, lo externo, lo ilusorio, será un reflejo de nuestro estado interno. Lo externo podrá ser una bella ilusión con la que jugar un rato y disfrutar y crecer. Pero si tratamos de derivar la planitud y el sentido de la vida de lo externo, siempre terminaremos defraudados, pues la naturaleza de las ilusiones es deshacerse. Sería como mirar el cielo y decidir que nuestra felicidad depende de la forma de las nubes, para al poco tiempo estar desconsolados al ver que ya se han transformado en formas nuevas.

Cuando las ilusiones se disuelven, cuando las formas del mundo se deshacen y dan lugar a otras nuevas, tenemos una oportunidad para desapegarnos. Esto implica reconocer que la plenitud no está en lo pasajero y enfocar nuestra atención en la realidad que nunca cambia, en la consciencia profunda que es lo que somos al nivel más profundo. Cuando las nubes se disuelven, tenemos una oportunidad para tomar consciencia del vasto cielo que las alberga. Ese espacio profundo siempre ha estado allí, en el fondo, pero nuestra atención estaba por completo en las formas. Cuando estas se van, tenemos, pues, la oportunidad de tener contacto con lo más profundo.

Lo más natural ante la disolución de una forma que amamos es tratar de repararla, retenerla o arreglarla. Hay casos en los que esto no es posible. Podemos entonces tratar de reemplazar esa forma con otra que nos proporcione la satisfacción que derivábamos de la anterior. Así, muchas personas, ante el fin de una relación, buscan saltar rápidamente a la siguiente, y con esto se pierden la oportunidad de recibir los regalos que hay en el vacío dejado por la relación anterior. O a veces, incluso, huimos en busca de ilusiones aún más efímeras para olvidar el dolor que nos produce la pérdida. Entonces nos refugiamos, por ejemplo, en drogas o en actos de consumo compulsivos, tratando de obtener una satisfacción pasajera que nos haga olvidar de la profunda insatisfacción que sentimos.

Si estás en un periodo de pérdida, si alguna ilusión a tu alrededor se ha disuelto, te invito a que te quedes contigo y mires profundo dentro de ti antes de tratar de reemplazar la vieja ilusión con una nueva. Tal vez, gracias al fin de lo pasajero e ilusorio, tienes ahora la oportunidad de experimentar un atisbo de lo permanente y real que reside en tu interior.

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La esencia de la meditación

El objetivo de la meditación es que se convierta en tu estado predominante de consciencia” ~ Eckhart Tolle

La esencia de la meditación es estar en el momento presente. Aquí, en lo más profundo de este momento, encontramos nuestra conexión con la fuente, con la divinidad, con nuestro verdadero ser.

Hay muchos caminos espirituales, pero todos llevan al mismo lado: nos llevan de vuelta a recordar nuestra verdadera naturaleza.

Sin importar cuál camino sigas o qué técnica de meditación apliques, si es para ti y te funciona, te llevará a un estado de permanente conexión con tu corazón.

Hay un momento en todo camino, en el que ese estado de conexión permea toda nuestra vida. Mientras caminamos por la ciudad o el campo, mientras subimos las escaleras, mientras hacemos el amor, mientras tomamos un vaso con agua, mientras hablamos con alguien, mientras navegamos por internet, mientras pagamos nuestras cuentas…

Llega un momento en el que el estado meditativo se convierte en nuestra naturaleza. Estamos en presencia constante sin ningún esfuerzo. Para alcanzar ese estado, pasamos normalmente por un periodo en el que elegimos constantemente volver al momento presente. No juzgamos estar perdidos en el tiempo, simplemente decidimos entrar suavemente en este momento una y otra vez.

Si has empezado una práctica de meditación, elige ahora conectarte con tu ser más profundo, con este momento, con tu corazón… elige conectarte con el estado meditativo, como sea que lo entiendas. Esa es una de las decisiones más poderas que puede hacer.

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Lotus, Natural, Water, Meditation, Zen, Spirituality

Cuándo dejar los planes de lado

Me gusta hacer planes. De hecho, hace unas semana compartí un video sobre hacer propósitos de año nuevo.

Tener metas nos ayuda a motivarnos y a enfocar nuestra energía creativa. Cuando lo hacemos desde un lugar de consciencia y amor, el resultado puede ser muy poderoso. Si tratamos de lograr nuestros propósitos con ganas y damos lo mejor de nosotros, creceremos y aprenderemos en el proceso, incluso si no logramos conseguir los objetivos que nos habíamos planteado al comienzo.

Sin embargo, una parte esencial de ponernos planes de manera sana es saber cuándo abandonarlos.

Es importante no renunciar a los planes por miedo o por pereza. Esto nos hará sentir mal y hará que dejemos de confiar en nosotros. Si renunciamos a nuestros planes de esa manera, la próxima vez que nos fijemos una meta ya no creeremos en nuestra propia palabra y sentiremos que no tenemos fuerza de voluntad.

Hay momentos, no obstante, en los que lo más sano es abandonar los planes que habíamos hecho. Una frase que he compartido en redes sociales y que me gusta mucho es la siguiente:

“En ocasiones tenemos que abandonar la vida que habíamos planeado porque ya no somos la misma persona que hizo esos planes.”

Qué cierto es esto. A veces, cuando comenzamos a perseguir un objetivo, crecemos y maduramos en el proceso, y como resultado de eso nuestra perspectiva de la vida cambia y ya no queremos lo mismo que antes. Adaptar nuestros planes a nuestra nueva forma de ver la vida es parte de aprender a fluir y de seguir el curso natural de nuestra evolución.

En ocasiones, este proceso de cambio ocurre a lo largo de varios años, pero también puede suceder de un día para otro. Al fin y al cabo, cada día nacemos de nuevo, y no tenemos por qué atarnos al pasado. En cualquier momento podemos tener un instante de claridad que nos haga ver las cosas de manera diferente. Cuando eso suceda, es muy importante estar atentos a la voz de nuestro corazón y estar dispuestos a abandonar la vida que habíamos planeado.

Ahora, si nunca terminas nada y a cada rato estás cambiando de objetivos, es importante también que mires ese patrón y te propongas trascenderlo. Lo más importante es seguir la voz del corazón, la cual nos indicará el camino, y parte de eso es que nos dirá cuando el camino por el que estamos caminando ya no resuena con el ser en el que nos hemos convertido, así como también nos ayudará a ver cuando estemos abandonando nuestros planes debido al miedo o a la resistencia a salir de la zona de confort.

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El síndrome del impostor

¿Te ha pasado que no te sientes lo suficientemente capacitada para realizar una tarea que se te ha encomendado y que los demás esperan que hagas muy bien? ¿Sientes que los demás tienen una imagen de ti demasiado elevada que no corresponde con tu realidad? ¿Temes que alguien se dé cuenta de que en verdad no eres tan buena y exponga ante los demás tus falencias? Si respondiste “sí” a una o varias de estas preguntas, es posible que sufras del síndrome del impostor.

Este síndrome fue definido en 1978 por un estudio en el que tres investigadoras analizaron las creencias de 150 mujeres exitosas quienes, a pesar de sus logros académicos y profesionales, se consideraban a sí mismas como “impostoras”. Estas mujeres se caracterizaban por creer que no eran inteligentes y que, si alguien las consideraba inteligentes, era porque había sido engañado por ellas y no se daba cuenta de la realidad. Muchas atribuían sus logros a la suerte o incluso a un error. Por ejemplo, una mujer que era la jefa de su departamento en una universidad decía que “Obviamente, estoy en esta posición debido a que mis capacidades son sobrevaloradas”.

Estadísticamente se ha mostrado que las mujeres son más propensas a sufrir del síndrome del impostor, pero puede afectar a cualquiera. Yo soy un ejemplo de eso. En algunas entradas previas he comentado que, en lo relativo a mi labor compartiendo consejos sobre espiritualidad y crecimiento personal, a veces me siento como un impostor. No creo ser tan bueno como parecen imaginar algunos de quienes me escriben agradeciendo por mis consejos o me piden ayuda en su camino. Temo que estén engañados con respecto a mí y no me siento capacitado para ayudarlos, aunque cuente con la experiencia y la madurez espiritual para hacerlo.

Creer que somos impostores genera miedo y ansiedad. Además, nos impide disfrutar de nuestros logros y hace que no podamos recibir cumplidos y tendamos a huir de posiciones que impliquen responsabilidad o grandes expectativas sobre nosotros. Y si alguien nos enumera las razones por las que sí somos valiosos o menciona las cosas buenas que hemos hecho, encontramos rápido una razón para explicar por qué esos logros no son muestra de nuestras capacidades o les restamos importancia. Cuando alguien nos hace un cumplido, nos sentimos incómodos y nos nos permitimos recibirlo plenamente. Incluso nos cerramos a recibir muestras de amor por parte de nuestros seres queridos, pues sentimos que no somos dignos de ellos.

Esta falta de merecimiento es uno de los síntomas más dolorosos. Creemos que no merecemos lo que hemos logrado. Creemos incluso que no merecemos el amor y el aprecio de nuestros amigos, nuestros familiares y nuestra pareja. Estamos convencidos de que al menos parte de ese amor y aprecio se deben a que nuestros seres queridos tienen una falsa imagen de nosotros. Tememos que en cualquier momento esa falsa imagen se derrumbe, y creemos que cuando eso suceda dejarán de querernos. Frente a esto, muchas veces evitamos involucrarnos en relaciones con personas que tienen una imagen positiva de nosotros, pues le tenemos mucho miedo al momento en el que, al darse cuenta de somos un fraude, las decepcionaremos.

Los logros no son una evidencia suficiente

Tal vez podría pensarse que una forma de superar el síndrome del impostor es continuar incrementando nuestras capacidades, para así llegar a una imagen de nosotros mismos en la que sí merecemos aquello que tenemos y sí estamos a la altura de las responsabilidades que tenemos a cargo. Esto puede ayudar en ciertos casos. Y ciertamente hay ciertas áreas de nuestra vida en las que confiamos plenamente en nosotros y sabemos de qué somos capaces. Sin embargo, cuando el síndrome del impostor surge debido a creencias profundas e inconscientes, este enfoque no será suficiente.

En el estudio mencionado, las autoras indican que incluso aquellas mujeres que tenían momentos de éxito repetidos y los títulos que las acreditaban seguían sintiendo que eran impostoras. Es decir, para algunas de ellas no importaba qué tantas cosas alcanzaran ni cuántas veces la evidencia les demostrara que sí estaban a la altura de sus cargos, aun así continuaban creyendo que no eran tan buenas y que sus resultados se debían a errores, a que los demás las percibían de forma errada o a un golpe de suerte.

Por tanto, si sufres del síndrome del impostor, puede que sigas yendo al gimnasio, aprendiendo idiomas, obtengas títulos académicos y logres grandes cosas en diferentes áreas de tu vida, pero eso no te quitará la idea de que no eres lo suficientemente buena. Siempre habrá una forma de interpretar la realidad de manera en la que creas que te falta algo para merecer estar donde estás o para tener lo que tienes.

¿Qué hacer?

1. Observa la idea que tienes sobre cómo deberías ser

Si miras con cuidado, verás que, si sufres el síndrome del impostor, probablemente te has impuesto a ti misma estándares imposibles de cumplir. Tienes un ideal de perfección tan alto que, sin importar cuánto te esfuerces, nunca estarás tranquila con quien eres. La solución a esto es trabajar en el perfeccionismo. En otras palabras, te invito a que pruebes ser una imperfeccionista.

2. No te enfoques en el resultado, enfócate en dar lo mejor

¿Cuál es tu propósito en esta experiencia, ser la mejor? ¿Para qué? El ego te dice que la satisfacción viene de ser mejores que los demás y de ganar. Pero la verdadera satisfacción viene de desarrollar tu potencial, sin importar cómo te ves al compararte con los demás. Cuando adoptas este enfoque, ya no temes que las cosas salgan mal o que el resultado no esté a la altura de algún estándar externo. Cuando te enfocas en dar lo mejor y en crecer, valoras tu proceso, aun si te quedas corta con respecto a algunos objetivos o ideales. En otras palabras, no te importa qué tan alto llegaste, sino el hecho de que creciste y experimentaste tu potencial.

3. Suelta el miedo frente a lo que puedan pensar los demás: encuentra el amor dentro de ti

Fallar es parte de la vida. Defraudar a los demás, también. No hay nadie que no haya cometido errores. Y cometer errores es parte de crecer. Por supuesto, cuando cometemos errores, muchas veces habrá personas que se sentirán decepcionadas de nosotros. Eso también es parte de crecer.

Habrá veces en las que nos encomendarán una tarea y esperarán algo de nosotros y fallaremos. Cuando eso suceda, será doloroso. Pero, de nuevo, es parte de crecer. No vale la pena escondernos de ese dolor si el costo es dejar de vivir, dejar de crecer y renunciar a la oportunidad de explorar nuestro potencial. Por tanto, parte de sanar el miedo a ser un fraude es sanar el miedo a qué pensarán los demás de nosotros. ¿Y por qué nos preocupa tanto lo que piensen los demás? Porque buscamos el amor afuera. Creemos que, si los defraudamos, no nos amarán, y el amor es lo que más queremos. Cuando encontramos el amor en nosotros, podemos permitir que los demás nos perciban como quieran, incluso como un fraude, pues estamos conectados internamente con la fuente de la plenitud y la dicha, y esa conexión no depende de nuestros logros o de la imagen que el mundo tenga de nosotros.

***

No es esta una invitación a la mediocridad o a que dejes de adquirir habilidades. Prepárate lo mejor que puedas, da lo mejor. Pero sé consciente de que tu valor no depende del resultado ni de si logras o no cumplir con ciertas metas u objetivos. Disfruta del viaje. Ten el coraje de dar lo mejor aun sabiendo que no siempre lograrás lo que los demás (o tú mismo) esperan de ti. Pero, sobre todo, halla el amor dentro de ti. Una vez te conectes con eso, no temerás ser un fraude, pues sabrás que incluso cuando decepciones a los demás seguirás estando plena.

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Enfermedad, perfeccionismo y adicciones

Hace poco me disgosticaron una hernia discal y eso me causó una depresión. Me di cuenta de que esa depresión surgía desde mi perfeccionismo; en este caso, desde mi deseo de tener un cuerpo perfecto. Para escapar de este dolor, me vi cayendo en viejas adicciones.

En este video hablo entonces de cómo lidiar con la enfermedad, con el perfeccionismo y con las adicciones a partir de mi propia experiencia, y les cuento qué he aprendido de este proceso por el que estoy pasando.

¿Qué hacer cuando te cansas de dar?

A veces nos cansamos de dar. Esta es una indicación de que no estamos dando desde nuestro corazón, sino que lo hacemos por un sentido de obligación o porque queremos recibir algo a cambio.

Cuando no damos desde el corazón, tarde o temprano terminamos exhaustos o resentidos.

Por eso, si ves que te estás cansando de dar, mira en tu corazón y pregúntate desde qué lugar estás dando. Y, si ves que realmente no quieres hacerlo, para. O si ves que esperas recibir algo a cambio, entonces es un trueque, un contrato, y debes dejarlo claro y asegurarte que los demás sean conscientes de lo que esperas y acepten los parámetros del contrato.

Cuando des desde el corazón, no te cansarás de hacerlo, pues el dar mismo es su propia recompensa y te llena de dicha y de plenitud en el mismo momento en que lo haces. Pero es algo que no se puede forzar, así como no se puede forzar estar enamorado de alguien.

Por ahora, sé honesto. Mira si realmente quieres dar o no, y qué esperas o no a cambio. Ese es un buen comienzo para estar más tranquilo y evitar resentimientos.

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