El cuerpo del dolor

A veces el más pequeño de los detalles desata en nosotros una tormenta de malestar. A veces algo realmente pequeño y ridículo. Hay días que recuerdo haber sufrido durante horas por no encontrar un calcetín. Esto a pesar de que fácilmente podría comprar otro y de que en realidad no me hace ninguna falta.

Por supuesto, no se trata del calcetín. Se trata de momentos en los que estoy muy inconsciente y con un dolor emocional latente. Y ese dolor emocional “busca” excusas externas para activarse. Cuando estoy así, puede que aparezca el calcetín, pero mi mente no tardará en encontrar un problema substituto para justificar mi sufrimiento. Cualquier cosa sirve. El clima. Una mirada. Una noticia. Un pensamiento al azar.

En palabras de Eckhart Tolle, podríamos decir que en esos momentos mi “cuerpo del dolor” está activo.

Tolle señala que cuando no nos permitirmos sentir plenamente una emoción desagradable, la carga energética de esa emoción se adhiere a nuestro cuerpo emocional latente, al cúmulo de emociones estancadas al cual él llama “el cuerpo del dolor”.

Cuando ese cúmulo de emociones se activa, sentimos un gran malestar interno que parece no tener causa o, más bien, que parece ser causado por cualquier cosa.

Una grán práctica espiritual consiste en observar el cuerpo del dolor cuando éste se activa. Sentir plenamente las emociones que emergen. Observar los patrones de pensamiento que resuenan con esas emociones, usualmente pensamientos densos, repetitivos y angustiantes. No creerles a esos pensamientos, no actuar como si dijeran la verdad; simplemente observarlos y sentir las emociones con las que se encadenan.

Cuando tomamos consciencia, esas emociones densas se convierten en combustible para la consciencia. Son transmutadas por nuestra presencia interna. Y esto da lugar a un despertar.

Cuando el cuerpo del dolor está activo, es difícil estar presentes. Las emociones son muy densas y no queremos sentirlas. Es más fácil creer que la causa de ellas está afuera de nosotros. Es fácil entablar una pelea con lo que sucede afuera. Como durar una hora desordenando el cuarto para buscar un calcetín. Por tanto, esta práctica espiritual requiere de tener una intención fuerte y de ejercitar constantemente nuestra capacidad de prestar atención al momento presente.

Por supuesto que vale la pena. Al menos la ha valido para mí. A veces, después de tomar consciencia del cuerpo del dolor, me siento como si estuviera despertando de un mal sueño. Vuelvo a mirar a mi alrededor y el mundo ha cambiado. A veces veo las mismas cosas que antes me hacían sufrir y me parece increíble que mi paz se haya perdido por ellas. A veces volteo a mirar a aquel que creía que me estaba atacando y veo que en realidad estaba tratando de ayudarme. A veces me da una risa que trae gran alivio consigo. Por ejemplo, al ver como la falta de un calcetín causa un disparate.


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