El deseo de ser alguien

Muchas de nuestras acciones están motivadas por el deseo de “ser alguien”.

En este deseo, “ser alguien” se entiende como lograr algo que nos permita destacarnos del resto. Tener éxito. Ser especiales. Ganar. Ser mejores que los demás. Es, por supuesto, uno de los deseos primarios del ego, que busca deseperadamente una imagen con la cual identificarse y a la cual aferrarse.

Al mirar este deseo más a fondo, sin embargo, descubrimos que al ego realmente no le importa con qué nos identifiquemos, siempre y cuando nos identifiquemos con algo. Es decir, en realidad al ego no le importa si la imagen con la que se identifica es gloriosa y brillante o lóbrega y enfermiza. Lo que le importa es tener un sentido de identidad.

Así pues, muchas veces nos veremos aferrándonos a cualquier cosa con tal de tener claro quiénes somos. El ego se siente tan cómodo siendo un fracasado como siendo un rey. Lo que le importa es tener una idea de sí mismo que lo distingue de los demás y le da identidad.

En este segundo sentido, “ser alguien” ya no se refiere a una imágen de éxito, sino simplemente a cualquier imagen. Parece loco, pero es posible querer defender una imagen de sí negativa. Recuerdo, por ejemplo, como en un tiempo me identificaba a mí mismo con la imagen de un escritor fracasado, y como para mi ego era importante demostrarles a los demás que yo, en efecto, había fracasado.

Incluso, el ego puede aferrarse a una imagen espiritual en la que “no es nadie” y está vacío. Pero es solo un truco. Sigue habiendo una imagen y, por tanto, una historia que lo define y lo separa de los demás. “Yo soy el que ha alcanzado el silencio”, “Yo soy el que está vacío”, “Yo soy el que no se identifica con nada”. Estamos hablando del ego espiritual. Y esto sigue siendo muy cómodo para el ego.

Lo que el ego no soporta es el vacío verdadero, cuando ya no hay ideas de sí mismo a las qué aferrarse. Entonces, con mucha habilidad trata de convertir ese vacío en una historia, momento en el cual ya no hay vacío, pues hay un montón de imágenes de sí mismo creadas a través de una historia.

Esto no quiere decir que el vacío y el silencio reales sean imposibles. Quiere decir, no obstante, que para permanecer en ellos primero tendremos que observar el dolor del ego que busca algo a lo que aferrarse. Y observar esa ansiedad y ese miedo a desaparecer es vital. Allí se entra en una fase de aparente sinsentido, en la que por momentos todo parece carecer de propósito y se ve como muy poco atractivo. La vida, sin una historia detrás, parece insípida al comienzo.

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Sin embargo, esto se debe a que no hemos probado realmente la vida, que siempre está en este momento, justo ahora, y no tiene nada que ver con el futuro o el pasado, ni con la historia que nos contamos a nosotros mismos sobre nosotros mismos. Es como un gusto adquirido. Como esos alimentos que de pequeños nos parecían desabridos pero que luego aprendimos a disfrutar y ahora son nuestros preferidos. Así también es este momento, en el que desaparece completamente nuestra historia y nuestras ideas sobre nosotros mismos.

Y entre más nos alimentamos de este momento, menos atractivo se ve el “ser alguien”, pues esa identidad es irrelevante para disfrutar la belleza del aquí y el ahora.

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Finalmente, podrás preguntar: ¿cuál es el problema con “ser alguien”, con tener una identidad, algo que nos distingue de los demás?

En realidad, no hay ningún problema, siempre y cuando seas consciente de que es solo una imagen, un juego, una ilusión. Pero, si en cambio crees que esa imagen de ti mismo es real, y que eso es lo que tú eres, vas a sufrir, pues te vas a apegar y vas a creer que tienes que defenderla, tanto si es una imagen “positiva” como si es “negativa”.

Mientras no te apegues a tu imagen y la puedas observar, podrás ser consciente de tu verdadera realidad, esa presencia que se encuentra solo en el silencio más profundo. Pero si crees que tu realidad es esa imagen externa, no serás capaz de reconocer tu ser verdadero, pues no soportarás el silencio, ya que en el silencio verdadero las historias se desvanecen y la irrealidad de la imagen ficticia se hace evidente. Por eso, si estás apegado a esa imagen, no entrarás al silencio, ya que allí perderás esa imagen. Y si no te atreves a perderla, te perderás, en cambio, de saborear tu verdadero ser.

Hablo de todo esto porque es aquello por lo que estoy pasando ahora. Veo mi resistencia al silencio. Veo mi apego a mi imagen y mi miedo a que se disuelva. Pero tengo momentos en los que experimento el silencio plenamente y entonces disfruta la vida y la imagen desaparece por completo.

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