Mi proceso de sanación con la comida, el ajedrez y la pornografía

Los procesos dobre los que voy a hablar comenzaron desde hace varios años, pero la última etapa de transormación empezó el año pasado, cuando, tras la llegada de la pandemia, empecé a sentir grandes oleadas de estrés y miedo. Entonces me reconecté profundamente con el Sistema Isha he hice varios programas en el que el acompañamiento amoroso de algunas maestras me permitió comenzar a soltar la rigidez y las exigencias de las que hablo más adelante y, de alguna manera, posibilitó los procesos que describo a continuación.

A comienzos de este año comencé a ver a una terapeuta y a nutricionista. Ahora estoy terminando mi proceso con ambas. Aprendí muchas cosas en esos procesos, que se entrelazaron de forma constante.

Inicialmente, busqué ayuda de la nutricionista porque soy vegetariano hace algunos años, y me preocupaba que mi forma de reemplazar las proteínas no fuera adecuada o suficiente. Sin embargo, lo que aprendí con ella me sorprendió porque va más allá de la alimentación. Pude ver patrones de pensamiento y comportamiento que están arraigados en mí desde mi infancia, los mismos patrones que había comenzado a trabajar con mi terapeuta. Creo que muchas personas pueden sentirse identificadas con estos patrones y con algunas de mis experiencias. Por eso me parece valioso compartir las principales enseñanzas que me dejaron ambos procesos.

Una de las cosas que reconocí durante las sesiones con la nutricionista es la culpa y la ansiedad que tengo asociadas con la comida. Cuando estaba en el colegio y en la universidad, era bastante gordo y me juzgaba y me sentía mal por eso. Ahora es uno de los momentos de mi vida en los que me he sentido más sano, pero hay un fantasma del miedo a la gordura y a lo que esta representa: unos ideales de belleza acompañados del miedo al rechazo y la timidez en las interacciones con las mujeres. Entonces vi cómo me había aferrado a la idea de tener un peso ideal y cómo estaba tratando de controlarlo de manera obsesiva.

Antes de empezar las sesiones con la nutricionista, me estaba pesando todos los días. Tenía unos números ideales en mi mente; cuando los alcanzaba, me sentía satisfecho y me producía placer pesarme una y otra vez para que la báscula me confirmara que todo estaba bien. Es algo similar a lo que debe experimentar alguien obsesionado con el dinero al mirar constantemente el estado de su cuenta bancaria. Por supuesto, cuando mi peso se alejaba de esos números ideales, venía sobre mí una ansiedad y no podía comer tranquilo hasta volver a alcanzarlos. A veces, incluso, ayunaba por unos días para bajar rápidamente de peso y volver así a disfrutar de la perfección ficticia que representaban los números en la báscula.

Me sorprendió cuando ella me dijo que dejara de pesarme, pues pensé que era un hábito sano, ya que me ayudaba a estar en control. Pero no era un hábito sano. Mantenía esos números a costa de un control obsesivo. Y este control me impedía disfrutar tranquilamente de la comida y escuchar mi cuerpo. Para poder disfrutar lo que comía, primero debía alcanzar un ideal rígido de perfección impuesto por mi mente. Si no se cumplía ese ideal, no podía disfrutar la comida, pues tenía la sensación constante de que comer era algo malo, pues me alejaba del ideal.  Pero, irónicamente, cuando sentía culpa comía aún más, pues lo hacía de manera inconsciente, sin saborear, tratando de tragar cada bocado lo más rápido posible y pasar al siguiente. Como asociaba la comida, especialmente la placentera, con algo malo, no me permitía estar presente con ella.  

Lo primero que aprendí, entonces, fue que soltar el control es una bendición, y que mi paz mental y una relación relajada con la comida son más importantes para mí que tener un peso o un cuerpo ideal.

Otra cosa de la que me di cuenta es que estaba cargando culpas viejas. Me juzgaba por haber abusado de mi cuerpo y haberlo sometido por años a hábitos destructivos. Y no me había perdonado. Entonces, esa ausencia de perdón se manifestaba como rigidez y exigencia en un intento de compensar las cosas “malas” que había hecho. Así, mis elecciones no surgían de un amor presente sino de una necesidad de castigo y compensación.

Lo tercero que vi es que el control y el perfeccionismo me llevaban a círculos viciosos en los que oscilaba de un extremo a otro. Y no creo que sea coincidencia que justo ese es el tema que habíamos empezado a trabajar con mi terapeuta. Se trata de unos de los patrones más profundos de mi comportamiento, y le agradezco infinitamente a ella por haberme acompañado de forma amorosa a tomar consciencia y empezar a dejarlo ir.

Así, vi como desde niño me la había pasado en ciclos de represión y desenfreno, y como eso me llevaba a sufrir. Podía pasar varios meses tratando de ser un “santo”, siguiendo un ideal de perfección espiritual (que ha ido variando con el tiempo) dictado por mi ego y un surtido de ideas rígidas sobre lo que se debe y no se debe hacer. En esos meses, por ejemplo, era normal que me abstuviera por completo de cualquier actividad sexual y que realizara mis prácticas espirituales asidua- y regularmente. Esas etapas perfeccionistas se caracterizan porque nada es suficiente. No importaba qué tanto hiciera o dejaba de hacer, había una sensación continua de que debía esforzarme más y de que siempre podía ser un poco más “bueno” si me esforzaba lo suficiente. Luego llegaba a un punto de saturación, de agotamiento, al reconocer que mis esfuerzos eran fútiles, pues sin importar qué tanto me esforzara, no lograba estar en paz y no me sentía “bueno”. Entonces me iba al otro extremo. Podía pasar semanas en las que jugaba ajedrez compulsivamente (incluso al punto de no dormir), veía pornografía en grandes cantidades y, por supuesto, comía hasta hartarme sin ninguna consideración por las necesidades de mi cuerpo, además de otros hábitos que han ido variando con el tiempo (por ejemplo, en mi adolescencia el énfasis estaba en el cigarrillo y los videojuegos). Como es normal, estos ciclos de descuido y desenfreno también me llevaban rápidamente a un punto de saturación, en el que los efectos negativos sobre mi mente y mi cuerpo me indicaban que debía parar. Pero la manera de salir de uno de los extremos del ciclo era irme al otro extremo, patrón que solo era interrumpido por fugaces etapas de equilibrio.

Así como me sorprendió cuando mi nutricionista me dijo que dejara de pesarme que era importante que me permitiera comer sin culpa, incluso si era en exceso, así también me sorprendió cuando mi terapeuta me dijo que estuviera en el medio, que no dejara por completo el ajedrez o la pornografía, sino que hiciera las paces con ellos y aprendiera a amarme incondicionalmente en medio de las subidas y bajadas. Eso me causaba especial conflicto, sobre todo con la pornografía, pues la juzgo como algo malo, y siento culpa porque siento que muchas mujeres son abusadas en esa industria. Mi terapeuta reconoció que, por supuesto, no es un hábito saludable, y que podría expandir mi conciencia más rápido si conservara mi energía sexual y la elevara a través de mis chakras, pero me hizo caer en cuenta que, en mi caso, intentarlo (como ya lo había hecho varias veces) sería irme al otro extremo y me daría tan solo una ilusión de sanación. La verdadera sanación, en mi caso, comenzaba por estar en el medio. Así, me enfoqué en disfrutar de la comida, el ajedrez e incluso de la pornografía. Lo primero implicó, por ejemplo, aprender a comer despacio, incluso si sentía que estaba comiendo en exceso, y no compensar momentos de desenfrenos con momentos de ayuno, sino, en cambio, permitirme comer cada día de la manera más sana posible, sin mirar la báscula y sin pensar en lo que había comido el día anterior. En el caso del ajedrez, me permití estudiar y jugar cuando me sentía feliz, y no tanto en aquellos momentos en los que tenía ansiedad, en los que normalmente lo hacía como un escape. Por supuesto, eso me permitió mejorar mucho en ese juego, lo que ahora me da una satisfacción sin culpa. En el último caso, el cambió implicó buscar el tipo más sano de pornografía posible. Encontré, pues, un sitio que me atrevo a recomendar llamado Make love, not porn, en el que nadie es obligado, todas las parejas que aparecen allí disfrutan completamente lo que hacen y la mayoría se aman. No es perfecto, pero precisamente por eso fue perfecto para mí en esa fase de mi proceso.

Entonces empecé a ver cómo mis hábitos comenzaron a transformarse suavemente, sin rigidez, sin ideas de “nunca” o “siempre”. Y recordé la forma como dejé de fumar, que me encanta, porque realmente nunca dejé de fumar, pero en los últimos dos años solo me he fumado dos cigarrillos (no al día, sino en el total de los dos años). Cuando era adolescente, traté de dejar de fumar muchas veces, siempre sin éxito. Era el mismo patrón: meses de represión seguidos por meses de desenfreno (varios paquetes al día). Recuerdo que empecé a sanar mi relación con el cigarrillo cuando comencé a practicar el Sistema Isha y dejé de juzgarme por fumar. Entonces simplemente me dejaron de dar ganar, pero siempre me permití fumar si quería, y es probable que vuelva a hacerlo en el futuro si me vuelven a dar ganas. Fue un proceso gradual y orgánico, en el que nunca me esforcé por dejar ese hábito, sino que simplemente se cayó por sí solo. Así mismo, en los últimos meses mi relación con la comida, la pornografía y el ajedrez se ha ido sanando y estos se han ido yendo suavemente, sin juicios ni culpas.

Ahora bien, quiero hacer una aclaración importante. Si estás leyendo esto y tienes problemas de adicciones severos, no te recomiendo este enfoque del punto medio y de dejar las adicciones de manera natural y orgánica. Si tienes un problema severo, puede que esa idea sea simplemente una justificación para volver a caer en aquello que te hace daño. Si tienes un problema severo, es de vital importancia que tengas acompañamiento en tu proceso, y solo siguas esta aproximación si quien te acompaña en tu proceso considera que es adecuado para ti. Hay personas para las cuales la mejor forma de dejar una adicción es parar de forma abrupta. Cada proceso es diferente. Pero busca siempre una opinión experta si sabes que tu hábito se ha salido de control. Además, sé que hay personas quienes, aunque no tengan un problema severo, encontarán un mejor camino en la disciplina estricta y tajante que en los puntos medios. Conozco amigos de diferentes religiones o quienes realizan diversas prácticas espirtuales para quienes para quienes la disciplina absoluta ha funcionado. Por eso, tampoco quiero desanimarte y desviarte de tus propósitos si estás en un camino que ya funciona para ti. Simplemente quiero compartir mi experiencia y lo que ha funcionado (y lo que no) para mí.

Para terminar, quiero comentar dos cosas la primera es que estos procesos de sanación también se han visto reflejados en mis redes sociales dedicadas a la espiritualidad, en las que oscilaba entre periodos de gran actividad y grandes lapsos en los que las abandonaba por completo. En los últimos meses, me he permitido publicar solo cuando realmente quiero, sin exigencias y sin culpas. Ahora siento ganas, pero sé que mañana, si lo siento así, dejaré de publicar de nuevo, tranquilamente, sabiendo que ser fiel a mi corazón y estar en paz es más importante que cualquier cosa que pueda compartir y que cualquier promesa que sienta que le debo cumplir a quienes me siguen esas redes.

Finalmente, quiero decir que lo más hermoso de este proceso es poder percibir que no soy perfecto y poder amarme a mí mismo completamente en medio de esa percibida imperfección. Entonces, de lo profundo de ese amor surge una nueva visión en la que los ideales desaparecen y me doy cuenta de que en realidad siempre he sido merecedor de ese amor, tanto en los picos que creo son los más altos como en los valles que juzgo como más oscuros. Es un proceso. Y me amo sabiendo que estoy en él. Y cada vez me amo más incondicionalmente y me permito transitar mi camino de forma más gentil y ligera.

2 comentarios sobre “Mi proceso de sanación con la comida, el ajedrez y la pornografía

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