¿En qué quieres evolucionar?

¿Por qué es usual que los hombres nos sintamos atraídos hacia mujeres con caderas anchas y pechos grandes? ¿Por qué es usual que las mujeres se sientan atraídas hacia hombres musculosos y en buen estado físico? La teoría de la evolución puede dar algunas respuestas a estas preguntas. Y, si miramos más profundo, nos puede dar luces sobre nuestro futuro.

La teoría de la evolución podría responder la primera pregunta de la siguiente manera: Las mujeres con caderas anchas tienen mayor facilidad para dar a luz y aquellas con pechos grandes tienen mayores posibilidades de alimentar adecuadamente a sus recién nacidos. En consecuencia, los hombres que en los inicios de nuestra especie se sintieron atraídos por ese tipo de mujeres tuvieron más posibilidades de transmitir sus genes y fueron “seleccionados”. Y explicaciones similares se pueden dar para muchas otras de nuestras características instintivas. ¿Por qué somos omnívoros? Porque esto aumentó nuestras probabilidades de sobrevivir, ya que, al ser nómadas en nuestros inicios, no teníamos un solo tipo de alimentos a nuestra disposición de manera permanente. ¿Por qué un hombre trataría de aparearse con tantas mujeres como le fuera posible? Porque esto aumentaría la posibilidad de que sus genes se transmitieran. Y, volviendo a las preguntas planteadas al inicio, ¿por qué una mujer trataría de escoger un solo hombre con el cual aparearse, preferiblemente fornido y en condiciones físicas óptimas? Porque, al tener que invertir tanta energía en sus hijos y al no poder crear muchos hijos a la vez (como sí puede el hombre), su mejor estrategia evolutiva sería escoger los mejores genes posibles y garantizar que sus pocas crías estuvieran lo más protegidas y tuvieran los mejores cuidados posibles.

Ahora bien, ¿qué tan importante es esto hoy en día? No mucho, pues ninguna de esas características sigue siendo relevante para nuestras posibilidades de transmitir nuestros genes, al menos en las sociedades desarrolladas. En la actualidad, una mujer puede tener hijos y lograr que sobrevivan sin importar el tamaño de sus caderas o sus pechos. Y un hombre puede, al igual que una mujer, cuidar adecuadamente de sus hijos sin importar el tamaño de sus músculos. Los hombres y las mujeres pueden reproducirse sin importar con cuántas personas tengan sexo, e incluso sin tener sexo. Y también podemos sobrevivir y reproducirnos exitosamente comiendo carne todos los días o sin comer carne en absoluto, o con muchas dietas distintas.

En otras palabras, muchos de nuestros hábitos y nuestras elecciones ya no son determinantes para nuestra capacidad de reproducirnos. Esto implica que es probable que las características descritas en el primer párrafo desaparecerán a medida que evolucionemos, junto con muchas otras características que tienen explicaciones similares desde el punto de vista de la teoría de la evolución.

Lo maravilloso de esto es que los hábitos que desarrollemos a futuro son aquellos que elijamos conscientemente, pues tenemos a nuestra disposición muchas posibilidades distintas compatibles con nuestra supervivencia como especie. Podemos elegir evolucionar en lo que queramos. Podemos elegir evolucionar en una especie que come carne o que no come carne. Podemos elegir evolucionar en una especie en la que todos tenemos sexo con todos o en la que todos somos célibes (o en la que esto no importa en absoluto). Podemos elegir evolucionar en una especie en la que hay estándares de belleza física indispensables para elegir una pareja o podemos elegir ser una especie en la que elegimos nuestras parejas guiados por nuestro corazón y no por la necesidad biológica de encontrar un espécimen físicamente ideal para reproducirnos. Podemos elegir parejas de nuestro mismo sexo y reproducirnos mediante la tecnología si lo deseamos. Podemos tener sexo sin que el hombre eyacule y usar la energía sexual para despertar nuestra consciencia, como se recomienda en algunas prácticas espirituales. O podemos elegir no reproducirnos y ayudar a cuidar a los demás miembros de nuestra especie. Podemos elegir permanecer en el futuro de nuestros semejantes, no a través de nuestros genes, sino a través de nuestras ideas, nuestras creaciones y nuestro ejemplo.

Nunca antes los seres humanos habíamos tenido tantas opciones para elegir. Está en nuestras manos aquello en lo que queremos evolucionar.

Sin embargo, la misma tecnología que nos permite todas estas elecciones nos impone un gran reto. Ahora tenemos la posibilidad de autodestruirnos. Tenemos la capacidad de matar a la gran mayoría de los seres humanos. Podemos modificar el planeta Tierra hasta el punto en que ya no sea apto para nuestra especie. La amenaza de una guerra mundial con consecuencias catastróficas es real. Confío en que no sucederá, pero es una posibilidad real, que no existía un par de siglos atrás.

Esto implica que, si queremos sobrevivir, debemos desarrollar y cultivar ciertas características como especie. Las más importantes de todas son, en mi opinión: la consciencia, la presencia, el amor; la capacidad de ver más allá del miedo, ese mismo miedo que fue fundamental para que sobreviviéramos en los inicios de nuestra especie pero que hoy ya no es necesario; la empatía y el respeto, la capacidad de ponernos en el lugar del otro y permitirle seguir su camino; la capacidad de confiar y perdonar; la capacidad de encontrar la plenitud dentro de nosotros, sin necesidad de consumir compulsivamente a costa de nuestro planeta y, por tanto, de nuestro futuro.

Podemos elegir cuál será el siguiente paso en nuestra evolución. Por primera vez en la historia de la evolución, el siguiente salto evolutivo puede estar guiado en gran medida por decisiones conscientes.

¿En qué quieres evolucionar? Lo estás eligiendo a cada momento con tus acciones y elecciones.

Foto tomada de la cuenta de Instagram de Matt Owen-Hughes.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.

Deja ir las costumbres obsoletas

Trabajo como corrector de estilo y estoy revisando un libro de Edgar Payares, un amigo muy querido. Me encontré allí con una historia que me encantó:

Una niña vio a su mamá que cortaba la cabeza de un pescado y luego le cortaba la cola, y lo metía dentro de un sartén con aceite caliente para freírlo. La niña le preguntó a su mamá para qué cortaba esas dos partes. Su madre lo pensó un momento y le dijo: “No lo sé, así me lo enseñó tu abuela, ve y pregúntale a ella por qué lo hacía así y luego me dices”. La niña fue entonces con la abuela y le preguntó el motivo de tal acción y la abuela se quedó viéndola y le dijo: “No lo sé, así vi que lo hacía mi mamá y así lo aprendí, pero ve a preguntarle a ella por qué”. La niña fue entonces con su bisabuela y le hizo la misma pregunta. La bisabuela se quedó viéndola y le dijo: “No sé por qué tu abuelita y tu mamá lo hacen, pero yo lo hacía porque tenía un sartén muy pequeño y no cabía completo el pescado, por eso tenía que cortarle la cabeza y la cola”.

Otro ejemplo fascinante tiene que ver con un experimento realizado con monos. Creo que es un experimento cruel, pero deja una enseñanza muy valiosa. Se encerró a varios monos en una jaula y en un recipiente sobre una escalera se pusieron bananos. La escalera estaba electrificada, de manera que al tratar de tomar los bananos, los monos recibían una descarga eléctrica. En consecuencia, los monos aprendieron que no podían tomar esos bananos. Lo interesante del experimento es que fueron sacando de la jaula a los monos iniciales y fueron ingresando monos nuevos. Los monos nuevos aprendieron que no podían subir por la escalera, porque cuando se acercaban, los monos antiguos les gritaban y los alejaban. Después de un tiempo, se quitó la electricidad de la escalera, pero como los monos ya habían aprendido de la experiencia inicial, no volvieron a tratar de comer los bananos. Con el tiempo, no quedó ninguno de los monos originales, y, a pesar de que la escalera ya no tenía electricidad, ninguno de los monos nuevos trataba de comer las bananas y todos les enseñaban a los que iban ingresando que no debían acercarse a la escalera.

Hay muchas creencias y costumbres que cargamos sin saber por qué. Y algunas de ellas nos limitan. Tal vez en un comienzo fueron útiles para nuestros antepasados o para nosotros mismos. Ahora, sin embargo, vale la pena preguntar por qué lo estamos haciendo así. Tal vez las cosas hayan cambiado y esas creencias y comportamientos se hayan vuelto obsoletos. Tal vez no tenemos por qué perder tiempo cortándo la cabeza y la cola del pescado (es solo un ejemplo, soy vegetariano).

Foto tomada de la cuenta de Instagram de @milkywayshooters.

Suscríbete a mi blog y recibe en tu correo una reflexión para cada día.